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entrevista - parte i

Fernando Delgado: “Para Vicente Aleixandre, recibir el Premio Nobel de Literatura fue un auténtico dolor”

Los amigos del poeta Vicente Aleixandre se han unido estos días frente a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, para reclamarle mayor atención hacia el domicilio simbólico del Nobel, que está en ruinas y lleva 22 años ignorado por los políticos
Fernando Delgado, escritor y periodista

Fernando Delgado, escritor y periodista

Fernando Delgado

El Premio Nobel de Literatura que recibió el escritor español Vicente Aleixandre en 1977 no fue precisamente un motivo de alegría para el autor de obras tan emblemáticas como La destrucción o el amor o En un vasto dominio, más bien se convirtió en un auténtico dolor de cabeza. Así lo describe en esta entrevista el periodista y escritor tinerfeño Fernando Delgado, amigo íntimo del literato, que hace tan solo unas semanas presentaba en la Isla su nueva obra, Mirador de Velintonia. De un exilio a otros, una auténtica crónica sobre su relación con Aleixandre y las amistades que se forjaron por consecuencia. Precisamente, los amigos del poeta se han unido estos días frente a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, para reclamarle mayor atención hacia el domicilio simbólico del Nobel, que está en ruinas y lleva 22 años ignorado por los políticos.

-¿Cómo arranca esa gran crónica que es Mirador de Velintonia. De un exilio a otros (1970-1982)?
“Surge a partir de un viaje de Pablo Neruda a Chile en el que hizo escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. El periodista Juan Cruz se enteró de que venía e invitó a algunos amigos a subir al barco. Neruda no quería bajar a tierra española porque vivía todavía Franco, pero lo logramos convencer, diciéndole que, al fin y al cabo, esto era África. Terminó bajando. Él quería conocer a la gente de Gaceta de Arte. En esa larga conversación que mantuvimos, de unas cuatro horas, en el Atlántico, nos contó que le gustaría volver a Madrid para comer mariscos en Cuatro Caminos y visitar la casa de Vicente Aleixandre, en Velintonia. Y al nombrarla esta se convirtió en un referente mítico para mí. Desde entonces mantuve en mi mente la idea de llegar a Velintonia. Lo conseguí tiempo después, gracias a algunos amigos, como José Luis Cano. Cuando fui destinado a Madrid, a Radio Nacional, estreché la relación con el Premio Nobel de Literatura. Al final, fue una amistad larga, íntima y cercana”.

-¿Cómo era la casa de Vicente Aleixandre en Velintonia?
“Por su casa pasamos toda una generación de escritores. Él era muy abierto y tenía amigos de distinta índole. De manera que sus intimidades las compartía con algunos pocos. Yo tuve la fortuna de pertenecer a ese círculo íntimo y de conocer confidencias suyas. Una vez me pidieron escribir sus memorias, pero no lo hice; eso era como traicionar su recuerdo y su confianza. En su casa tuve la oportunidad de conocer a muchos artistas, todos con un carácter y una visión del mundo distinta, una visión que él compartía”.

-¿Este libro aporta algo de esa biografía que pocos conocen?
“Sobre todo lo aporta en los detalles de la crónica de todos nosotros, que nos reuníamos ahí. Este libro no deja de ser, especialmente, una memoria de todos los que coincidimos en la casa de Aleixandre. Las conversaciones con él, que hay por todo el libro, es lo más revelador del trabajo. Suma algunas anécdotas, pero no he querido que este sea un libro de cotilleos”.

-¿Qué significó este escritor para usted?
“Vicente Aleixandre fue un referente literario y vital muy importante para mí. Fue un amigo generoso y una persona a la que admiré profundamente. Él conmigo fue siempre muy acogedor, cariñoso, entrañable y, por alguna razón, me tenía un especial cariño”.

-¿Cómo era el premio Nobel de Literatura en distancias cortas?
“Era una persona muy alegre, muy pendiente de los demás. El poeta canario Luis Feria decía que Aleixandre era un cotilla, pero realmente no lo era. Era una persona interesada por los demás a la que le divertían algunas cosas. Nosotros hablábamos de amigos que nos eran comunes, los que pertenecían a nuestra pandilla, no del resto de gente. En definitiva, era una persona muy curiosa y observadora. Cuando llevé a su casa a Domingo Pérez Minik, estaba perfectamente al tanto de su trayectoria. O cuando llevé a Pedro García Cabrera, fue una reunión muy grata. Era muy acogedor”.

-¿Qué vistas tenía ese Mirador de Velintonia?
“Aquella casa fue un centro neurálgico para la literatura. Si Vicente hubiera gozado de buena salud y hubiera podido salir más, Velintonia no se habría convertido en ese santuario que fue. Pero como estaba convaleciente y tenía descanso obligado, su casa fue nuestro punto de encuentro, donde se compartían opiniones o gustos”.

-¿Qué anécdota que recuerde refleja mejor su carácter?
“Teníamos muchas anécdotas, pero lo que más que recuerdo son sus cosas más indiscretas, porque eran divertidas y pecaminosas; esas no las cuento en el libro ni en ninguna parte. Nosotros teníamos en Madrid un mundo muy abierto, lleno de ligues, historias que luego se le contábamos a él. No obstante, tenía un cronista de cercanías que era Carlos Bousoño al que veía todos los días a las 13.00 horas, que le contaba todo”.

-¿Le cambió la vida ser Nobel de Literatura?
“Le cambió totalmente. Vicente era un hombre reposado y tranquilo, sereno, y le empezaron a irrumpir periodistas, televisiones de todo el mundo, presiones para llevarlo de un lado a otro cuando no podía ir; tuvo un herpes zóster muy doloroso. El dolor de la enfermedad también le cambió la vida. En una parte del libro escribo que el Nobel fue para él un gran dolor. Eso me repetía también en las pocas entrevistas que pude hacerle, y que son casi piezas únicas, porque no concedía encuentros con periodistas. Como él tenía mucha confianza conmigo, sus respuestas fueron siempre muy sinceras. En el año 82 le hice una entrevista para El País, con la que acabo el libro, entonces él veía muchas esperanzas para España. ¡Si viera Vicente lo que ocurre en la actualidad, que es terrible, quién sabe cuál sería su opinión! En el 82, él tenía tantas esperanzas puestas en el cambio político y social de este país… Él estuvo a punto de ganar el Nobel antes de la muerte de Franco, y tenía un miedo terrible a eso, por si tenía que ir a saludarlo. Tuvo la suerte de que se muriera el dictador (1975) antes del premio (1977). Entonces el que era alcalde de Madrid le propuso ponerle su nombre a su calle, Velintonia. Una propuesta que rechazó, porque este regidor no había sido elegido democráticamente”.

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