
Edgar tiene 17 años, es hijo y hermano, es amigo y si todo va bien, en octubre iniciará su vida universitaria en Granada. Edgar es transexual y en apenas un mes iniciará su proceso de transición física con un tratamiento de reemplazo hormonal con testosterona, un proceso por el que confiesa abiertamente “siento mucha ilusión y muchas ganas de comenzar y al mismo tiempo tengo miedo, pero sé que es lo que quiero y lo que soy”.
Edgar es muchas cosas, pero por encima de todo es una hombre seguro de lo que quiere, de su identidad y de su familia. Quique García y su mujer Ana, padres también de una niña de seis años, son el bien más preciado de Edgar. Cuando a la abuela de Edgar, con 85 años y profesora de catequesis en su juventud, le comunicaron que la nieta no era tal sino que era nieto, la mujer meditó apenas unos segundos para afirmar con rotundidad que “las personas son felices como sienten, no como nacen”. Lo cuentan Edgar y Quique con cierta emoción mientras se miran fijamente, reconociéndose y conscientes del camino que aún queda por delante.
Yo tengo una hermana
En la mirada de Quique a Edgar casi se tocan las palabras que no pronuncia. “Te quiero. Te quiero como eres y como te sientes, te quiero más allá de todo, de los prejuicios que encontremos, de las preguntas reiteradas de los amigos, de las dudas, de cómo vayan los cambios físicos que vas a afrontar, de mi propio miedo y del futuro. La hermana pequeña de Edgar, de solo seis años, corrige con cariño y con un tono aleccionador a quien se dirige a Edgar como a una mujer. “Yo no tengo hermana, yo tengo un hermano y se llama Edgar”. Laura no lo sabe, pero da una clase magistral de integración y normalización que a veces puede quedar grande en el atuendo de una sociedad pequeña, a veces asfixiante, de donde se han exiliado otros transexuales.
Edgar no se exilia, se queda y mira de frente. Lo hace junto a Quique, Ana y Laura, como un todo para pisar las calles de Los LLanos de Aridane como un adolescente que está a punto de iniciar el proceso que en una fase primigenia, cuando lograron información tanto del Gobierno de Canarias como de los especialistas, le llevo hasta en dos ocasiones a vivir momentos desagradables. Dos consultas de psquiatría, dos especialistas distintos que le preguntaron por su estado mental, que quisieron saber detalles sobre su sexualidad para descartar una enfermedad mental. Edgar se muestra aún incrédulo con esa experiencia y considera que esa parte del proceso puede resultar superflua y dañina. “No me ocurre nada malo. Soy un hombre y siento como un hombre. A mí me educaron como una mujer, para ser una mujer y vivir como una mujer, y comprendo muy bien la presión sienten las mujeres… Desde que tengo recuerdos yo no quería faldas, no quería melena, no quería colores rosas, porque yo soy un hombre”.
Su padre, Quique, no tiene dudas: “Si alguien que esté pasando por algo que para nosotros ha sido muy difícil y que nos ha hecho llorar mucho porque ha sido como enterrar a mi hija de siempre para tener ahora en su lugar a un hijo, le diría que pierde el tiempo, que no huya ni se esconda de la realidad, que dé la cara y que no enterramos a nadie aunque creamos estar viviendo un duelo, porque es la misma persona, que siente y es un hombre y es nuestro hijo”.
Así lo ha contado dentro del grupo folklórico al que pertenece, a los padres del AMPA del IES Eusebio Barreto que presidía, y en un centro educativo donde Edgar encontró a su primera confidente, la orientadora, que “en todo momento me prestó su ayuda y con quien me sentí entendido y protegido”.
Edgar fue señalada como mujer al nacer, pero es un hombre, siente como un hombre y por encima de todo es un ser humano libre. En un mes se enfrentará a cambios físicos. La testosterona ajustará la distribución de células adiposas en su cuerpo, trasladándolo de caderas y muslos a su estómago, aumentará su definición muscular, ensanchará sus hombreos y quizás sus manos se agranden y crezca pelo donde antes no existía. Pero por encima de todo Edgar seguirá siendo él mismo, el chico de mirada brillante y pelo negro azabache que a sus 17 años ha logrado el aprobado de sus padres en la vida, en la empatía y en la compresión que heterosexuales, bisexuales, gays, lesbianas y transexuales necesitan para rozar eso que algunos llaman felicidad.
