Se llamaba Harambe. Sólo 17 años y se le podía considerar ya todo un adulto. Era un superviviente y hoy está muerto. No por una enfermedad fulminante ni por un accidente atroz. A Harambe le han disparado aquellos mismos que guardaban su vida. Y ahora muchos piden justicia, igual que hicieron cuando le pasó aquello a un tal Excalibur.
No habrá pompas fúnebres ni plañideras para ninguno de los dos. Harambe era un gorila, uno de los pocos que quedan de su especie, pero sus cuidadores no dudaron en hacer fuego cuando se apropió de un pequeño –esta vez humano- que cayó en su jaula por accidente, en el zoo de Cincinnati, la semana pasada. Cuestión de sentido común.
Pues no vea usted la que se ha liado por la muerte del simio. Lo mismito que cuando sacrificaron en España al tal Excalibur, que era el perro de aquella enfermera con ébola, la que no se acordaba si se había tocado la cara con unos guantes infectados antes de ir a la pelu y pasear el virus por las zonas comunes de su edificio. “¡Todos somos Excalibur!”, gritaban los presuntos animalistas. Y hasta una vigilia con velas le organizaron.
Con lo del gorilacidio se ha escuchado de todo en EEUU: que si vaya padres; que si ya podrían haber usado dardos tranquilizantes (del todo inútiles, pues necesitan tiempo para hacer efecto); que si el gorila era un amorcito, que sólo quería jugar con el niño; que si hay que abrir una investigación criminal…
Yo creo que en ciertos temas hemos perdido la cabeza del todo. Nos arrancamos los pelos por la desafortunada muerte de estos dos animales y apenas movemos un dedo ante el sufrimiento de los más débiles humanos. Que esto suena a demagogia es lo primero que me planteé antes de escribir este artículo. Pero luego repasé el informe de Cáritas sobre la pobreza en España, y el número de personas que atiende en Canarias, y las cifras de abortos. Y a resultas de tales lecturas dejó de preocuparme lo que me llamen.
Desnortados. Insustanciales. Incoherentes. Charlatanes. Desaboridos. Todo esto diagnostico yo en algunas de las nuevas cruzadas presuntamente ecologistas. El Papa arroja más luz al confesar que recela de quienes ponen todo su empeño en defender la naturaleza mientras se despreocupan del bienestar de sus hermanos. De ese cementerio en que se está convirtiendo el Mediterráneo, por ejemplo.
“No llores”, le dice hoy Jesús en el Evangelio a la mujer viuda que había perdido a su hijo único. “Muchacho, a ti te digo: Levántate”, le grita luego al joven difunto. Y todo esto es figura de lo que la Iglesia está llamada a ser y a hacer: conmoverse ante el dolor de los hombres, regalar consuelo, convocar a la vida a quien se arrastra como si ya estuviera muerto. Esto es ecología. Ecología humana. Sólida. Coherente.
Ecología que entiende que el cuidado de la Tierra comienza por desarrollar entrañas de misericordia ante lo humano: ante la humanidad doliente, lo primero. Sin desentenderse de plantas ni de animales, que son compañeros de camino, no instrumentos. Pero sin arrebatar a ningún ser humano su incomparable singularidad. Ecología que no pierde la perspectiva, que no atenta contra el sentido común.
@karmelojph
