He visto Silencio, la última película de Martin Scorsese. Inmensa. Conmovedora. Eléctrica. Rotunda. Dura. Realista. Un inabarcable alegato sobre lo imprescindible. Mira que es difícil encontrar una creación artística sobre lo religioso que no rezume ese pegajoso sucedáneo de agua bendita que hace infumable todo lo que toca. Pues Silencio supera con nota los más estrictos exámenes artísticos y existenciales.
El filme está basado en la cruenta persecución que desplegó Japón contra los cristianos en el siglo XVII y durante casi 300 años. Se centra en la descarnada peripecia de un joven sacerdote jesuita, que ha de enfrentarse en ese ambiente hostil al aparente silencio de Dios ante el cruel asesinato de los creyentes y, al mismo tiempo, al descubrimiento de un sonoro silencio en el que palpita la cercanía de ese mismo Dios.
No es una película sobre martirios al estilo de las clásicas sobre el imperio romano. Hay muertes por negarse a renunciar a Cristo -muchas y terriblemente violentas-, pero sirven de hilo conductor hacia los adentros de una cinta que, además de escriturar la Historia, hace justicia a los miles de cristianos que fueron fieles a su fe y la aterradora experiencia a la que se vieron sometidos sus pastores.
Los jesuitas enviados a Japón fueron obligados a servir de herramienta de escarnio, de instrumentos de tortura, de armas en manos de los inquisidores. Experimentaron el dolor, el miedo, el abandono, la ternura, la ilusión, la desesperanza… Renovaron el acontecimiento del Calvario en sus carnes desgarradas y sus mentes azotadas. En sus almas puestas a prueba más allá de lo imaginable.
Silencio es una historia de amores y de dudas, de abrazos y de palizas, de paraísos y de infiernos, de traiciones y de lealtades inquebrantables. Es una parábola de la fe. No es sencillo creer, en ocasiones hasta es peligroso, pero es lo único posible cuando se ha tenido experiencia de Dios, parece decir. Hasta lo ilógico entroniza su perversa lógica, al negar con las palabras lo que el corazón consiente como el único alimento para seguir viviendo. Cuando falta todo, cuando hasta Dios parece faltar, sólo Dios está.
Recomiendo Silencio. Porque tiene la factura de las grandes obras, donde todo se hace como se hace por algo. Y porque remueve el interior: es imposible verla y no sentir que las preguntas eternas y las nuevas preguntas se amontonan buscando salida. Salidas fáciles, de manual, beaterías insulsas para volver a la zona de confort. O reflexiones que nos aposentan en el filo de la navaja, en ese desierto del que no se puede huir de lo verdaderamente importante.
¿Traidor por decir no? ¿Mártir por aceptar el descalabro? No es tan sencillo. No hay nada sencillo cuando se habla de la fe, del motor del alma, del sentido hondo de la existencia. Dios tiene la última palabra y administra sus propios silencios. Y nos mue ve a usar palabras. O a surfear el silencio.
No. No es una película. Qué va. Es mucho más. Más adentro, más ancho, más hondo.
