“Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”. Eso dice el Evangelio que hicieron los sirvientes de un señor poderoso que, tras recibir el desplante de los grandes de su tiempo -a quienes invitó a la boda de su hija pero buscaron excusas para no asistir-, decide abrir de par en par las puertas de su mansión para que todos participen del banquete. Malos y buenos.
Y nosotros pensando que Dios sólo se regala a los buenos. Pues va a ser que no. Va a ser cierto que el mensaje de Dios al mundo es infinitamente más revolucionario que lo que pensamos y a veces predicamos. Quizá por eso hay tantas advertencias para que los sinceramente buenos no sientan celos de las entrañas de misericordia de su Señor.
Al convite de la vida, de la fe y del amanecer eterno estamos todos invitados. Defender lo contrario -sólo con argumentos retorcidos podría hacerse- sería como reducir el mensaje de Cristo a un cuento de esos que rebosan moralina, que es la manera más ridícula de atentar contra la solidez de la fe en el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Uno de esos relatos que se cuentan a los niños de primaria para promocionar en ellos la bondad, la verdad, la belleza… sin posibilidad todavía de explicarles que todo es mucho más complicado en la vida real. Ahí se han instalado algunos adultos.
Hay quienes sólo saben vivir su experiencia religiosa si se les deja bien claro que los buenos vivirán para siempre y que los malos no heredarán la tierra. Y que los buenos son ellos. Es fácil concluir así si secuestramos algunas palabras de la Biblia y las convertimos en armas con las que defenestrar a los malos y construir luego con sus cadáveres nuestra muralla de protección. Nuestra cuevita, al socaire de las periferias.
Pero todo es más complejo. Hermosamente más ininteligible. Irremediablemente más perturbador. Porque la lógica que explica el mundo es la lógica de Dios, no la nuestra. Y en su manera de conocer y juzgar impera su experiencia de padre, incapaz de disfrutar con la caída de uno de sus hijos, siempre dispuesto a esperar en él aunque todo apunte a que se dirige al abismo. Siempre puede pasar que se arrepienta del rumbo equivocado y vuelva a casa. Siempre es posible que la vida le susurre razones para el arrepentimiento, sin que los demás lo noten.
En la lógica de Dios, malo y bueno son términos que sólo a él le toca otorgar. La Iglesia lo ha predicado desde siempre: “De lo interno, no juzgamos”. Cierto es que hay hombres y mujeres de Iglesia que prefieren la canalla simplificación de separar a la Humanidad entre cumplidores y ausentes del cumplimiento.
Me gusta este mundo complicado, en el que nada es lo que parece. En el que los jueces de los otros se estrellan contra su propia mediocridad, mientras que los que aman y esperan fabrican milagros a diario con lo que parecía perdido. Me gusta Dios, que abre de par en par las puertas del Reino; que llama a la conversión, al cambio de vida para que las falsas felicidades no conviertan a nadie en falsa moneda.
Me serena saber que ahí afuera, donde el llanto y el rechinar de dientes, sólo está quien haya elegido estar. Pero que Dios prefiere que no haya nadie. Y que por eso siguen las puertas abiertas de par en par.
@karmelojph
