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domingo cristiano

Un hombre de Dios

Un hombre de Dios o una mujer de Dios. Eso necesitamos rondando por las cercanías de nuestra vida. Porque los hombres de Dios hacen el mundo más habitable. Más humano y, por eso, más divino.

Un hombre de Dios o una mujer de Dios. Eso necesitamos rondando por las cercanías de nuestra vida. Porque los hombres de Dios hacen el mundo más habitable. Más humano y, por eso, más divino.

Estoy seguro de haber tenido la suerte de conocer algunos hombres y mujeres de Dios. Son esos que, lejos de ser perfectos, tienen clara conciencia de su fragilidad. Esos que, frágiles como son, han aprendido a reconocer las heridas de los demás y se empeñan en su cuidado. Son los que no huyen ante las grietas de las vasijas de barro que se cruzan en su camino.

Los hombres de Dios no simulan esa fragilidad suya: no van con la cabeza torcida y la mirada baja –las dos cosas al mismo tiempo- en un ejercicio tántrico de estudiada falsa modestia. No presumen de sus debilidades para concitar la indulgencia que no merece su soberbia.

Los hombres y mujeres de Dios conocen el Evangelio. Pero, sobre todo, lo experimentan y lo proponen. Y no lo utilizan como un recetario de sentencias para callar la boca a quien se arrastra bajo el peso de sus horrores. El hombre de Dios tiene el Evangelio siempre a mano porque es el mejor bálsamo para restañar esa sangría de esperanza que desinfla a muchos de sus hermanos.

A los hombres y mujeres de Dios no se les ponen los ojos en blanco ni se les engola la voz cuando rezan. No se les recogen las manos cual pías aletas de pez que temen soltarse al viento de las corrientes humanas. No se esconden delante del Santísimo para acallar los gemidos que surgen de las entrañas de la tierra habitada por sus hermanos. Los hombres de Dios buscan la intimidad con su Señor sin desentenderse de la comunidad. La intimidad con Dios, que es como un lago de aguas claras y templadas que les envuelve, les conforta, les recuerda el sentido de la vida, les alimenta y les envía a consolar a los demás. Los hombres de Dios viven de esa intimidad.

Eliseo, del que hoy habla la Escritura, era un hombre de Dios. Su presencia mejoraba la vida de los que se cruzaban en su camino, les sanaba las heridas del cuerpo y del alma. Les dejaba nuevos, limpios, “como niños pequeños”, dice Naamán el sirio.

Eliseo no aceptaba paga alguna por ser un hombre de Dios. Le bastaba con que quienes le conocían abrieran una puerta a Dios en sus vidas. “No hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”, le gustaba escuchar de aquellos a los que hacía el bien.
Necesitamos hombres y mujeres de Dios. Los necesita el mundo y le hacen falta a la Iglesia. Y que ellos ocupen el lugar de los falsos profetas, de los enamorados de sí mismos, de los funcionarios de la fe, de los inmisericordes de doble vida, de los que son ya viejos recién salidos del cascarón. De los que se han enamorado de las formas porque han renunciado al fondo. Nos irá mejor.
@karmelojph

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