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tribuna

El abismo de la pobreza

Tres respetables instituciones académicas –Universidad Católica Andrés Bello, Universidad Simón Bolívar y Laboratorio de Ciencias Sociales– vienen midiendo la evolución de la pobreza en Venezuela

Tres respetables instituciones académicas –Universidad Católica Andrés Bello, Universidad Simón Bolívar y Laboratorio de Ciencias Sociales– vienen midiendo la evolución de la pobreza en Venezuela. El último informe que han hecho público bajo el nombre de Encovi (Encuesta de Condiciones de Vida), correspondiente a febrero, arroja datos alarmantes: la pobreza extrema, que en 2014 era de 23,6%, ha saltado en 2018 a 61,2%. Esta cifra, sumada a la de pobreza relativa, que es de 25,8%, suma un total de 87% de la población sumida en la pobreza. No cabe duda de que, más allá del desprecio gubernamental, el salto viene atizado por la hiperinflación imperante desde septiembre de 2017, que genera al menos dos privaciones críticas: la falta de protección social y la desaparición del ingreso en la mayoría de los hogares. Se trata de viviendas con piso de tierra, o muros de materiales reciclados, en las que habitan tres o más personas por cuarto. El agua que allí se tiene no viene por acueductos y las excretas no desaparecen por cloacas. El servicio eléctrico se suspende a diario. No cuentan con lavadoras ni heladeras. Los ingresos per capita no cubren las necesidades alimentarias. Uno de los niños que allí habita falta a la escuela y uno de los adolescentes ya está rezagado del nivel educativo que le corresponde cursar. En síntesis, ningún integrante de más de veinte años cuenta con un nivel educativo mínimo. En esos hogares, al menos un adulto está desempleado y ninguno cuenta con seguro, jubilación o cualquier otro beneficio social.
No cabe duda de que estas cifras se vienen abultando incluso desde los últimos años de gobiernos democráticos, pero el “socialismo del siglo XXI”, que ya cumple veinte años en el poder (1998-2018), ha profundizado la miseria hasta lo indecible, primero por prácticas productivas erróneas y contraproducentes, y en última instancia por la destrucción de la economía, con bolívares que escasean y que ya no compran nada. Esto no cambiará mientras la casta del poder perdure en función de sus negocios, incluidos los militares, sino que empeorará para desgracia de los venezolanos más humildes, que ya son el 80% de la población.
En su tercer viaje al continente americano, Cristóbal Colón cursó la desembocadura del río Orinoco a kilómetros de la costa. Probó entonces el agua y se sorprendió de que fuera dulce. A esa región la llamó “Tierra de Gracia”, que es uno de los nombres de Venezuela. Hoy en día, si acaso, tenemos tierra, porque la gracia la han secuestrado quienes,supuestamente, han venido a protegerla.

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