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Rescatados del infierno

Pedro y Fefi, con vidas tempestuosas a sus espaldas, representan dos ejemplos de superación; acaban de ser contratados en el comedor social de El Fraile al que acudían como usuarios
PEDRO Y FEFI COMEDOR SOCIAL EL FRAILE
Pedro (50 años) acaba de cumplir 12 meses sin consumir drogas ni alcohol, adicciones que le han acompañado durante 38 años. / FRAN PALLERO

La vida les acaba de dar una segunda oportunidad. Pedro (50 años) y Fefi (40) acuden cada día al comedor social La Buena Estrella, en El Fraile (Arona), con la ilusión de dos jóvenes que acaban de conseguir su primer trabajo. Hasta hace poco solo iban allí, a mediodía, con otras 40 personas sin recursos, a comer un plato de potaje o sopa, algo de carne o arroz y algún dulce de postre. Hoy, Pedro y Fefi atienden a los usuarios y a esa tarea le ponen todo su cariño.

Sus ganas de ayudar a los demás, pero, sobre todo, de sentirse útiles, les han devuelto la ilusión por vivir. Y han tenido su recompensa: ahora son trabajadores con un contrato por horas.

Pedro, natural de Córdoba, aunque ha pasado gran parte de su vida en Cataluña, acaba de cumplir un año “limpio” (sin consumir droga ni alcohol, dos adicciones que le han acompañado durante 38 años), y enseña con orgullo la moneda que así lo acredita y que le acaba de entregar Narcóticos Anónimos. Pero esa esforzada victoria llegó sobre la bocina, después de un ultimátum que lo puso entre la espada y la pared: o la droga o su hija.

La Dirección General de la Infancia y la Adolescencia de la Generalitat de Cataluña estuvo a punto de hacerse cargo de la menor, de 16 años. “Cuando me iban a quitar a mi hija, hace ahora un año, toqué fondo y prometí que nunca más volvería a la droga, y lo he cumplido; hoy soy una persona feliz”. Su hija vive con una tía en Barcelona. Admite que desengancharse no ha resultado nada fácil, “sobre todo porque empecé a los 12 años”.

“Nadie me ha dado un abrazo como aquí”

En ese proceso, en el que llegó a “soñar” que consumía drogas, han sido decisivas Solange Díaz y Laura Infante, coordinadoras y almas mater del comedor social, su tabla de salvación. Por eso, no duda en afirmar que “encontré dos ángeles que me lo han dado todo”, y se le ilumina la mirada cuando reconoce abiertamente que “nadie me ha dado un abrazo como aquí”.

Pedro es viudo y tiene cara de buena gente. Llegó a la Isla en 2014 siguiendo el consejo de un amigo convencido de que aquí “se podía vivir con menos”. Hoy reside en El Fraile con su otro hijo, de 19 años. Cuenta que el comedor “es mi vida” y no olvida el primer día que se acercó al local, situado en el número 83 de la calle Fuerteventura: “Era reacio a entrar con mi hijo, me daba mucha vergüenza, y hoy digo que estas cuatro paredes no son un comedor, sino una bendición”.

Pese a todo, no ha perdido su sentido del humor (“estoy aprendiendo a vivir, tengo dos años, ¿verdad que no los aparento?”). En cambio, también está acostumbrado a llorar, aunque nadie se percate de ello. “Me cuesta que se me escape alguna lágrima, pero llevo días llorando por dentro, es un llanto de emoción. Ahora mismo estoy llorando. A mí me ha tocado el Gordo. Soy consciente y lloro todos los días”.

Su vida es casi de película. Precisamente, el mundo del séptimo arte también le ha ofrecido hacer sus pinitos, aunque sea fugazmente. 2016 le dio la oportunidad, nada menos, de trabajar como extra en la superproducción Bourne, junto al actor estadounidense Matt Damon. “Fue en la escena de la pelea que se rodó aquí, en el Fraile. Yo intervenía en el segundo grupo, y lo debí hacer bien porque me dieron mis 80 euritos”.

Sobre el futuro prefiere no hacer pronósticos y se limita a responder con el lema de Narcóticos Anónimos: Sólo por hoy. “Y hoy”, reitera, “soy feliz”. Mientras se ajusta el delantal negro con su nombre, ya a punto de empezar a servir a los usuarios que ocupan todas las mesas del local, nos regala su última reflexión: “He aprendido a ser honesto conmigo mismo y así tengo capacidad para ayudar a los demás”.

Fefi (40 años) afirma que la vida le ha enseñado a sacar las garras “para defenderme ante todos los ataques que he sufrido”. Hoy admite que es feliz. / FRAN PALLERO

“Con 40 años y solita en la vida”

En la tarea de emplatar y repartir le acompaña Fefi, que refleja en su mirada las secuelas del drama que es su vida. Está a punto de cumplir cuatro meses en el comedor, donde se acaba de estrenar como trabajadora.

Se lo ganó a pulso, porque sin que nadie se lo pidiera desde el primer día se puso a fregar, a servir comida “y también a cantar y a bailar para darle un poco de alegría a la gente y que se rían”, afirma con su gracejo natural gaditano, aunque cuando le plantean una pregunta personal no tarda en ponerse seria: “Con 40 años y solita en la vida”; esa es su carta de presentación. Llegó a Tenerife con 17 años y con tres niños, huyendo de los malos tratos de su pareja. Uno de sus hijos, Agustín, de 20 años, lucha contra el cáncer y recibe quimioterapia. “En mi vida nadie me ha ayudado, y yo ayudo a todo el mundo aquí”. Fefi vive de okupa en este núcleo aronero y sueña con habitar algún día su propia vivienda. Admite que en etapas anteriores se vio obligada a entrar a los hipermercados “para llenar algún carrito de pañales, leche y galletas para los niños”, víveres que no podía pagar. “A veces me dejaban salir, otras no”. Asegura que nunca ha tenido problemas con el alcohol o las drogas, “solo con el cigarro”. Pero Fefi quiere recrearse en un presente feliz. “Antes, a la mínima, sacaba las garras, porque desde niña no he hecho otra cosa que defenderme ante todos los ataques que he sufrido. En cambio, desde hace cuatro meses todo ha cambiado; tengo mi pequeño sueldito, mi nevera está llena y en La Buena Estrella he encontrado, sobre todo, mucho amor. Solange y Laura son mis madres, mis hermanas, me dan apoyo físico y moral, y quieren a mis hijos con locura”, dice, emocionada.

Nadie diría la vida que esconde Fefi viéndola servir y llevar platos desde los calderos a las mesas. Sonriente, habladora, cariñosa. “Aquí he encontrado la felicidad y mis hijos me dan la fuerza que necesito; gracias a ellos no he perdido el sentido del humor”, comenta, mientras nos obsequia, sin perder su sonrisa, con una nueva muestra de su gracia andaluza en la despedida: “Me sacarás en la portada del periódico, ¿no? ¡Qué menos!”

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