
El reconocido actor y director de teatro catalán Josep Maria Pou cumple casi medio siglo dedicado al mundo de la actuación. Hoy, con 72 años, sigue teniendo la agenda llena y no deja de recibir nuevos proyectos. Pou visitó la Isla el pasado viernes para participar en el ciclo Pasionari@s, de la Fundación CajaCanarias. Junto a Juan José Cuco Afonso, protagonizó el diálogo El autor y su obra en el Espacio Cultural capitalino. Horas antes concedió la siguiente entrevista a DIARIO DE AVISOS.
-Usted ha pronunciado hace poco estas palabras: “Quiero estar tranquilo, ser un vago”. ¿Jubilación a la vista?
“Ese es un pensamiento que me viene a la mente desde hace un tiempo, y llega de forma recurrente. Es la consecuencia de llevar muchos años trabajando. Y es que, ¡voy a cumplir medio siglo de oficio! Debuté en octubre de 1968 como actor profesional, en Madrid, y ahora tengo 72. Mi jubilación pudo llegar a los 65, sin embargo, ahora tengo más actividad que nunca. Pero, lo confieso, estoy obsesionado con la idea de no hacer nada, de hacer el vago, de ser capaz de decir no a todo y de retirarme a un pueblecito, dedicarme a contemplar las estrellas. Por otra parte, tengo muchos compromisos que cumplir y me llegan nuevas ofertas. Supongo que así se manifiesta la vocación: todavía soy incapaz de decir que no, porque, en definitiva, tengo ganas de seguir trabajando. Estoy lleno de contradicciones”.
-¿Podría despedirse de la escena sin añorarla?
“El caso es que no me atrevo a experimentarlo. Tengo compañeros que, llegados a una edad determinada, han sido capaces de decir basta, y ahora son felices. Creo que depende del concepto de vida que cada uno haya diseñado. También depende de las condiciones con las que uno llegue a una determinada edad. Conozco casos dramáticos de otros actores que deseaban seguir trabajando, pero que no han podido por la pérdida de la memoria. Esa es una de las mayores amenazas sobre la carrera de un actor, suponiendo que tenga unas buenas condiciones físicas, porque también hay que ser atleta para dedicarse a esto”.
-¿Le da vértigo pensar en eso, en la pérdida de la memoria?
“Claro, como a todos. Es una paradoja este oficio nuestro, los que están en condiciones físicas para ejercer durante muchos años más, llegado un momento, se plantan. Yo me empeño en decir siempre que me quiero plantar. Lo hago en todas las entrevistas, a ver si me convenzo a mí mismo, a ver si alguien me lo recuerda, si llega algún lector a decirme que me retire. Por ahora, yo no he perdido mi vocación ni el contacto con el público ni las ganas de seguir contando historias. Y son 50 años. Si me planteo dejar el teatro en algún momento, no será un acto de abandono, estoy seguro de que pasaría de ser un actor profesional, a ser un espectador profesional. Me gustaría viajar y disfrutar del teatro en el mundo. En ese sentido, no se me ocurriría irme a la selva de Tanzania porque allí no puedo ir al teatro por la noche”.
-¿Cuál es su diagnóstico sobre la situación del teatro en la actualidad?
“En cuanto al hecho teatral en el mundo, soy optimista. Parto de las estadísticas y de la experiencia: el teatro lleva 2.500 años y no ha desaparecido, ni va a desaparecer. El futuro y el presente están asegurados. Más en esta época, tan dominada por la tecnología, donde cualquiera puede ver una película en su casa, o leer un libro electrónico sin tener la necesidad de salir a comprarlo. En cambio, no se puede ver un espectáculo de teatro en casa, forzosamente, hay que salir y compartir espacio y emociones con la gente. En un mundo donde todo parece que nos lleva a aislarnos, uno tiene más que nunca la necesidad de sentir que forma parte del colectivo, descubrir que uno no está solo. El teatro representa la medicina para curar esa enfermedad”.
-¿Y en España?
“La salud del teatro español es buena y mala. Como ha sido siempre. Mala para los que están luchando por levantar sus espectáculos y no lo consiguen. Mala para los que buscan ayudas públicas y no las reciben, porque son más escasas de lo que deberían ser. Y buena para aquellos productores que cuentan con el favor del público, que llenan los teatros -que son muchos, por cierto-. Diría que lo mejor que tiene el teatro en España en estos momentos es la gran generación de actores jóvenes y directores noveles. Se me cae la baba cuando voy a verlos, ellos están haciendo que el lenguaje del teatro evolucione. No obstante, echo de menos una mayor atención de las clases dirigentes. Y no me refiero a soltar dinero, no se trata de que el teatro se tenga que pagar todo con dinero público. Me refiero a la atención, a evitar el menosprecio. Menosprecio que se reflejó con la subida del IVA del 10 al 21%, que ha sido un castigo terrible que destrozó todo un tejido industrial. A mí me gustaría tener un presidente o un Gobierno en el que los ministros fueran capaces de recomendar una obra de teatro en cartel. Aquí no se producen estas cosas. Hay una desatención por parte de los que deberían dar ejemplo y yo lo lamento mucho”.
-En estos casi 50 años de trayectoria, ¿el teatro español ha tenido un “mejor momento”?
“Empecé en el teatro durante el régimen franquista. Era una época terrible, luchábamos contra la censura, pero aprendimos a sortearla, a invitar al público a leer entre líneas. Fue una época muy combativa. Sobre la escena, también teníamos enemigos a los que vencer. Luego, con la llegada de la democracia, el teatro pasó por una etapa de grandes libertades, no había prohibiciones. Eso provocó la llegada de un tipo de teatro que pretendía llenar las salas con escándalo y solo por dinero. Con el tiempo, y por la costumbre de la libertad, esta situación se fue encausando. Por eso, para mí, el teatro siempre tiene un buen momento, tan solo depende de cómo se mire”.
-Hay dos datos que resultan muy curiosos en su biografía. Cuando estrena el musical Los Fantastikos, en el 69, un año después de arrancar su carrera como actor profesional, justo esa misma noche, el hombre pone un pie en la luna. ¿Esa obra fue un pequeño paso para el público y un gran paso para Josep Maria Pou?
“Esa coincidencia ha hecho que no me olvide nunca de aquella noche de estreno. Fue la segunda obra que yo representé en mi carrera, cuando todavía estaba estudiando arte dramático en Madrid. En este musical debutamos toda una generación de actores. Esta coincidencia me divierte mucho. Recuerdo que casi no hubo tiempo para la celebración habitual de todas las noches de estreno. En cambio, al acabar la representación, con toda la compañía, nos fuimos a la casa de unos amigos para ser testigos de esas imágenes del hombre en la luna. Fue un momento histórico”.
-El otro dato curioso, la otra coincidencia, surge con Canta, gallo acorralado, cuando se suspenden dos funciones por el asesinato de Carrero Blanco. El atentado sigue estando de actualidad: el pasado mes de marzo saltó la noticia de Cassandra Vera, la estudiante murciana de 21 años acusada de enaltecimiento al terrorismo por publicar 13 tuits sobre este hecho. Hablemos de las redes sociales…
“Con respecto a las redes sociales debo decir que yo estoy absolutamente desconectado de ellas. Nunca en la vida me he dado de alta de Twitter, ni en Facebook, no he escrito un tuit y tampoco he leído ninguno dirigido a mí, por muy increíble que pueda parecer. En cuanto aparecieron las redes sociales yo decidí que mi vida era mía, que no necesitaba más información de la que ya tenía por los canales habituales, y puse una barrera enorme. Ya sé que me estoy perdiendo algunas cosas, pero también sé que estoy ganando otras. Fue una decisión propia. No obstante, no soy una persona ajena a las nuevas tecnologías, me gusta la informática y los móviles. Soy un ejemplo claro de que se puede vivir perfectamente ignorándolas. Creo que las redes han hecho mucho por ciertas personas como Donald Trump, que las maneja a las mil maravillas, que lo llevaron a ser presidente y que lo mantienen en el cargo. Ahora, creo que bien empleadas tienen un cometido fantástico, pero yo he decidido cerrar esa ventana. En cuanto a la censura, como en todo, hay un límite que marca la propia educación y el respeto a los demás. La libertad de expresión debe ser fundamental siempre, pero con el límite de la educación”.
-¿Qué es lo peor que le puede pasar a un actor sobre el escenario? ¿Qué suene un teléfono móvil? (Cabe recordar que Pou ha interrumpido en varias ocasiones algunas de sus funciones por el sonido de los móviles).
“[Ríe] Soy de los que ha cortado muchas representaciones cuando suena un móvil. Creo que hay que hacerlo, porque si suenan móviles y los actores seguimos actuando, el público se acostumbra y los incorpora al espectáculo, y así se pierde la magia. Si un actor se detiene y le hace ver al público que ha roto la emoción del momento, ese simple hecho, hace que el resto de espectadores recuerden la anécdota y estén más pendientes de apagar sus teléfonos. Hay que hacer consciente al público. Esto ocurre en los escenarios de todo el mundo, y no solo soy yo el que detiene una obra para llamar la atención, también ocurre Broadway, en grandes teatros, algunos incluso han interrumpido la representación y no la han reanudado. El teatro es una ceremonia colectiva en la que estamos en comunión los actores en el escenario y los espectadores en el patio de butacas, todos unidos en la historia que estamos contando, cualquier elemento externo interrumpe la magia. Hace unos años no había móviles y hemos tenido que acostumbrarnos a ir al teatro con uno en el bolso. Lo cierto es que cada vez suenan menos, pero ocurre algo que no sé si es peor. Hay mucha gente que necesita consultar su teléfono continuamente, y yo sigo sin entender cuál es la necesidad. Ahora, a los actores no nos distrae tanto el sonido de la llamada o del mensaje, como el hecho de ver en el patio de butacas tantas caras iluminadas por las pantallas de los móviles”.
