
Más de14 millones de turistas llegaron en 2016 a Canarias en busca de la felicidad. El número de visitantes no ha parado de crecer año tras año y el índice de repetidores es muy superior a cualquier otro destino de nuestro entorno. Casi 15.000 millones al año genera la actividad turística en el Archipiélago, más de un 32% de la tarta de la economía canaria. ¿Qué tienen estas Islas para atraer a tanta gente desde toda Europa y desde otros rincones del planeta? ¿Qué condiciones ofrece esta tierra para que tantos millones de personas vengan desde miles de kilómetros de distancia, en muchos casos una y otra vez, para encontrar aquí el bienestar que no hallan en sus países?
De la misma forma que desde hace más de 40 años Bután, un pequeño reino perdido del Himalaya, creó el concepto de Felicidad Interior Bruta para anteponerlo al del Producto Interior Bruto, las Islas Canarias ofrecen todas las condiciones ambientales para patentar un nuevo parámetro que mida el estado de satisfacción plena, desde un punto de vista más ambiental que espiritual, a diferencia de Bután. Podría denominarse Índice Ambiental de Felicidad. Sólo hace falta tener ojos en la cara y una mínima capacidad para emocionarse.
¿Cuánto puntúan en la escala de la felicidad valores como un clima suave todo el año, una luz radiante durante tantas horas al día, un océano como el que nos rodea, la biodiversidad más rica y concentrada de Europa, y un paisaje salpicado de colores y contrastes con una orografía espectacular?
“Los canarios no han tenido conciencia exacta del gran lujo que significa vivir en Canarias”, proclamó César Manrique hace 30 años al recoger un premio por su labor en defensa del medio ambiente. Tres decenios después, las palabras del artista lanzaroteño nos invitan a reflexionar sobre la percepción local de las condiciones naturales de las Islas. ¿Cuánto las valoramos? ¿Hasta qué punto las disfrutamos? ¿O es que el problema es que no somos capaces de ver lo que sí ven esos 14 millones de turistas cada año? Junto a las benignas características ambientales, que se han traducido en eslóganes promocionales célebres como el que asocia el clima del Archipiélago con una eterna primavera, hay otro factor que convendría tener en cuenta como una de esas metas volantes que parecen acercar el objetivo de la felicidad: nuestra forma de ser. Esa calma insular, que desde fuera, muchas veces despectivamente, denominan aplatanamiento, marca distancias con esos patrones propios de las grandes ciudades, donde la vida aprieta el acelerador. Es, probablemente, nuestro hygge, la ecuación danesa para escapar de los agobios y que enseña a ser felices con lo que ya tenemos y que no sabemos apreciar. ¿Les suena?
La fórmula nórdica, basada en la armonía, gratitud y unidad, funciona, a tenor del Informe Mundial de la Felicidad que elabora anualmente la ONU, y en el que Noruega, Dinamarca e Islandia ocupan los primeros puestos en el ranking de países más felices del mundo. ¿Se imaginan si encima tuvieran la luz que tenemos aquí, nuestras horas de sol, nuestro clima, en definitiva? Sin embargo, muchos canarios, de la misma forma que por más que miran no ven el paraíso ese que, por otra parte, siempre se imaginó en una isla con exuberante vegetación en medio del océano, tampoco se sienten cómodos con el cliché de aplatanados. Todo lo contrario, resulta casi una ofensa. Quizá es cuestión de aplicar otra mirada y empezar a valorarlo como un síntoma de calidad de vida.
Para el catedrático de Psicología y coordinador del libro Natura y Cultura de las Islas Canarias Pedro Hernández Guanir, el “escenario natural de las Islas es maravilloso”, lo cual, a su juicio, influye a personas con una vida en “armonía y equilibrio”. No obstante, aclara que “aquellas personas que no tienen una mirada positiva hacia la realidad, no sacan ninguna rentabilidad de ese escenario; ese desenfoque de la mirada es el gran problema de Canarias”, una circunstancia que, según el punto de vista de este experto, hace que aflore un elemento de comparación permanente que tiene sus raíces en la inseguridad.
Juan Luis Calero, coordinador del Foro Humanismo y Felicidad que celebra el Área Garachico en esta localidad, recuerda que el sol, de la misma forma que activa las plantas, produce una sensación de bienestar en el organismo, “algo que descubrieron los chinos hace mucho tiempo aplicándolo como terapia medicinal”. Respecto al ritmo de vida más pausado en las Islas, sostiene que “la lentitud es un valor al alza” y puso como ejemplo los altos índice de audiencia que empiezan a tener canales de televisión en países nórdicos que se limitan a retransmitir un día en el campo, en la costa, o en cualquier ámbito alejado de las prisas y estridencias. “Contemplar ese tempo natural de la vida genera bienestar”, asegura Juan Luis Calero.
La felicidad, uno de los retos de la ‘agenda humana’
Para Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor del bestseller De animales a dioses, la clave de la felicidad es uno de los objetivos de la agenda humana para los próximos decenios, junto a la inmortalidad -la amortalidad, según precisa, como término más ajustado- y la inteligencia artificial. Así lo recoge Harari en su nuevo libro, también un éxito de ventas, Homo deus. Breve historia del futuro. En pleno siglo XXI, ¿quiénes son más felices?: los ciudadanos de aquellos países con mayor renta per cápita o, por ejemplo, los que están en vías de desarrollo. Harari pone varios ejemplos. Así, en Perú, Guatemala, Filipinas y Albania, con mayores o menores niveles de pobreza e inestabilidad política, cada año se suicida una de cada 100.000 personas, mientras que en estados ricos, como Japón, Suiza, Nueva Zelanda y Francia, el número de suicidas es de 25 por cada 100.000 personas. El profesor israelí claramente no equipara ni de lejos la felicidad a la mejora de los niveles de vida. Recuerda lo que propugnaba en el siglo XVIII el filósofo inglés Jeremy Bentham, quien señalaba que el Estado debe tener como objetivo digno procurar la felicidad global, y apunta que muchos economistas abogan por sustituir el PIB (Producto Interior Bruto) por la Felicidad Interior Bruta (FIB) como indicador de una sociedad más satisfecha, remarcando, eso sí, que la producción es el medio no el fin. Harari subraya que la humanidad es más productiva que nunca, lo cual nos lleva a acceder a más bienes de consumo, sobre todo desde la revolución tecnológica, aunque eso no significa que sea más feliz. La tecnología nos ha proporcionado ocio y diversión, pero del mismo modo subordinación y alienación, según sostiene.
El Archipiélago, la morada clásica de la felicidad
FRAN DOMÍNGUEZ
Que Canarias es un paraíso no solo es uno de los eslóganes turísticos más escuchados sobre esta tierra, que se apuntala en la bonanza de su clima, lo paradisiaco de su paisaje y la afabilidad de sus gentes. Desde la antigüedad, nuestras islas (en realidad, para ser justos, también las ínsulas cercanas en mayor o menor medida, Madeira, Azores, Salvajes y Cabo Verde, que conforman la Macaronesia) han sido identificadas con lugares mitológicos o legendarios, espacios donde las almas virtuosas iban a descansar durante la eternidad. Se trata de las Islas Afortunadas o Islas de los Bienaventurados (en griego antiguo: Makárôn nêsoi; de ahí el término de Macaronesia), en contraposición a otros lugares de ultratumba más sombríos y lúgubres de la cosmovisión helena, como el Hades o el Tártaro, identificados como el infierno.
LUGAR DE HÉROES
En las Islas de los Bienaventurados pululaban héroes como Peleo o su hijo, el célebre Aquiles, vencedor del príncipe Héctor en la guerra de Troya. En algunas versiones, los Campos Elíseos son una denominación posterior de las Islas de los Bienaventurados, al subrayar el mismo concepto: el de morada de dicha y felicidad. Los romanos tomaron el testigo de la Hélade y también mencionan las Fortunatae Insulae, situadas más allá de las columnas de Hércules (el Heracles griego), el estrecho de Gibraltar. Autores como Plinio el Viejo, quien vivió en el siglo I después de Cristo, las cita en su célebre Historia Naturalis.
MÁS MITOS
Otro mito clásico, con sus distintas variantes y versiones, que han querido relacionar con Canarias es el Jardín de las Hespérides, propiedad de la diosa Hera, hermana y esposa de Zeus, y cuidado por las ninfas que le dan nombre, cuyos árboles daban de fruto manzanas doradas, que otorgaban, entre otros dones, la inmortalidad. Este vergel del poniente estaba custodiado por Ladón, un dragón de 100 cabezas. El antes mencionado Heracles, en lo que se convirtió en el undécimo trabajo del semidiós, encargado por el rey Euristeo, robó las manzanas del jardín matando para ello al temible dragón (en el que algunos han querido ver el árbol drago: otra fabulación señala que las gotas de su sangre, al tocar el suelo, se convirtieron en este símbolo vegetal de la identidad canaria).
