Addoor Sticky
domingo cristiano

Si se atrasa, espera en ella

He pasado algunos días con varios miles de personas de más de 30 países distintos; entre ellas, sólo tres éramos españoles y con las otras dos no hablé nunca

He pasado algunos días con varios miles de personas de más de 30 países distintos; entre ellas, sólo tres éramos españoles y con las otras dos no hablé nunca. La cosa iba de relax, nada de ambiente universitario ni docente, sino de descanso, que es el hábitat más apropiado para percibir quién es quién y cómo es cada cual.

Debo decir que me resultó motivador identificar entre la concurrencia a un importante número de imbéciles. Cuando uno sale por ahí tiene la tentación de imaginar que la gente con la que se va a encontrar no participa de ciertos defectos que en nuestro propio círculo son habituales. Pero no: allí había una buena porción de engreídos, maleducados, altaneros, insolidarios, egoístas… Cada uno paseando sus miserias en su idioma local.

Ya sé que es algo obvio, que la naturaleza humana es una y la misma, que por dentro somos iguales. Pero tiene su morbillo ver al estadounidense haciendo triquiñuelas para colarse en la fila del desayuno, o al británico derrochando dinero en un juego de azar con absoluto desprecio a la situación mundial, o a aquella paleta noruega empujando a todos para superar los trámites de seguridad antes que el resto. Lo dicho: la imbecilidad es una de las pocas cosas que no entiende de límites ni de fronteras.

Mi reflexión no fue tan básica. En realidad, tras unos días de descanso tenía entrenado el resorte reflexivo y me apenó comprobar in situ que la dureza del corazón es patrimonio de la Humanidad toda. Ahí vi yo escenificado el origen de tantos desencuentros, malentendidos y despropósitos que ensucian la vida a nivel local y en ámbitos más universales. El odio entre razas, la guerra, el desprecio a los débiles… toda esa sarta de vómitos hunde sus raíces en nuestra común participación en la maldad y el egoísmo diarios.

También tuve experiencia de la bondad sin fronteras, pero ya se sabe que el bien pinta menos, grita más bajo. Con todo, creo firmemente que el bien, la verdad y la belleza tienen la última palabra sobre el mundo. Y digo más: tienen la primera palabra sobre cada persona. Esa promesa hecha por Dios parece tardar, pero basta con mirar el percal para entender por qué no es más fácil vivir. Si nos lo ponemos tan difícil en el día a día, no es de extrañar. Si participamos de una bondad de puertas adentro, en el santuario de nuestro hogar o en el ámbito de nuestra familia y de los nuestros, pues no. Pues entonces sólo habrá una bondad de andar por casa, no la que salva el mundo y lo transforma.

Los creyentes en Cristo estamos llamados a sacar la bondad de paseo, es un encargo de Dios. Él le dice por boca del profeta a quien espera una sociedad mejor: “Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará”. No ceder al desánimo, no decaer. No dejar la vida en manos de los imbéciles ni de las imbecilidades. Sacar a Dios de paseo, compartirlo. En esa misión estamos mientras la Diócesis prepara la Misión.

“Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”, dice el Señor. Es cuestión de esperar a que llegue el día de esa manera en la que esperan los creyentes: adelantándolo con su forma de ser y de hacer, sin esperar a que otros tomen la iniciativa.

@karmelojph

TE PUEDE INTERESAR