
En esta segunda entrega, la conversación con Eligio Hernández Gutiérrez (El Pinar, 1947) se centra en su desempeño institucional y en la lucha contra ETA, una plaga que azotó al país en los años ochenta y que conoce bien.
-Su incursión en la política se inicia como gobernador civil de Tenerife. ¿Cómo llegó al cargo?
“La verdad es que un poco por casualidad, porque no estaba previsto que fuera yo quien ocupase ese cargo, sino Martínez de la Escalera, pero en fin…”.
-¿Se puede contar?
“El ministro del Interior de aquel primer Gobierno del PSOE fue José Barrionuevo, como se recordará, pero, cuando aún no había tomado posesión, despacha con su antecesor, Juan José Rosón, de la UCD. Fue Rosón quien le comentó algo sobre qué suerte tenía el PSOE con ese juez que era el preferido de la Policía…”.
-¿A cuenta de su paso por la Audiencia Nacional?
“Exactamente. Tras estar en Icod fui a la Audiencia Nacional como consecuencia de mi ascenso a magistrado. Y es verdad que, por lo que fuera, quizás por mi carácter que no le tenía miedo a nada, era el preferido de la Policía para la lucha contra ETA. De aquella reunión salió Barrionuevo y me llamó a Las Palmas para decirme que me fuera al Ministerio del Interior con él”.
-Pero no volvió a Madrid…
“Cierto. Él me propuso ir como secretario general técnico del Ministerio, pero a mí no me terminaba de convencer. Le expliqué acababa de volver a las Islas como magistrado y mi hijo había nacido hacía muy poco. Lo entendió, pero al día siguiente volvió a llamarme y me propuso ser gobernador civil. ¡Quién me iba a decir que acabaría asesorando al ministro en realidad!”.
-Anteriormente hizo alusión a que asesoró a Barrionuevo en materia antiterrorista aquellos años. ¿Cómo llegó a esa función?
“Tiene que ver con aquel momento. Nada más ganar el PSOE las elecciones, se empieza a nombrar los nuevos cargos y lo cierto es que todos los gobernadores civiles eran personas que venían de la UGT o de ser alcaldes socialistas. Con esos perfiles, pues el ministro tiraba de mí, porque era el único que era magistrado y además había estado en la Audiencia Nacional. Así acabé, en la práctica, de asesor antiterrorista para el ministro Barrionuevo”.
-Un desempeño del que no se hablaba en público precisamente.
“En absoluto. Todo muy discreto. Recuerdo que hasta iba a Francia a dialogar con los magistrados y los policías franceses sin que nadie lo supiera. La situación era muy curiosa porque seguía siendo gobernador civil y, cuando viajaba a Madrid iba con mi carpeta llena de temas canarios, pero, claro, muchas veces coincidía con algún atentado y se olvidaba todo porque eso era, lógicamente, prioritario”.
-¿Colaboraban los franceses en la lucha contra ETA?
“Sí, sí. Allí, como también pasaba en Inglaterra, ni la prensa ni la oposición criticaban la lucha antiterrorista, como sí pasó aquí. Le pongo el ejemplo de cuando el Ejército inglés ametralló a unos terroristas en Gibraltar sin que estos mostrasen las armas. Recuerdo que Barrionuevo me preguntó por el caso y le expliqué que aquí sería inimaginable, sería un crimen. Hice mis consultas y el asesor jurídico de la embajada inglesa me explicó que, según sus leyes, sí existía una agresión ilegítima de esos terroristas, porque allí para ello basta con los antecedentes, y el mero hecho de pertenecer a una banda armada ya supone una agresión ilegítima”.
-Con posterioridad acaba al frente de la Delegación del Gobierno en Canarias…
“Más o menos por las mismas causas y me pasó lo mismo que en la anterior ocasión, porque ese cargo era para Manuel Álvarez de la Rosa, quien, por cierto, había hecho muchos más méritos que yo en el PSOE. Pero cuando llegó al Consejo de Ministros la propuesta de Álvarez de la Rosa, sobre la marcha hicieron el cambio a petición de Barrionuevo, porque entonces los ministros del Interior mandaban mucho dada la importancia que tenía la lucha contra el terrorismo”.
-Con ese tipo de cargos durante esa época, ¿cómo llevaba el tema de la seguridad desde la perspectiva privada?
“No era fácil y agradable. Recuerdo que cuando fui a Madrid preferimos que fuera solo, mi mujer y mi hijo se quedaron aquí, en las Islas. Por esa época, los primeros años ochenta en Madrid, hubo atentados terribles, con muchas víctimas. Recuerdo que había que explicarle a los funcionarios que velaban por tu seguridad dónde ibas a vivir y, si no les gustaba porque entendían que no era seguro, tenías que mudarte”.
¿Llegó a ocurrirle en alguna ocasión?
“Dos veces. Al principio, cuando era magistrado de la Audiencia Nacional. Primero tenía previsto quedarme en un hotel, pero el servicio de seguridad lo vetó. Les expliqué que pensaba mudarme pronto al piso de un amigo que vivía por la calle de López de Hoyo, si bien recuerdo, pero tampoco reunía las condiciones que se exigían. Finalmente, fue el ministro Juan José Rosón quien me llamó un día al enterarse de los problemas que tenía para residir y me facilitó quedarme en los apartamentos Colón, que estaban al lado y era un lugar totalmente seguro”.
-¿No llegó a pasar miedo en alguna ocasión?
“La verdad es que no, pero hay que tener en cuenta que yo tenía treinta y pocos años, y a esa edad tampoco se tiene miedo”.
-Como magistrado de la Audiencia Nacional en esos años, habrá tenido que instruir sumarios relacionados con ETA, claro está…
“Por supuesto. Recuerdo que decreté la detención de 90 etarras. No me tembló la mano”.
-¿Qué impresión le merecían los componentes de esta banda terrorista?
“Tuve que tratar con ellos en los interrogatorios, claro. Reconozco que fueron una completa decepción. Por mi juventud no dejaba de ser un tanto romántico y al fin y al cabo, por poner un ejemplo, un palestino lucha porque es un pueblo explotado, y algo parecido ocurría en Irlanda. Pero los etarras que yo interrogué no pasaban de 25 años ninguno, y, francamente, la conclusión que sacabas era que mataban por matar. Es más, vivían de matar. No tenían ni ideas básicas de política”.
-¿Puede describir cómo eran esos interrogatorios?
“Eran en unos sótanos y el etarra estaba detrás de una mampara. Yo prefería estar solo, que no estuviera presente la Guardia Civil, y cuando me decían que igual no era seguro yo hasta hacía bromas explicándoles que había hecho lucha canaria (sonríe). Lo cierto es que cuando me fueron conociendo y comprobaron que no mostraba mucho miedo, pues la consecuencia directa era que me aumentaron la seguridad”.
-¿No destaca nada de aquellos interrogatorios? ¿Ninguno le llamó la atención por algo?
“Igual es por los años transcurridos, pero la verdad es que no. Recuerdo sobre todo que todos eran muy jóvenes como le dije y, se limitaban a decirte que les habían ordenado a poner la bomba o a pegarle el tiro a alguien. Si tengo que destacar algo es justo la falta de motivación de sus actos”.
-Sin embargo, usted mantuvo buenas relaciones con el PNV.
“Sí, y muy buenas además. Creo que soy el único fiscal general del Estado al que se le invitaba habitualmente al Palacio de Ajuria Enea, tanto con Atutxa como con Ardanza y con Arzalluz. De esa época mantengo cierto respeto por el nacionalismo vasco, si bien soy muy crítico con el catalán. Aquellos señores eran gente austera, honrada y me respetaban a pesar de que sabían que soy un antinacionalista furibundo. Quizás tuvo algo que ver el factor religioso, porque coincidíamos en que yo soy creyente”.
-Dada su experiencia, ¿cómo cree que debe evolucionar el problema vasco? ¿Hay que abrir la mano o pedir cuentas por los asesinatos sin resolver?
“Es como el proceso actual que vive Colombia. Quizás ha llegado el momento de hacer un gesto, siempre y cuando sea sin violar la ley. Seguramente por la parte penitenciaria, se podría estudiar el acercamiento de presos, el tercer grado. Siempre y cuando no tengan pendientes delitos de sangre, está claro. Creo que sería conveniente, sí, y la verdad es que toca, porque felizmente ya hay una generación vasca que no conoce la violencia”.
-¿Facilitaría la vuelta a la actividad política de Arnaldo Otegi?
“Una vez que cumpla la ley, sí. Está inhabilitado y jurídicamente no hay discusión sobre ese asunto”.
