
Que Salvador Alberto Morales Méndez, antaño trabajador de Titsa y representante sindical en dicha empresa pública, es tan inmaduro como para asesinar a una mujer con la que mantuvo hasta 17 años de relación sentimental por su mera incapacidad para asumir que todo había terminado, lo prueba la condena en firme que lo pena a 19 años de prisión por acabar alevosamente con la vida de Isabel Canino, una conductora de las guaguas públicas tinerfeñas cuyo único pecado fue preferir a otro, por mucho que fuera justo el rival en el sindicato, cuya doble derrota solo debe achacarse a la mediocridad propia, y eso siendo generoso con quien nada merece.
Porque si algo distingue en su perfidia a este sujeto entre los criminales de esta Isla es la tortura a la que sometió a su familia durante 72 días en los que ocultó, no ya su crimen, sino dónde se hallaban los restos de la infortunada mujer de 37 años que, desafortunadamente, tuvo a bien apiadarse de Salvador lo suficiente como para compartir con él un desayuno aquel triste 21 de marzo de 2009, justo antes de irse con una amiga para pasar el fin de semana en el sur de la Isla.
Tal y como recoge la sentencia, se consideran hechos probados que “Salvador Alberto Morales Méndez e Isabel Canino, tras desayunar sobre las 10:30 y 11:00 horas del 21 de marzo de 2009, acudieron al inmueble del acusado [ya condenado] ubicado en el Camino de la Hornera (La Laguna), donde este obligó a la víctima a llamar a la esposa de su actual pareja. Tras esto, Morales le colocó una brida de 46 centímetros en el cuello y la apretó hasta causarle la muerte por asfixia mecánica. A continuación le ató las manos con otra brida e introdujo el cuerpo sin vida de Isabel en una fosa séptica ubicada en una de las habitaciones de la planta baja del inmueble. Morales tapó la fosa, colocó baldosas encima y continuó haciendo su vida normal”. Aunque Salvador estuvo en el punto de mira de los investigadores desde un primer momento y por ello fue sometido a varios interrogatorios y se buscó, previa autorización judicial, tanto su domicilio como el citado inmueble de La Higuerita, no fue hasta el 28 de mayo de 2009, 72 días después de presentarse la denuncia por la desaparición de Isabel, cuando finalmente los especialistas del Grupo de Homicidios de la Policía Nacional adscrita a la provincia tinerfeña encontró el cuerpo de la infortunada conductora de Titsa en el interior de la fosa en cuestión, que convenía a tal fin dado que no estaba conectada a red de saneamiento alguna.
Cuentan las crónicas de tan tristes hechos que fueron unos comentarios efectuados por el propio Salvador lo que finalmente condujo a los restos de su víctima ya que, en otra muestra de su perfidia, se vanaglorió de su falsa capacidad para esconder un cadáver sin que jamás fuera hallado ante los trabajadores empleados en, precisamente, la obra donde finalmente aparecieron los restos de Isabel. Otro dato ayuda a perfilar lo abyecto de la conducta de Salvador: la obra en cuestión se sufragó con fondos que Isabel, en su bondad, pidió a su familia para satisfacer el requerimiento del que luego se lo pagó con la muerte.
Tristemente, este crimen originado por la inmadurez (casi siempre de los varones) a la hora de asumir el fin de un romance destaca entre tanta tragedia por esos 72 días, esas diez semanas con sus 1.728 horas, en las que Salvador torturó a los familiares y amigos de Isabel, a quienes no solo negó la verdad sino que sometió a la angustia del que no sabe y teme lo peor. Incluso, no dudó en participar en las numerosas movilizaciones organizadas en busca de esta mujer, que él sabía inevitablemente estériles.
La mejor prueba sobre la frialdad de este criminal, que conmovió de tal modo a la Isla que merece con creces figurar en esta serie de relatos presidida por la maldad, es que Salvador siempre negó durante el juicio haber acabado con la vida de Isabel, por mucho de las evidencias que se mostraron en la vista de lo contrario, pero sí reconoció, precisamente, esos 72 días de tortura añadida a los seres queridos de Isabel. Dirigió las sospechas a un inexistente informático citado con Isabel esa mañana y que, al volver, la encontró muerta. Morales alegó que se puso tan nervioso que no se pensó en llamar al
1-1-2 y que, al ver el foso séptico que acababa de construir no se le ocurrió mejor idea que arrojarla dentro. “No tuve que empujarla. Cayó por sí sola”, aseguró. Después, puso la tapa de cemento, y colocó las losetas del suelo encima. “No se notaba porque el suelo ya había quedado nivelado durante la reforma del apartamento”, dijo ante el tribunal, amparado por el derecho de todo acusado a no contar una verdad que desmonta unas excusas que, por ejemplo, no explican que el cuerpo sin vida tuviera una brida en el cuello y las manos atadas a la espalda.
“Creía que había conseguido el crimen perfecto”, apuntaba entonces la fiscal del caso, Francisca Sánchez. En realidad, lo único que logró Salvador es mostrar a todos lo intensas que son las tinieblas que oscurecen su espíritu.
