El hecho sucedió realmente. Todos han hablado de ello, a pesar de que ninguna cámara tuvo acceso al lugar donde ocurrió. María, la madre del piloto de Moto2 Luis Salom, cortó uno a uno los rizos de su hermosa caballera y los colocó entre las manos de su hijo muerto. Al parecer, lo último que hacía el joven antes de competir era acariciar el cabello de su madre, a la que no le gustaban las carreras, aunque le acompañaba a todas porque él le decía que necesitaba verla para estar tranquilo.
Cuando María vio cómo su hijo se estampaba contra una curva maldita, tuvo la seguridad de acababa de morir. No sólo él, sino también ella. Muerta en vida. Enterrada viva. Así palpitó el corazón de la madre al intuir que el de su hijo se había detenido para siempre. Y por eso cortó sus rizos -a las muertas en vida ya no le hacen falta- para que su pequeño no los echara en falta ahora que se enfrentaba a su última y definitiva carrera. Ya en solitario.
El mundo entero se ha conmovido con la imagen de una mujer con la cabeza rapada, vestida de negro, sentada en el banco de una iglesia ante el féretro de su hijo. Una madre con la cordura arrebatada, que a ratos no estaba allí, a ratos hablaba con su niño, a ratos daba gracias a todos los que le acompañaban. Y miraba al cielo. Y aplaudía.
Esa madre desgarrada se nos ha grabado en la memoria de muchos, yo creo que para siempre. Es imagen de la rebelión más honda de cuantas existen, la que protagonizan unas entrañas que en un tiempo acunaron la vida que ahora yace lánguida convertida en caricatura de lo que un día fue.
He pensado en ello al leer al profeta Zacarías: hay una faceta de nuestra espiritualidad cristiana que tiene el mismo olor a tanto desgarro. “Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito”, leemos en los templos. Dolerse sinceramente por haber perdido en tiempos la lozanía de la fe es saludable. Sentirse frágil, insustancial, ante el misterio de Dios, renueva la fe. Hablo siempre de un sentimiento hondo pero provechoso. Nada que ver con las lágrimas de cocodrilo de quienes viven su experiencia cristiana vestidos de eterno luto por dentro. Ni con los sentimientos de culpa enfermizos, devastadores, con los que algunos pretenden mantener a raya al personal.
No. Yo me refiero a lo que siente un cristiano sereno, maduro. A un cristiano resucitado, en algún momento ha de dolerle su indolencia: la certeza de haber tenido siempre entre las manos un tesoro –la presencia de Dios- y no haberlo reconocido, haberlo malgastado y maltratado.
Es un desgarro como el de María, la madre de Luis. Se ha ido para siempre, piensa a ratos. Pero un seguidor de Cristo sabe que hay una nueva oportunidad: para el joven corredor, para su madre, y para todo creyente. Primero, el dolor. Y luego, aferrarse a la pregunta que hace el Señor: “¿Quién dices tú que soy yo?”. Y sobre esa pregunta dejaremos los rizos de nuestra tristeza honda. “Tú eres el Cristo”. Entonces comienza la vida de nuevo. Dolor y ponerse en pie; algo así es madurar en la fe.
Ella entregó su cabello, enterrada viva. Y un cristiano le dice a Dios: “Señor, tómalo todo. Los vivos no necesitamos otra cosa que hacernos fuertes ante el dolor de nuestra deslealtad y el deseo de reconocer tu presencia”.
@karmelojph
