¿Cuándo fue la primera vez que me encontré en la calle con un joven más que ufano que se llevaba la mano con algo en ella a una oreja y comenzaba a hablar? Probablemente muchos, muchos años, pues entonces yo era algo más joven que ahora. En estos momentos los dichosos aparatitos se han convertido en una plaga y suenan en el momento más emotivo de la conferencia que el Dr. Mengánez está dando sobre “La soledad del hormiguero”, o cuando en el recital de música clásica suenan las notas del adagio del segundo concierto para piano de Rachmaninoff o simplemente cuando tú mismo estás dando una charla y crees haber encontrado las palabras justas… se te corta la inspiración.
Hace años, pateando los Pirineos de Huesca sonó el dichoso aparatito. Era un viejo amigo de otras caminatas al que hacía años que no veía. Pensé que estaba por aquella zona y me había visto o alguien se lo había dicho. Pues no, estaba en Madrid y la llamada fue un error suyo al marcar. Una verdadera pena, pero resultó agradable.
Una señora amiga de la familia, dignísima abuela bastante joven, excelente persona y magnífica ama de casa, me relató lo que sigue:
Suena el móvil. Y al tocar la tecla de oír, una voz femenina comenzó a insultarla de mala manera. Que si era una mala mujer, que si quería destrozar su matrimonio, que si era una p…, que dejara a su marido en paz si no quería enfrentarse a la furia de una mujer despechada, etc. Nuestra amiga, horrorizada, colgó el teléfono. Bueno, marcó la tecla correspondiente.
Pero eso no fue todo. En dos o tres ocasiones más se repitió el timbrazo fatal (¡Qué título para una novela policiaca!) Y se repitieron los insultos y e improperios. Insistía la anónima dama en que había encontrado el número ese de teléfono en la agenda de su marido y a continuación la letra D. mayúscula, sin más aclaraciones, lo cual era definitivamente definitivo para declarar a nuestra amiga, la digna abuela, persona non grata y amante de su media naranja (Por cierto, el nombre de mi amiga era María de los Ángeles, que en absoluto ligaba con esa D. misteriosa).
Es de suponer que el tal señor era un viejo verde, de esos que se creen galanes rompecorazones a los setenta años y que su esposa tenía razones más que suficientes para estar indignada, casi aquejada de una demencia furiosa, pero había terminado pagando los platos una persona inocente.
Finalmente, la acusada puso al teléfono a su propio marido para que le explicase a la energúmena que estaba totalmente equivocada. El hombre terminó riendo a mandíbula batiente ¿Se dice así, no? Cuando el esposo le dijo que estaba llamando a Tenerife desde la lejana Orense, la iracunda señora terminó por convencerse y no volvió a llamar.
También conozco, de primera mano, una llamada a un piso donde vivían varias estudiantes, entre las cuales estaban dos hermanas, cuya diferencia de edades era escasa. Existió un “tipo” que llamó la primera vez preguntando, por ejemplo, por Paquita. La hermana menor, que fue la que cogió el teléfono, le comentó que allí no vivía nadie con ese nombre. Pero él, el joven o lo que fuese, ni corto ni perezoso, le dijo entonces: “Ah, bueno, ¿Y tu cómo te llamas? ¿Tienes novio? ¿Qué edad tienes?” Suponga que es una forma como otra cualquiera para ligar.
Pero no quedó la cosa ahí. El susodicho varón volvió a llamar más veces y, si la hermana mayor cogía el móvil, le decía: “La vieja no, que se ponga la chica joven”. Claro que, en estos casos, la “vieja” silenciaba en décimas de segundo el aparato. Y, de paso, al intempestivo galán.
De lo cual se deduce que como mejor está el móvil es callado e inmóvil.
