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Políticamente correcto

En la sociedad de la socialdemocracia europea existe un pacto no escrito, conforme al cual el sistema tiene la obligación de asegurar tus necesidades básicas a lo largo de toda la vida

La libertad es el derecho a decir a la gente aquello que no quiere oír”. (George Orwell).

En la sociedad de la socialdemocracia europea existe un pacto no escrito, conforme al cual el sistema tiene la obligación de asegurar tus necesidades básicas a lo largo de toda la vida. Con la globalización ello ya no es posible. Mientras nos dicen que sí, desplazan las obligaciones hacia el futuro y aquí no ha pasado nada. Hemos acabado asumiendo bajo el paraguas de lo políticamente correcto incluso aquello que analizado objetivamente no se aguanta. Hemos trasladado nuestra capacidad de decidir al exterior. Renunciando al libre discurso, al libre pensamiento, ponemos en cuestión la propia democracia. La pérdida del sentido de la responsabilidad individual acaba con la libertad, a cambio de una supuesta seguridad que ya nadie puede ofrecer. Habiendo renunciado a nuestros propios valores. Incorporados en el relativismo moral, desde lo políticamente correcto, nos desplazamos hacia el pensamiento infantil. Donde creemos que el conflicto desaparece con ignorarlo o cambiándolo de nombre. No asumimos la contrariedad, el sufrimiento, la opinión en contra, la diversidad. Se sacrifica la credibilidad, el rigor y el discurso intelectual. Se cambia la razón por la emoción, la lógica por el sentimiento. Claro que todo ello alguien lo aprovecha y acaba dictando lo correcto, a favor del sistema y sus grupos de presión. Separados de la realidad y de la obligación de decidir objetiva e independientemente, se licua nuestra decisión y se invade nuestra esfera individual. Lo políticamente correcto deconstruye la democracia, cuando la protección de las minorías y sus valores segmentados impiden o sacrifican la voluntad de las mayorías. O simplemente se colocan como excusa para justificarnos su olvido. Vemos cómo actúa en el acoso escolar, fenómeno sangrante y de actualidad, con edades que parecen imposibles. Lo explica la pérdida de autoridad de la escuela, donde ni familia ni ésta imparten valores. Se resuelve trasladando la carga al agredido y negando la evidencia. Las políticas de género, con la excusa de su inaceptable violencia, no pueden derivar en leyes con presunción de culpabilidad, cuotas de género que van invadiendo ámbitos públicos y privados y sacrificando, como en la escuela, los principios de mérito y esfuerzo. También hemos acabado dando alma a los animales, quizás como excusa de nuestra incapacidad de extender nuestras relaciones dentro de nuestra propia especie, o para compensar la obligada reproducción no ejercida. Mejor es no crear vínculos humanos, dirían. Los partidos políticos nos dan aquí un buen ejemplo, al haber convertido sus ámbitos en tribus incapaces de cooperar entre ellas, cuando es su primera obligación al deberse al ciudadano. Quizás la razón sea la misma que ha descubierto lo joven como categoría. Para que sin formación, capacidad y experiencia, se asuman responsabilidades cuyos fracasos hemos visto tan cercanos. Lo infantil también preside el discurso de la religión, donde se penaliza la mayoritaria, tanto en sus expresiones sociales como culturales, además de las religiosas. Se desconoce al tiempo el Islam, al que se prima condicionando nuestros valores democráticos y dejando extender su religión fuera del ámbito privado. No debe asombrarnos por ello que nuestra corrección política sea el caldo de cultivo de los populismos. Y encima nos permitimos el derecho de dar lecciones de democracia al otro lado del Atlántico.

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