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El sueño que viajó en patera

Siendo un adolescente, Lass Sangare esquivó la muerte de milagro; después de un año de penosa travesía desde Guinea Conakry a Mauritania, embarcó en una patera que fue rescatada al sur de El Hierro en la que murieron cinco ocupantes. Hoy trabaja en un restaurante de lujo en Madrid y se prepara para ser actor
Lass Sangare. DA

Lass Sangare no podrá olvidar nunca una fecha: el 29 de julio de 2008. Ese día por la noche sus ojos se abrieron y contemplaron a varias personas con batas blancas alrededor de la cama en la que yacía. Su cuerpo estaba conectado a unos monitores. No sabía dónde estaba ni quién era aquella gente que le miraba. Acababa de despertar tras perder el conocimiento después de una infernal travesía en patera de cinco días desde la costa mauritana sin apenas comer ni beber. Cinco ocupantes no soportaron el tormento y lo pagaron con su vida.

Este joven marfileño, de apenas 16 años, probablemente hubiera sido la sexta víctima si la navegación hubiera durado un día más. O tal vez solo unas horas. Lo impidió in extremis una embarcación de Salvamento Marítimo, que localizó la barcaza al sur de la última isla, El Hierro, cuando se adentraba en el océano rumbo al abismo.

“La noche anterior tenía tanto frío que perdí el conocimiento, y cuando llegó el barco que nos rescató oía cosas, pero no tenía fuerza ni para hablar. Lo siguiente que recuerdo ya fue en el hospital por la noche. No me importaba dónde estaba, yo solo quería pisar tierra firme”, relata nueve años después a DIARIO DE AVISOS este joven de aspecto noble y mirada limpia.

El viaje fue lo más parecido a un infierno. “Cada vez que venía una ola, la barca se llenaba de agua y había que sacarla rápido para que no se hundiera. Mientras lo hacíamos, mucha gente vomitaba y aquel olor no se podía soportar”. Lass Sangare y sus 64 compañeros de odisea, todos hombres, no conocían dónde iban, solo les habían dicho que al día siguiente de embarcar llegarían a Europa. Él ni siquiera sabía que las Islas Canarias existían.

Lo más duro fue la muerte por hambre, sed y frío de cinco de sus compañeros. “Los chicos murieron sentados, no te dabas cuenta de que estaban muertos, no los vimos agonizar. El hermano del primero que se fue no quería tirarlo al mar, pero no había otra opción. En ese momento pensé que el próximo podía ser yo y que no iba a ver nunca más a mi familia. Fue ahí cuando me pregunté si de verdad valía la pena pasar por aquello”.

Lass, que era el pasajero de menor edad de la patera, recuerda las alucinaciones que sufrían algunos ocupantes. “Oías cosas como “voy a subir a ese árbol y coger naranjas porque tengo hambre”. En su delirio llegaban a ver el árbol”.

Hoy, a sus 25 años, aún tiene pesadillas con aquel viaje que estuvo a punto de costarle la vida. “El momento de subir a la patera es terrible porque en la lista hay más personas de las que caben. Todo el mundo se pone en fila, nadie se quiere quedar en tierra y la mayoría de la gente, que no sabe nadar, se desespera. Algunos mueren ahí, en la misma orilla, y otros quedan heridos”.

Lass, en el restaurante de Madrid donde trabaja actualmente. DA

Lo peor, el viaje por tierra

Pero su odisea comenzó un año antes de que sus ojos vieran por primera vez el mar. “Lo que pasamos en tierra nunca sale en las noticias. Es lo peor, porque es un camino muy duro, no tienes ningún apoyo y nadie confía en nadie. Tienes que buscarte la vida para trabajar en lo que sea para poder comer y aguantar en países como Mauritania la represión policial. En mi caso, tuve que recorrer muchos kilómetros en guagua hasta llegar a la frontera entre Guinea y Mali. Como no tenía pasaporte porque era menor, hice el trayecto a pie. Casi sin fuerzas pude entrar en Mali, y de allí a Mauritania en guagua, de la que tenía que bajarme tres kilómetros antes de entrar a cualquier ciudad, a la que llegaba a pie por el desierto, para evitar el control policial, y siempre con el temor de si encontraría la guagua en medio de la nada una vez pasada la ciudad”.

“Me faltaba algo para seguir viviendo”

De madre marfileña y padre guineano, Lass Sangare se define como un soñador, sobre todo tras comprobar que en su país los chicos como él, cuando terminaban sus estudios, se dedicaban a lo mismo que sus familias. Después de morir su padre, su cabeza no paraba de darle vueltas a una pregunta: “¿Esto es lo que quiero yo? Me di cuenta de que me faltaba algo para seguir viviendo”.
En Tenerife estudió Formación Profesional y sacó la titulación de chapa y pintura, con la idea de montar algún día una empresa para exportar vehículos a África. Lo intentó, pero el negocio no cuajó. En la Isla encontró el apoyo de Beatriz Leal, profesora de inglés del instituto de El Sobradillo, y Dolores Ochoa, conserje del centro en el que Lass recibía las clases. “Para mí son como dos madres, lo que han hecho por mí es impagable, gracias a ellas he podido salir adelante”, asegura agradecido.

Lass reside ahora en la capital de España. “Tenía que irme, porque en Madrid hay más oportunidades para lo que quiero hacer”. Desde hace nueve meses trabaja de camarero en uno de los restaurantes de mayor prestigio de la ciudad, el Lúa, en la calle Eduardo Dato, que posee una estrella Michelin, donde atiende a su clientela en castellano, inglés y francés. El poco tiempo libre que le queda lo dedica a perseguir su verdadera pasión: ser actor. Para ello se ha matriculado en la escuela Metrópolis, “por la que pasó Javier Bardem”, matiza, donde asiste a clases de arte dramático y cine, y donde sueña algún día con seguir los pasos de su gran ídolo del séptimo arte, el actor norteamericano Denzel Washington.

“Espero volver a la isla donde empezó todo”

Reconoce que está contento con la vida que lleva, aunque su cabeza no para de marcarse metas a medio y largo plazo. “Cada vez que puedo vuelvo a Tenerife para ver a mi familia chicharrera”, comenta, y espera en algún momento de su vida pisar de nuevo El Hierro, “la isla donde empezó todo y donde están las mejores piñas tropicales”.

Mantiene por WhatsApp el contacto casi diario con su madre, a la que vio por última vez hace tres años y a la que echa de menos. “Ella quiere que vaya a verla más a menudo y siempre me recuerda el dicho africano de que la muerte no avisa como un trueno. No podrá olvidar nunca la mañana que pudo hablar con ella por primera vez desde Tenerife, después de un año sin noticias suyas. Su madre no creía que aquella voz al otro lado era la de su hijo hasta que, después de preguntarle sobre algunas intimidades familiares, rompió a llorar.

 

“Enfrentarte a tu destino es un acto de valentía; otros no han tenido mi suerte”

Lass Sangare vive en Madrid con un amigo que conoció en el centro de inmigrantes de Hoya Fría, cocinero de profesión y que le puso en bandeja la posibilidad de trabajar de camarero. Está al tanto de la actualidad, sabe que hace un par de semanas llegó una patera al puerto de Los Cristianos y que días atrás rescataron un cayuco en alta mar al sur de Gran Canaria con más de un centenar de personas en grave riesgo.

“Enfrentarte a tu destino es un acto de valentía, pero mi suerte no la han tenido otros chicos. A quienes piensen hacer lo que yo hice les diría que aquí, en Europa, no todo es oro, la realidad es muy distinta a la que ven en África por televisión. De hecho, hay mucha gente que siendo de aquí lo está pasando muy mal”, afirma Lass, que pide a España y a la Unión Europea que, además de intentar evitar la salida de pateras, pongan en marcha políticas para cambiar la situación de los jóvenes africanos, que, pronostica, seguirán viniendo por necesidad, “y porque allí, el que ayuda a la familia es un héroe, y ese principio hace que seamos capaces de cualquier cosa”. Lass Sangare insiste en que “no todos vamos a tener la vida que soñamos. A los chicos de mi país les digo que yo tuve mucha suerte y que ellos lo que deben hacer es centrarse primero en sus estudios y luego ya tendrán tiempo de hacer lo que tengan que hacer”.

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