El pasado 9 de abril, en los espacios de la librería Agapeade Santa Cruz de Tenerife, tuve la oportunidad de presentar la novela Crímenes del futuro del joven narrador y periodista Juan Soto Ivars(Águilas, 1985), publicada por la editorial Candaya. Si bien los editores han querido definirla como una alegoría de nuestro tiempo –una civilización agónica, lastrada por la corrupción moral, en la que el futuro se parece demasiado al pasado–, llama la atención que sus principales personajes sean tres singulares mujeres (Julia, Margarita y Pálida), que la trama combine revoluciones fallidas con amores imposibles y que, en el plano formal, la prosa pueda fundir tonos de intimidad con grandes fastos colectivos. Las imágenes que podemos reconocer en el presente de hoy(estaciones de trenes, campos deportivos, explanadas y parques) son en la novela ruinas de una modernidad olvidada. Literariamente hablando, el efecto distópico se construye tomando un lugar reconocible el hoy –la estación de Atocha, por ejemplo– y describiéndolo como un espacio abandonado, con escaleras mecánicas que nadie entiende y vagones llenos de polvo que, a lo sumo, sirven para protegerse de las lluvias. Una cierta vuelta a la vida campesina, de faenas agrícolas, tan sólo esconde una estrategia de supervivencia –quien no siembra, no come–, sujeta también a los desmanes de un Estado que premia o castiga según el antojo de poderes invisibles.
Son ingeniosas o atractivas las imágenes o secuencias que el autor va exponiendo bajo diferentes perspectivas: todos los niños de seis u ocho años tienen arrugas en los ojos, todos los púberes que superan la década saben que la vida se convertirá en cansancio, todos los jóvenes saben que un libro en las manos ocupa el espacio de una escoba. En este neomundo los libros sólo sirven para encender hogueras, los cantos populares resucitan como una manera de resguardar un mínimo de memoria, los gitanos leen el futuro en viejas tabletas electrónicas que hoy lucen desvencijadas.
Hay una operación permanente para que el futuro luzca como la ruina del presente, proyectándolo no como novedad sino como pérdida. Este es un mundo que ha involucionado y que no tiene conexión con sus raíces. El pasado apenas se intuye, o se adivina, o se especula. El saber, por ejemplo, que podría representarse como la posibilidad de ir a la escuela, es visto como una pérdida de tiempo.
De las novelas de anticipación, tan abundantes hoy, siempre extrañamos la calidad de la escritura, o claramente el hecho de que no parecen obras literarias. Tenemos razón para extrañar la prosa de RayBradbury, pues en él hallamos la prueba de que la forma también puede incidir en la descripción de los mundos distópicos. Soto Yvars lo ha intentado con no pocos raptos poéticos y con un ingenio descriptivo que echa mano a todos los recursos de un escritor sensible.
