No me gusta la idea de una Iglesia en paz. Quiero decir con esto que una Iglesia aposentada sobre la quietud de su propio ombligo no es una comunidad al estilo de Jesús. No es que defienda el desencuentro fratricida, sino la inquietud, la comezón por llegar más lejos, más adentro. La efervescencia del intercambio de opiniones, el hormigueo para ejercer la corresponsabilidad, las correcciones fraternas, el aprendizaje en grupo… Todo esto nos hace auténticos.
La Iglesia de Cristo no le teme a la disidencia en lo accidental, en lo que es provisional. La verdad sobre lo único verdadero no admite matices, pero todo lo demás puede ser discutido.
De hecho, estoy convencido de que es Dios mismo quien siembra este dinamismo en la vida de los creyentes, buscando que su Espíritu mueva nuestros corazones y nuestra inteligencia hacia la autenticidad, hacia la construcción del Reino de Dios, ese lugar amable al que está convocada la Humanidad entera.
Pero los hay tan miopes que prefieren una Iglesia en la que todo sea considerado una verdad eterna. Ojo, que existen verdades que lo son, que no se discuten porque forman parte de nuestra esencia, de lo que nuestro Dios ha querido comunicarnos y cuyo valor no depende de que estemos o no de acuerdo con ellas. Pero muy pocas son las que gozan de tal privilegio. El error que ahoga la fe se perpetra al convertir en inamovibles aquellas otras historias o historietas que el paso del tiempo ha ido sembrando en el camino.
Quienes encuentran arraigo en lo que no es esencial distorsionan el rostro de la Iglesia y la voluntad de Dios. Son todos esos que confunden los olores y los colores de una escena con la banda sonora original de la película. Los que convierten en un tema lo que en realidad es una anécdota histórica, por muy bella o muy valiosa que sea o haya sido.
Al inicio del año, es otra paz la que celebra y propone la Iglesia: que callen los fusiles para siempre, que nadie alce la mano contra su hermano, que nadie impida que la vida fluya: como sereno remanso o como turbulenta catarata. Pacificados por dentro y dispuestos a dar guerra en todo momento, a ensuciarnos las manos con los dolores del mundo. Y comprometidos con la lucha contra las infidelidades de la propia Iglesia, que se alimentan de los pecados de cada creyente que se busca a sí mismo en lugar de añorar el rostro de Dios.
La verdadera paz es surfear en la misericordia de nuestro Dios, en lugar de sentarse en la orilla a ver las olas pasar. Feliz año a todos.En paz. No cualquier paz, sino aquella que Israel se deseó de generación en generación con bellas palabras que en realidad eran la envoltura de su propia experiencia de Dios:“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.
@karmelojph
