En Cataluña, un movimiento cívico ha concebido Tabarnia para ridiculizar al secesionismo con sus mismos argumentos. Abarca las comarcas costeras de Tarragona y Barcelona que “comparten características y anhelos, claramente diferenciados del resto de la Comunidad Autónoma”. Bajo la presidencia simbólica del dramaturgo Albert Boadella, cuenta con ministros tan carismáticos como Xavier Gabriel, el propietario de La Bruixa d’Orm, en Hacienda, y Tomás Guasch, en Deportes. Es una broma muy seria. En una época pretérita, el botánico inglés Philip Baker Webb (1793-1854) designó a un grupo de archipiélagos volcánicos (Azores, Madeira, Salvajes, Canarias y Cabo Verde) con la denominación de Macaronesia. Etimológicamente, el vocablo procede del griego makárôn nêsoi. Significa islas afortunadas o, en una traducción pletórica, jardín de la felicidad. Se asemejan por sus singularidades naturales: botánicas, zoológicas, geológicas y climatológicas. Nada más. Fue así en su origen, hasta que un trastorno de identidad disociativo inventó “un espacio cultural, económico, medioambiental y geoestratégico común, la frontera azul de Europa, una plataforma con África y América”. Se celebran incluso unas “jornadas parlamentarias atlánticas”, como si Cabo Verde hubiese sido fundado por un suboficial de la Guardia Civil y estuviera en la UE. La Universidad de Verano de Adeje (UVA) ha programado para el 23 y el 24 de julio un congreso de periodismo dedicado a una entelequia, algo que en realidad no existe. De literatura fantástica sería más adecuado. Canarias ha navegado histéricamente en burbujas de agua, con la autoestima colectiva a la deriva. Históricamente, los señores de los mares han lanzado ataques contra la línea de flotación del progreso y levantado refugios para acorazar la próspera piratería. Macarronesia. ¡Aquí hay tomate!
