
El pensador Tzvetan Todorov murió el pasado miércoles, a los 77 años, en París, la ciudad que le acogió como a uno de los suyos. Su fallecimiento se convierte en el adiós a uno de los últimos filósofos ilustrados, que libró su propia batalla para conseguir una Europa más justa y diversa partiendo de un pensamiento crítico en lo político, en lo social y, también, en el arte. Nació en la Bulgaria de 1939 con el estruendo de la Segunda Guerra Mundial, y se crió en el lado comunista del muro. Fue en la década de los 50 del siglo pasado cuando viajó a la capital francesa para continuar sus estudios y allí germina su lucha y comienza a trazar su estrategia literaria y filosófica. Por eso decía llamarse “el hombre desplazado”.
Todorov solo contaba con la filosofía, el estudio y el diálogo como únicas armas, y con el lenguaje y el pensamiento político y artístico como escudos. Su objetivo era acabar con los trogloditas y los bárbaros, sus principales enemigos. Sus libros, precisamente, fueron, y todavía son, granadas para aniquilar la barbarie en la civilización, “una categoría que no tiene que ver con la historia, sino con la moral, con lo intelectual”, afirmaba. Destacan títulos como Mijail Bajtín: el principio dialógico (1981), Las morales de la historia (1991), Elogio del individuo. Ensayo sobre la pintura flamenca (2006) o El espíritu de la Ilustración (2008).
Se resguardó en sus propias trincheras; en las clases de las universidades École Pratique des Hautes Études, Yale, Nueva York, Columbia, Harvard y California; también en las mesas de debate, como la que tuvo lugar en Tenerife en el año 2010, en el marco del foro Ideas para Cien Años, organizado por la Fundación CajaCanarias. A su lado, el periodista Juan Cruz, que conducía el debate, y el politólogo, filósofo, sociólogo y catedrático francés Sami Naïr. “Donde esté Sami, allí estará Todorov”, dijo en su intervención. Por eso, para Cruz, Sami Naïr era “la llave de todas las puertas”.
El diálogo entre estos intelectuales en la Isla superó las dos horas y llenó la sala del Espacio Cultural de la entidad en Santa Cruz de Tenerife. Ambos filósofos buscaron respuestas a las preguntas que lanzaba el periodista. “Resulta muy ambicioso nombrar los grandes desafíos que le esperan a la humanidad”, reflexionaba Todorov. “Para mí, la idea de progreso no está muerta todavía. En siglos pasados llegamos a tener la impresión de entrar en un círculo virtuoso, que se dibujaba gracias a la tecnología. En otras épocas se pensó que ese avance arrastraría también un avance en la sociedad. Si hoy hiciéramos una encuesta, muy poca gente diría que esto que vivimos es el progreso, en lugar de eso, se hablaría de desarrollo, de crecimiento. Ha sido positivo superar ese concepto de desarrollo que heredamos de nuestros antecesores, esto nos permite ahora hablar de un progreso personal, poniendo como base la educación, seres humanos con la capacidad de transformarse”, apostilló.
“Civilización invita a ver las diferencias entre el singular y el plural. Al hablar de civilizaciones, hacemos referencia a los grupos de personas de diferentes épocas y de distintas regiones. En cambio, cuando la decimos en singular, se evoca una categoría que no es histórica, sino intelectual o moral, que juzga a las diferentes épocas históricas, que es antónimo de la barbarie. La civilización viene a ser la capacidad de reconocer al otro, aunque sea diferente a nosotros. La barbarie, por su parte, surge cuando se llega a considerar al otro como un ser inferior. Así, el rechazo a la tortura, por ejemplo, es una actitud civilizada”, reflexionó en su intervención.
Todorov lanzó en Tenerife un desafío a la sociedad: “Adaptarse y relacionarse con otros pueblos”, usando como vehículo la tecnología, “que ya ha cambiado los medios de comunicación, el transporte, la transmisión de conocimientos”. Una nueva batalla a la que deberán enfrentarse los pensadores que vienen.
