
Como cada primer domingo de agosto, la localidad de La Esperanza se convirtió, un año más, en el epicentro de la canariedad con la celebración de su XLIV Romería. Una amalgama de sabores, olores y músicas que hizo las delicias de habituales y foráneos. Fue una de esas romerías de calor, pero que, gracias a la ligera brisa, no amilanó a las miles de personas que acudieron a un encuentro único. Sobre la una de la tarde dio comienzo la romería, presidida por Nuestra Señora de La Esperanza y en la que participaron una veintena de carretas, varios cuerpos de baile folclórico, parrandas, barcos y rebaños de ovejas y cabras.
Como siempre, fueron muchas las imágenes que dejó la romería: el turista sorprendido por el pequeño pastor, de no más de medio metro de altura, que domina al rebaño con la experiencia transmitida durante generaciones; las bandejas de chistorras y salchichas, vacías al instante, mientras las carretas de Montesano y Egatesa enfilaban la calle Calvario; las azoteas y balcones repletos de reuniones en familia o las bolsas de cotufas caídas del cielo, que hicieron sonreír a los pequeños.
