Lo que ha conseguido Asier Antona tiene una lectura que sólo se puede comprender en su totalidad desde la periferia de la ultraperiferia canaria. Que un político de una isla distinta a Tenerife o Gran Canaria lidere un partido en el Archipiélago no es nada sencillo. Desde La Palma hubo otro intento, el de Manuel Marcos Pérez, en el PSC-PSOE, que estuvo cerca de lograrlo si no llega a entrar en juego la maquinaria federal de los socialistas, liderada en aquel entonces, con mano de hierro, por José Blanco, para inclinar la balanza hacia el lado de José Miguel Pérez.
No es victimismo, del que se ha sobrealimentado precisamente el pleito insular, sino una realidad. Un estigma socioeconómico, que se cuela en todos los ámbitos de la vida, en el que la política no está ausente. De ahí que la victoria de Antona encierre un doble valor.
Un logro que no ha sido fruto de una herencia de su predecesor, como algunos han criticado. Al contrario, el político palmero se ha ganado pueblo a pueblo, y comité a comité del PP, la confianza de los afiliados de esta formación política, manteniendo una presencia constante entre las bases, primero como secretario general y, tras la renuncia de Soria, como presidente. A esta cercanía por debajo, ha sabido sumar el respaldo de Génova.
No existe ahora ningún partido en Canarias que tenga un liderazgo tan nítido como el que tiene Antona en el PP. Incuestionable jefe de filas, probablemente en poco tiempo se podrá empezar a valorar su gestión de lo público y, poco después, como cartel electoral a la Presidencia. Las cartas están en su mesa y las moverá tras el congreso.
