Amaneció como todas las mañanas. Aún no había salido el sol pero si se activaban los circuitos de la rutina que dirigían su vida por los acostumbrados itinerarios: ducha, café, el soniquete de la radio de fondo y los preparativos para otra jornada laboral. Parecía un día más pero el destino, acostumbrado a jugar con las piezas del futuro a su antojo, le escondía una sorpresa que determinaría su camino desde ese mismo instante.
Cuando parece que nunca pasa nada; cuando sentimos que estamos instalados en un paréntesis vital, aunque los años pasen inmisericordes sin perdonar ni un día entre nuestra inmadura inconsciencia; de pronto, todo cambia. Se detienen los contadores, se resetean las prioridades, se aflojan los objetivos anteriores, se reinventa una persona de las cenizas chamuscadas que dejó nuestra propia esencia justo el día anterior. Ya es imposible ser el que eras. Un cóctel de incertidumbre y responsabilidad a partes iguales. Pero dicen que de eso se trata la vida, aunque en ocasiones parezcamos miembros de una secta dionisiaca o tontainas del placer y la levedad eterna.
Dejar de mirar a los lados y poner toda tu atención en ceñirte a la circulación adecuada por esa nueva vía que se abre ante tus ojos. Quienes nunca pensaron en echar el ancla estudian con curiosidad el fenómeno; quienes confiaban en la exploración de los límites allende los mares se convierten en marineros de cabotaje; aquellos que mantenían el equilibrio con un pie en cada plato de la balanza, casi sin parpadear, ahora saltan de un lado de la frontera al otro sin saber dónde ponen el trasero.
Si en la vida todo fueran certezas seguramente tendríamos una existencia más tranquila pero limitada. Por eso los bandazos vitales despiertan, en muchas ocasiones, sensaciones olvidadas; descubren nuevas ideas; muestran un sendero angosto, estrecho entre la tupida selva y, sin saber lo que hay al otro lado, por ese camino te adentras confiando en que serás capaz de salir de allí fortalecido. No hay marcha atrás. Si se es valiente para retar cada mañana al destino, y ganarle casi siempre, se debe tener claro que, más pronto o más tarde, será él quien decida, haga una jugada maestra y te ponga en tu sitio. Por eso finalizo confirmando que, aunque lo parezca, en el fondo no somos dueños de nuestro futuro y qué quieren que les diga, esa también es una enseñanza por la que todos deberemos pasar antes o después.
