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domingo cristiano

No hagamos la cobra al Resucitado

El vicario Antonio me pasó esta semana un artículo de El País: “¿Y si en la tumba de Cristo encontrasen su cuerpo?”

El vicario Antonio me pasó esta semana un artículo de El País: “¿Y si en la tumba de Cristo encontrasen su cuerpo?”. La pregunta sobre si la resurrección de Cristo fue física o simbólica es un sonsonete que se repite como los villancicos o las hemorroides recurrentes. Esta vez, la excusa son los trabajos de restauración del Santo Sepulcro, el lugar donde la tradición ubica el enterramiento de nuestro Señor.

He estado cuatro o cinco veces en Jerusalén. Sólo la primera entré en el claustrofóbico túmulo erigido sobre la tumba de Cristo, un monumento estrecho al que se accede de uno en uno y en cuyo interior te encuentras con un monje ortodoxo malencarado y pedigüeño. El lugar donde reposó el cuerpo de Jesús está varios metros por debajo de ese nivel, bajo toneladas de edificaciones y varias losas que lo protegen.

Nunca más he vuelto a hacer cola para entrar en el edículo, que así se llama ese relicario que protege la tumba. Como el lector ya intuye, soy poco de hacer propaganda de piedrecitas presuntamente sagradas. Pero cuando hablamos del sepulcro de Cristo entramos en otro nivel, nos enfrentamos a las entrañas de la fe. ¿Y si encuentran allí los huesos de Jesús? ¿Y si el Señor sólo resucitó de forma simbólica? ¿Y si la tumba nunca quedó realmente vacía?

Al autor del artículo que menciono le da igual una resurrección real o mitológica. Como aquellas hemorroides recurrentes, no es algo nuevo: el apóstol Pablo ya tropezó en su día con algunos revoltosos que lo ponían en duda: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”, sentencia.

Quede claro que los cristianos estamos llamados a esquivar las polémicas estériles: que si Halloween, que si Holywins, que si sotana o no, que si hábitos y tocas, que si carcas o progres… Esas tontunas nos han entretenido tantas veces muchos se sientan lejanos a lo que creemos con razón. Pero no podemos hacerle la cobra –tan de moda- a los temas centrales de nuestra fe, a ésos hay que mirarlos de frente.

Y el más importante de todos es la resurrección de nuestro Señor Jesucristo: pregonada por sus testigos, predicada con mimo por la Iglesia desde el primer domingo y de forma inequívoca, experimentada en el silencio intransferible por los adentros de quienes se abren a la presencia de Dios.

Cristo ha resucitado. No somos un rebaño que perpetúa una tradición, por muy bella y útil que ésta pueda ser; no nos quedamos en una filantropía bienintencionada a ras de tierra, aunque sea el punto de encuentro de todos los que buscamos el bien. Lo nuestro es Cristo. Resucitado. Verdaderamente resucitado. Que se levantó de entre los muertos porque es imposible que la oscuridad secuestre a la luz y porque de esa forma adelantó lo que espera a cada ser humano, desveló el misterio de quiénes somos.

No habrá un cadáver bajo las losas que cubren el Santo Sepulcro. Encontrarán un trozo de piedra dentro de lo que un día fue una cueva. Pero no quedarán a la vista ni la fe ni la esperanza con que cientos de generaciones han mirado hacia la tumba vacía. Lo importante no es un lugar, aunque ese lugar existe. Lo importante es que un día en ese lugar amaneció para siempre. Quizá los creyentes hacemos la cobra demasiado a menudo a lo verdaderamente importante.

@karmelojph

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