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domingo cristiano

Anónimos contra el Papa

Recuerdo que algunos años antes de yo ser cura circularon por la Diócesis unos mensajes anónimos contra los nuevos formadores del Seminario, Lucio, Daniel y Diego. Eran papeles burdos, de gramática ramplona, entintados con mentiras también infames: que si a los rectores no les importaba la formación moral de los seminaristas, que si se habían cargado el rezo del rosario, que si celebraban misa de cualquier manera…

Un tiempo después, las dentelladas literarias –también de autor presuntamente ignoto- fueron contra el obispo Felipe: contra su gestión económica, sus nombramientos, su modernización de algunas estructuras, su empeño por levantar del sillón a quienes tenían el culo pegado al cargo, su intento de dinamizar alguna concreta asociación de fieles de rancio abolengo (pero que muy rancio)… Luego he sabido que otros curas, monjas y seglares también han sido objeto de esos panfletos.

Nadie se escandalice: en todos los grupos humanos cuaja la ruindad de una u otra manera. Los textos anónimos son la roña moral que asoma por el cuello de la camisa impecablemente de los que viven de apariencias. O quieren vivir de ellas, sin experimentar el fondo de las cosas. En la Iglesia, los anónimos son la tiña que desenmascara a quienes no son limpios ni de corazón ni de intenciones. Porque siempre se descubre quiénes fueron.

He recordado todo esto después de leer que en algunas calles de Roma han aparecido carteles –anónimos, claro- insultando al Papa Francisco. Esto decían: “Francis, has intervenido Congregaciones, retirado sacerdotes, decapitado a la Orden de Malta y a los Franciscanos de la Inmaculada, ignorado cardenales… pero, ¿dónde está tu misericordia?”.

¿Que quién se ha atrevido a tanto? Blanco y en botella. Resulta que el Papa quiere hacer limpieza en despachos que se han convertido en oscuras cuevas, sanear el día a día de asociaciones y personas que viven para sí mismos y para alimentar sus dobles vidas, remover a hombres y mujeres de Iglesia que ya no se conmueven ante Dios. Francisco quiere más ración de Evangelio y otros patalean para no perder su zona de confort. La batalla es vieja, tanto como la fe en Cristo.

No perdamos la calma. No prevalecerá la noche, ni los hijos de las tinieblas asesinarán la primavera. Dios guía a su Iglesia y le enseña a comprometerse con la verdad, a remar. Claro que hay un sector de bautizados que se opone al Papa. Los que no quieren oír hablar de la Iglesia como hospital de campaña. Los que extraviaron el amor primero entre ropajes y rúbricas, que son el refugio donde se aposentan los inconsistentes, esos que no recuerdan ya la rotunda y revolucionaria sencillez del Evangelio. Ya los sufrió el Nazareno.

“Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. […] A nadie obligó a ser impío y a nadie dio permiso para pecar”, recuerda hoy el Eclesiástico. Pues eso, que cada uno elija. Que ya somos mayorcitos. ¿O quizá algunos no?

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