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a veces soy humano

Ocaso

Apuraba el trago de vino como si fuera el último. Hacía tiempo que no disfrutaba del aroma envolvente de un buen caldo girando en la copa pausadamente. También es cierto que ya no podía hacer aquellos dispendios en esos placeres mundanos y tan reconfortantes. Atrás quedaron los vinos caros, los restaurantes exclusivos y las copas de espirituosas y selectas bebidas frente al mar, en aquellos atardeceres dorados del verano. Todavía hoy no entendía cómo se había desmoronado su particular universo, ni cómo no adivinó el final de una época.

Cada día era una fiesta, hasta la jornada laboral suponía una oportunidad para estrechar lazos, conocer interesantes personalidades y ampliar su ya de por si amplio abanico de amistades. Eran tiempos en los que, su por entonces teléfono móvil de gama alta, no descansaba entre llamadas, invitaciones, encuentros secretos, fiestas y presentaciones. Residía en una nube de satisfacción, Dionisios le había bendecido. Por aquella época su conversación, cultivada en el pasado entre libros y periódicos, se transformaba en una herramienta hipnótica. Era capaz de mantener una conversación casi sobre cualquier cosa, adhiriendo a sus encofradas frases una pizca de humor, ironía y complicidad cautivadora con su interlocutor.

Vestía una cuidada imagen de informalidad que dejaba entrever tanto su narcisismo incipiente como la frescura de su escaparate vital. Pocos y pocas se resistían a tal despliegue de encantos visibles y ocultos. En definitiva, nada que ver con el hombre que ahora apuraba un café de máquina requemado en un pequeño establecimiento escondido tras el mercado de abastos de la ciudad. Calzaba aquellos buenos zapatos que ya habían perdido lustre pero que aún le recordaban los tiempos de esplendor. Ya casi nadie le llamaba y si lo hacía era por error. En su mente repasaba, una y otra vez, la sucesión de malas decisiones que le habían llevado hasta esa tarde de domingo solitaria, de sofocante calor y sol justiciero, mientras andaba sin rumbo por unas calles vacías.

Las amistades equivocadas; la participación en aquellos grandes negocios como la tasca gourmet, los viajes transoceánicos, el gin club exclusivo escondido en el hotel urbano que tanto frecuentaba o los gatillazos inversores de la mano del gurú local de la bolsa y los fondos. Las amigas caras a las que sorprendía y engatusaba con detalles e invitaciones. Las noches de terraceo exquisito, los desayunos embriagadores… todo aquella vida le había narcotizado impidiéndole detectar el precipicio al que se asomaba.

Ya no tenía solución. Deambulaba sin saber qué hacer, qué camino seguir, cómo recuperar la existencia, aspiraba a que milagrosamente la persona que había sido renaciera de las cenizas. Su futuro incierto sin trabajo, amigos ni opciones cerraba la puerta tras de sí, mientras su silueta desaparecía al doblar la esquina del olvido.

@felixdiazhdez

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