Cuando desembarqué en Legro ya me esperaban mis dos buenos amigos, Juan y Pedro. No, claro que no. Los nombres de la gente de la isla son prácticamente impronunciables y para escribirlos se necesitan tres o cuatro diccionarios del país. Así, pues, me había tomado la libertad de rebautizar a mis compañeros que tantas veces me habían llevado a conocer Falca, por arriba, por abajo y por todos sus entresijos. Ellos no se habían molestado con el alias y yo había resuelto un problema de dicción.
Esta vez me iban a llevar a la serranía que separa casi en dos partes iguales a la isla. No son grandes elevaciones (su altura mayor se sitúa en los 1.718 metros) pero conservan grandes bosques, no solo de cedros, sino también de algo parecido a nuestra laurisilva, con diversidad de árboles y arbustos, flores, líquenes y hongos, de todos los cuales creo no recordar ni un nombre.
Llegamos a una especie de refugio de montaña al atardecer y afortunadamente, mis amigos fueron tan comprensivos que me enviaron a la cama después de cenar. Estaba muy cansado después del viaje y la cama me pareció un agradable fin de jornada.
Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente y miré mi reloj me quedé asustado. Las once de la mañana… Me levanté, me aseé y afeité en tiempo record y bajé a la recepción. Allí me entregaron un papelito en el que me indicaban que mis dos acompañantes se habían marchado a dar un pequeño paseo y que disfrutara de lo que quedara de la mañana como mejor se me ocurriese.
No lo dudé mucho. Me hice preparar unos bocadillos, cogí mi mochila, el bastón, la cantimplora y una gorra (prestada por Juan) y salí a explorar las cercanas arboledas, de las cuales no parecía que me separara mucha distancia. ¿Y yo me consideraba un montañero de pro? Cuando llevaba hora y media por el serpenteante sendero me di cuenta de que aún faltaba un tramo para alcanzar mi objetivo. Pero ya allí, pensé, no iba a dar marcha atrás. Me senté en un viejo tronco caído, me comí los bocadillos empujados por unos nuevos tragos de agua y me dispuse a concluir lo ya comenzado.
Existía un camino que, en efecto, se introducía entre los árboles. Por él caminé un buen rato hasta que, de pronto, desapareció. Ante mi aparecía ahora una alambrada alta y con aspecto feroz que no me hizo mucha gracia. ¿Volver por donde había venido, sin más? Los que me conocen un poco, saben que soy bastante tozudo y dar media vuelta y no terminar lo que me había propuesto, es decir, pasear un buen rato entre los árboles e impregnarme, digamos, de su esencia, no entraba en mis deseos.
Siguiendo la cerca por la izquierda, caminé un buen rato. Allí el terreno estaba libre de vegetales y piedras, como si alguien lo hubiese limpiado, y mi marcha fue fácil. Y al cabo de un buen rato desemboqué en un claro donde se levantaba una extraña edificación. Casi cúbica, con dos enormes portalones (como si de un hangar se tratase) en paredes opuestas y pequeñas ventanas enrejadas en las otras dos. El techo era de cristal.
Delante de una de las grandes puertas aparecía un hombre que gemía sujetándose el brazo izquierdo con el derecho. Me acerqué y muy pronto mis años de profesión me permitieron emitir un diagnóstico: luxación escápulohumeral (aclaremos, que el húmero, el hueso del brazo, se había salido de su engranaje, digamos, con el omoplato o escápula).
Tengo un yerno al que no le gustan las descripciones de actos médicos, por lo que, por si él lee esto, voy a omitir detalles. Vendado y ya más tranquilo, sentado en una especie de butaca que sacó el lesionado de dentro de aquel extraño edificio y para distraer al anfitrión de sus dolores, comencé a hacerle preguntas. ¿Qué era aquella construcción? ¿Qué objeto tenía aquella alambrada? ¿Quién era él y que hacía allí? Y no sé cuántas cosas a medida que se me ocurrían.
Esto fue lo que me contó:
Cuando desembarcaron en la isla, los europeos observaron que los aborígenes vivían en las grandes selvas que ocupaban, prácticamente, toda la superficie de Falca. En ellas, sus moradores convivían en una especie de simbiosis con la vegetación que la ocupaba. Estos primitivos habitantes fueron prácticamente eliminados por la civilización (algo que se ha repetido muchas veces en la historia de la humanidad) y los pocos que sobrevivieron terminaron arrinconados en lo más profundo de los bosques. Entonces, a uno de los mejores dirigentes que hubo, allá por el siglo XVIII, se le ocurrió que podrían llegar a un acuerdo con aquellos pocos y desgraciados íncolas realizando un pacto que beneficiara a ambas partes. Los conquistadores no solo les dejaban en paz sino que les protegerían, les suministrarían alimentos, medicinas, materiales y demás necesidades y ellos, los que fueron los dueños de Falca, se convertirían en los protectores, cuidadores y defensores de las selvas y bosques que aún sobrevivían en la isla. La alianza tuvo efecto y, desde entonces, los nativos viven en paz, habiéndose convertido en lo que ahora se conoce como Los Jardineros.
Finalizó el lesionado su perorata. Luego, antes de que yo le hiciera la pregunta lógica, terminó:
Yo soy el cuidador del Jardinero. En este almacén se guardan medicinas, alimentos no perecederos, ropas y utensilios que se les da en caso de que ellos lo necesiten. Aquí solo vienen los “Cuidadores”. Bueno, y ahora usted. Nos turnamos, vigilamos y ayudamos. La verja no es para mantenerlos dentro, es para que los de fuera no entren. Y si ellos vienen aquí por alguna razón, se les atiende y se les trata lo mejor posible.
¿Por qué cree usted que Falca tiene estos bosques tan bellos?
