Hay una forma de presunto amor que no ayuda a crecer a las personas. Al contrario, las retuerce sobre sí mismas hasta agotar las reservas de cordura sentimental de los supuestos amantes. Esto deduzco del trabajo del psicólogo Robert Sternberg, que elaboró su teoría triangular del amor para explicar qué nos pasa cuando amamos –o cuando creemos amar- y por qué nos pasa eso que nos ocurre.
Dice Sternberg que hay tres componentes del amor: la pasión, la intimidad y el compromiso. Dependiendo de qué elementos se cultiven, surgirá un tipo de relación u otra. Por ejemplo, si sólo existe pasión, hablamos de encaprichamiento. Si a la pasión se une la intimidad, es amor romántico. Y si a éste se le suma el compromiso, alcanzamos el ideal del amor consumado. Hay más combinaciones y, en manos expertas, se trata de una teoría muy interesante para ayudar a otros a sanear sus relaciones.
Como adelanté al principio, una de esas combinaciones es singularmente perversa: cuando una relación está basada sólo en la pasión y en el compromiso, nos hallamos ante un caso de amor fatuo. Existe pasión –que es entusiasmo, arrebato, deseo- y no falta el compromiso –que se traduce en asumir obligaciones y un elevado sentido del deber-. A primera vista parece positivo, pero le falta la intimidad, que es, según el psicólogo estadounidense, el componente que da estabilidad a la mezcla, lo que la convierte en sólida, pues le aporta profundidad.
Repasando todo esto para un examen he caído en la cuenta de que puede resultar útil para aproximarnos a los distintos modos de vivir la fe. Puestos a destacar algo, me quedo con lo peligroso que es instalarse en una experiencia cristiana fatua. A un cristiano fatuo no le falta la pasión: el arrebato que surge de haber conocido a Jesucristo. Y tampoco escasea el compromiso: el cumplimiento de las normas, la aceptación de obligaciones… Pero carece de intimidad, que, aquí más que en ningún otro terreno, es la que garantiza la verdad de la experiencia de Dios.
Un cristiano fatuo es un cumplidor apasionado, algo que, de nuevo a primera vista, no parece malo. Pero en realidad es peligrosísimo. Convertir a Cristo en una pasión y concretar ese apasionamiento en el solo cumplimiento de sus mandatos es lo mismo que desvirtuar la esencia de la fe, es algo así como cosificar las entrañas de Dios. Es la piedra en la que tropiezan los sepulcros blanqueados, los escaparates de la fe.
La intimidad con Dios es lo que nos aleja de ser talibanes cristianos. La pasión con que abrazamos la fe y aceptamos sus compromisos sólo cobra sentido al calor del diálogo con Jesús, de la amistad con el Señor practicada y no sólo predicada. Sin trato asiduo y personal con Dios se consumen las reservas de la esperanza, se instrumentaliza la caridad y se reviste la fe con armaduras de juez inquisidor.
De ahí tanto integrista de uno y otro tipo, esos guerreros de la tradición o de la justicia social que finalmente resultan ser sólo humo, pero que en el camino van minando la existencia a muchos creyentes verdaderos con su intransigencia enfermiza. Los cristianos fatuos son cánceres para la vida de la Iglesia, mayores cuanto más adelante se sientan. Cuidado.
@karmelojph
