De una persona sensata se espera que sea lo suficientemente humilde como para dejarse aconsejar y lo suficientemente valiente como para no dejarse embaucar. Seguro que la alcaldesa de Güímar ha emprendido una reflexión serena y desistirá de instalar un mercadillo municipal de bragas usadas. ¿Qué coño pinta un ayuntamiento en un concurso de follometría? Carmen Luisa Castro se sacude el polvo. Con una aportación de 230 euros para el transporte al restaurante Balcón de Higa, en La Perdoma (La Orotava), promociona una fiesta de mujeres que perpetúa un modelo de relaciones humanas retrógrado en vez de regalar a la vecindad bombones y condones. ¡Qué follón! Si ellas imitan comportamientos cavernícolas, el encanto de la diferencia se va al carajo. Erotismo es el arte del sexo, no chabacanerías. Enciende la pasión sin quemar la razón. Es cultura, no la dictadura del patriarcado. Comer sin engullir. Acariciar y abrazar en una sensual combinación de sentidos. Decir palabrotas cariñosas en la intimidad, no insultar para intimidar. Además de conjugar el verbo copulativo en cómodas y animadas posturas -no como una prioridad-, soñar con la mente despierta. Emparejar las caras (el rostro y el culo). Rozar, frotar o mordisquear suavemente los labios (los de arriba y los de abajo). Si alguien se agacha no es para rendir pleitesía. Lamer los pies y chupar los dedos es por diversión, no una aberración. Practicar el 69 (si las piezas encajan), no montar numeritos con dinero público. El 8 de agosto se celebra el Día Mundial del Orgasmo Femenino. El deseo de tributar un homenaje se cumpliría erigiendo un monumento al clítoris, de raíces profundas, en la falda de un monte. Se riega con imaginación, esmero y delicadeza. Punto final. Por no seguir.
El erotismo se sacude el polvo de la vulgaridad
De una persona sensata se espera que sea lo suficientemente humilde como para dejarse aconsejar y lo suficientemente valiente como para no dejarse embaucar
