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domingo cristiano

No me gustan los milagros

No me gustan los milagros. No me imagino a Dios varita mágica en mano cambiando el curso natural de las cosas para ganarse el respeto de sus criaturas

No me gustan los milagros. No me imagino a Dios varita mágica en mano cambiando el curso natural de las cosas para ganarse el respeto de sus criaturas. No creo que esa forma de actuar tenga algo que ver con la dinámica que nuestro Dios ha elegido para este mundo. Me resulta propio de un histriónico, por decir algo suave, que quien eligió nuestra carne para darse a conocer en plenitud decida ahora jugar a ser la bruja Lola para mantenernos en la fidelidad a la fe.

Que no. Y todavía me gustan menos los hombres y mujeres de Iglesia instalados en una fina línea entre la esperanza en Dios verdadero y la superstición histérica. El presunto creyente que vive de milagritos, que los persigue o que promociona la adicción a ellos.

Una Iglesia que viva de apariciones de la Virgen y los santos, que se extasíe ante la vidente de turno, una comunidad que añore ver sangrar a las imágenes y se acuneal calor de los cuerpos maravillosamente incorruptos… Una Iglesia así no vive de la experiencia del Dios vivo y verdadero. Lo nuestro no va de eso.
Esta reflexión la hago a propósito en el día del Corpus Christi. Porque ni siquiera el misterio del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor se ha librado de ser objeto de fascinación, no por lo que es, sino por lo que algunos sueñan que debiera ser. Los hay, son muchos, que desconcertados ante la sobriedad de la presencia de Dios en la Eucaristía eligen emperifollar el misterio con hostias que sangran, cálices que se mueven solos, sagrarios que despiden rayos de luz, curaciones inmediatas.

Dios puede hacer eso y mucho más. Pero no parece que ése sea su estilo. Veintiún siglos de fe en Cristo dan para mucho: también para muchas aberraciones que nacieron bienintencionadas y han terminado por deformar la verdad.

La Eucaristía es el milagro entre los milagros, la madre de todos los milagros. Es un misterio sereno, que no se presta a extravagancias, ni siquiera a excentricidades litúrgicas. El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es nuestro único tesoro, precisamente por eso: porque es Dios mismo que se ratifica en su apuesta por el hombre, por lo verdaderamente humano, por las cosas de aquí abajo, que ahora son las de allí arriba.

La Eucaristía es un misterio de esos que hablan. Existe para fabricar la comunidad al calor de la mesa común y al olor de la fraternidad recién horneada. Y es el remedio del caminante, que encuentra paz cuando guarda silencio ante este acontecimiento que produce vértigo.

A la Eucaristía le hace daño el ruido, y los caprichos de quienes la manejan. Le repelen los exhibicionismos y las grandilocuencias estéticas y charlatanas. Silencio. Es Dios. Silencio para que afloren los dolores viejos y los nuevos, el agradecimiento sincero, la conciencia novedosa de nuestra grandeza insondable y de la locura de Dios por el hombre.
No me gustan los milagros. No me gusta corromper a Dios encarnado renunciando a la normalidad, a esa serena naturalidad del día a día que Dios ha convertido en la excusa necesaria para encontrarse con nosotros. Ni el trueno, ni la brisa fuerte, ni el relámpago, ni el terremoto. El pan y el vino habitados por Dios. Eso sí es un milagro, el que hoy sacamos a pasear para devolverlo luego a su lugar: al silencio, al encuentro.
@karmelojph

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