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Tres tristes esculturas urbanas

Tenerife tuvo con la escultura un momento singular con proyección internacional, cuando en diciembre de 1973 se realizó la I Muestra de Escultura en la Calle, coordinada desde el Colegio de Arquitectos por Vicente Saavedra y su grupo

Tenerife tuvo con la escultura un momento singular con proyección internacional, cuando en diciembre de 1973 se realizó la I Muestra de Escultura en la Calle, coordinada desde el Colegio de Arquitectos por Vicente Saavedra y su grupo. Apoyada por el Cabildo, Ayuntamiento, Caja de Ahorros, Delegación de Bellas Artes, DISA y empresas locales. Fue todo un fenómeno social que al borde del franquismo colocaba el arte como dinamizador social. Tuvo en su Comisión de Honor a Westerdahl, Miró, Josep Lluis Sert y Roland Penrose. De las 43 esculturas de la Expo, quedaron 30 en Santa Cruz, que en 1977 se complementaron con la cesión de El Guerrero, de Moore. Este impulso permitió repetir la II Expo en 1994, que volvió a dejar en la ciudad nuevas esculturas urbanas. El modelo de la Expo del 73 de Santa Cruz ha sido repetido en varias ciudades españolas. Santa Cruz ganó con ello un patrimonio escultórico y una actividad urbana que hoy reclama. La escultura ofrece funciones rituales, mágicas, funerarias, religiosas, conmemorativas, estéticas, ornamentales, representativas. Hoy con el arte deconstruido, sus funciones adquieren nuevos significados. En la calle siempre ha estado y su urbanidad obliga a reaccionar al espacio de su entorno, que debe acomodarse a su presencia. En sus conflictos de urbanidad leemos hoy “tres esculturas urbanas”, a rehabilitar ellas y su entorno. En los tres casos ligadas al carácter marino, chicharrero, de Santa Cruz. Empiezo con el Ángel Caído y su fuente escultórica, que era conocida como el Monumento a Franco, en el cruce de la Rambla con Anaga. Obra de Juan de Ávalos (1911-2006), represaliado del PSOE en la posguerra, escultor principal del monumentalismo del arte español del siglo XX, que desarrolló en esta obra de 1966 una temática religiosa, sin alusión bélica. La Fundación Juan de Ávalos, la titula Monumento a la Paz. Hoy abandonada, sin mantener sus fuentes y sin luz. Cuando la cruzo hay siempre turistas con la foto, un hito urbano. En este bronce en la fuente, con agua y bajo el sol, el ángel vuela sobre el mar. Fue financiado por suscripción popular, lo que hoy llamamos los progres crowdfunding o micromecenazgo, en el top por ello de la progresía actual. Segunda escultura, Monumento Coreano al Marino, en el acceso a la Dársena Pesquera, en la carretera a San Andrés. Inaugurada en 1999 por la Autoridad Portuaria, Pedro Rodríguez Zaragoza y el cónsul coreano Lee Jum Soo. Conmemora a los marinos coreanos muertos en el mar, cuando su base pesquera estaba aquí.

Ocupa la antigua rotonda de acceso a la Dársena, que han vuelto inservible al absorberla el puerto. Otro conflicto puerto-ciudad. Es una escultura cinética, magnífica, conformada por planchas de acero corten que simulan olas, el mar embravecido. Alguien ha dicho que también es un loto en tierra, coreano.

Me gusta leer el Castillo de San Andrés, en la rotonda de acceso a Las Teresitas, como escultura abandonada, al igual que todo su entorno. Construido en 1700 con el modelo de torre defensiva de frente litoral. Repetido seis veces en Canarias, cuatro riadas lo han demolido. La última en 1898, cuando España perdió sus colonias. Entregado al Ayuntamiento en 1926, es Patrimonio Español desde 1949, BIC en 1985 y Monumento Canario en 1993, y da pena verlo. Las asociaciones Hispania Nostra y Tu Santa Cruz proponen restaurarlo. La primera medida, encajarlo en el Plan Especial de Las Teresitas y convertirlo en centro de visitantes de la playa y de Anaga. Tres tristes esculturas urbanas de Santa Cruz.

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