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La vida tras Afganistán: “Vi cómo lapidaban a una mujer; aún sueño con sus gritos”

Hace 9 años que Cristian -nombre ficticio para preservar su intimidad- disfrutó de su trabajo por primera vez
Cristian (nombre ficticio), militar tinerfeño. | Fran Pallero
Cristian (nombre ficticio), militar tinerfeño. | Fran Pallero

Hace 9 años que Cristian -nombre ficticio para preservar su intimidad- disfrutó de su trabajo por primera vez. Era el año 2009 y el por aquel entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, había confirmado el apoyo de tropas españolas en Afganistán para garantizar la seguridad del proceso electoral del país. Una primera misión a la que pronto se sumaron otras dos -también voluntarias- en 2011 y 2013, y de cuyas experiencias prefiere compartir más bien poco con los suyos. Sin embargo, no disimula su sobrecogimiento al ser preguntado por el compañero fallecido Israel Rodríguez Miranda, presunto autor del asesinato de su familia en La Orotava el pasado 14 de julio, con quien había compartido misión en el país afgano. “Había sido mi jefe y los que lo conocíamos aún no nos creemos que haya sido capaz de hacer algo así”, asegura este militar, a lo que añade que “era un trozo de pan”. Ahora, llega dispuesto a desahogarse en esta entrevista, en la que afirma que ni su familia ni amigos son conocedores de la mitad de las experiencias que este soldado tinerfeño ha vivido en Afganistán.

-¿Cómo se prepara un soldado para vivir durante varios meses en un país en conflicto?

“Hay mucho aprendizaje previo. Estamos un año entero adquiriendo tácticas y aprendiendo cómo funciona la sociedad afgana a través de las creencias, etnias… Todo ello enfocado al entendimiento del lugar y del momento, aunque en muchas ocasiones resulte complicado. Eso sí, una vez allí, o a la vuelta, no contamos con tanta ayuda”.

-¿Estuvo preparado para la primera misión en 2009?

“Esa misión la recuerdo, junto a la de 2011, como la peor porque era la primera vez para la mayoría de los que íbamos. Era muy joven, todo era muy desconcertante. El año que fuimos a intentar que la población ejerciera su derecho al voto, fui testigo de una de las imágenes más impactantes que aún, hoy en día, sigo reviviendo: explosionó un vehículo afgano que se encontraba a tan solo unos metros por delante del que iba yo, haciendo saltar todo por los aires. Ese día fallecieron seis personas. También vi cómo lapidaban a una mujer en un pueblo y la sensación de no poder hacer nada para impedirlo, solo escucharlo, es muy dura; a veces sueño con sus gritos”.

-Si ya contaba con experiencia, ¿qué pasó en 2011?

“Ese año volví por una rotación, también como apoyo al ejército de Afganistán y para conectar el país a través de carreteras, pero en 2011 se fue de las manos. A nuestra unidad la enviaron a un valle perdido situado al norte del estado. Un lugar en el que, supuestamente, no ocurría nada, hasta que los continuos ataques en la zona sur por parte de americanos, ingleses y canadienses, hicieron que la insurgencia -que son los talibanes- comenzase a desplazarse. Fue entonces cuando nos quedamos incomunicados, teniendo incluso que racionar el agua y la comida. Además, recibíamos ataques a diario desde el pueblo, ya fuese mediante cohetes o fusilería”.

-¿Cómo pasan los días ante una situación de tal calibre?

“Partiendo de la base de que todos queríamos volver a casa, era agotador recibir diariamente tiros en la cama o en el baño. Nunca contábamos el tiempo que llevábamos de misión, sino el que nos quedaba para regresar. Pese a que tienes el apoyo de tus compañeros, echas de menos a alguien profesional que ayude a mantener la calma en la medida de lo posible”.

Cristian (nombre ficticio), militar tinerfeño. | Fran Pallero

-Entonces, ¿por qué una tercera misión?

“En 2013, España había comenzado con el plan de retirada de tropas en Afganistán. En esta ocasión, volví con una unidad que tenía como objetivo dar seguridad a nuestros jefes para que ellos pudiesen asesorar al resto de mandos afganos e intentar mantener la seguridad que nuestro ejército había conseguido. En esta misión estuve más tranquilo porque pasaba la mayoría del tiempo en la base principal de la OTAN, situada al oeste del país, donde convivimos con ejércitos de varios países. Aunque fue la ocasión en la que presencié las cosas más desagradables: tripas por fuera, miembros tirados por el suelo, gente fallecida… La mayoría eran militares del ejército afgano que solicitaban ayuda al hospital español porque nuestros médicos eran de los mejores. Sin embargo, comenzaron a pedir por vicio y nosotros nos convertimos en los encargados de comprobar si los afectados precisaban de una mayor asistencia o si, simplemente, era un tiro en la pierna que podía ser tratado por su propio personal sanitario. Llegué incluso a sujetar los órganos envueltos en una pasmina de un soldado que llegó a la base moribundo. El olor es indescriptible; murió al día siguiente. Aunque para mí, personalmente, lo más doloroso era ver personas muertas porque pensabas que el próximo podrías ser tú… Siempre piensas en lo peor”

-¿Qué sentía al volver a casa?

“Sentía felicidad al ver a mi familia y amigos en el aeropuerto. Pero siempre con un cierto miedo e incertidumbre a volver a mi vida en Tenerife, es decir, a cómo reaccionaría ante determinadas situaciones. Solía estar muy desorientado porque había habido una especie de parón en mi antigua vida y en las nuevas vivencias de mi entorno, yo no había sido partícipe.

-¿Se refiere a un trauma?

“No, yo no he sufrido secuelas de ese tipo, pero sí reacciones a determinados estímulos cuando hacía poco tiempo que había regresado de la misión. Por ejemplo, el sonido de la puerta de una nevera o de un coche al cerrarse me producía ansiedad porque era similar al de los cohetes. Incluso, caminaba por la calle observando siempre la parte alta de los edificios, o los puentes cuando conduzco. Bueno, esto último lo sigo haciendo [bromea el entrevistado]. Aunque hubo una ocasión en la que sí me asusté. Entré con mi coche por el lado izquierdo de una rotonda, ya que en Afganistán hacíamos lo contrario a la lógica por seguridad. Afortunadamente, no me crucé con ningún vehículo”.

-Si algún compañero, que haya vivido lo mismo que usted, precisase de ayuda psicológica, ¿tendría la opción?

“Hasta ahora, no he conocido a ningún compañero que haya solicitado ayuda de este tipo después de formar parte de las tropas españolas desplazadas en Afganistán, pero tampoco sé a ciencia cierta si existe un profesional que atienda en estas situaciones. De lo que sí estoy seguro es que por casos de adicción, los soldados contamos con asistencia”.

-Si mañana mismo el actual Gobierno anunciase un nuevo envío de tropas al país, ¿volvería?

“Sí, volvería. Pese a lo duro que resulta alejarse un tiempo de los tuyos y desconectar de sus vidas, como militar es el único momento en el que me siento realizado, ya que a mí ir a un desfile, por ejemplo, no me llena. La sensación de ayudar a un pueblo mediante la construcción de pozos o llevar medicinas a los niños que lo necesitan -que son muchos- es muy gratificante. Aunque no nos olvidemos de la aportación económica que supone acudir a una misión , tampoco hay que ser hipócritas [risas]. Pero en general, todo ello, me enorgullece como persona y hace que me reafirme en mi vocación de soldado”.

El militar aboga por la eliminación de los despidos a los 45 años

Pese a que aún le quedan un par de años, para este soldado tinerfeño resulta increíble que en su profesión despidan a sus compañeros militares en su 45 cumpleaños con una retribución que, en muchos casos, no supera los 600 euros. Y es que para Cristian, esta medida supone una falta de respeto a su profesión después de haberse expuesto a ciertas situaciones complicadas en países en conflicto, como en esta imagen, en la que vehículos españoles se posicionan para darse seguridad en uno de los picos emblemáticos del Himalaya que separa Pakistán de Afganistán.

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