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Recetas de escritura

Los surrealistas recomendaban escribir muy de mañana, y preferiblemente en ayunas: decían que a esas horas la mente estaba muy cerca del sueño y que, por lo tanto, se hacía más fácil pescarlos. Para quienes veían en el inconsciente su fuente de inspiración, es comprensible que así procedieran. El gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) fue un reconocido insomne, y es de pensar que la noche era su territorio de navegación, preferiblemente hasta la alta madrugada. Sin ser insomne, otro gran poeta llamado Eugenio Montejo (1938-2008) sí era noctámbulo, y su jornada de escritura comenzaba a las diez de la noche, extendiéndose muchas veces hasta las dos o tres de la mañana, o hasta que el cuerpo (o la mente) aguantara. Un narrador proverbial, Salvador Garmendia (1928-2001), fue un conocido madrugador, de los que comenzaban a escribir sobre las cuatro de la mañana, alargando la jornada hasta el mediodía. Una vez le preguntaron cuál era su secreto para escribir y su figura de enano barbado, con gesto lacónico, le respondió al periodista: “Hay que pegar el culo a la silla”.

El gran Fernando Pessoa se jactaba, al menos en su Libro del desasosiego, de escribir a mediodía, cuando su oficio de contabilista le permitía un par de horas libres en el almuerzo. Es fama que la escritura de su famoso poema Tabaquería la hizo de pie, apoyado en la repisa de una chimenea, en una especie de trance. Los hábitos se convierten a veces en mañas, y para el novelista colombiano Óscar Collazos (1942-2015) era imprescindible escribir descalzo, y preferiblemente apoyando la planta de los pies sobre baldosas que estuviesen frías. Hay esquemas más racionales, como los de Mario Vargas Llosa antes de recibir el Nobel, quien para escribir huye de los inviernos. Los románticos alemanes, los originales, creían en la inspiración, y todavía en tiempos cibernéticos hay quienes frente a la pantalla gris esperan la visita de las musas, como si aún estuviésemos en la clásica Atenas.

El gran poeta Stéphane Mallarmé, simbolista francés, postulaba que toda página en blanco era un abismo, y que en definitiva los espacios vacíos eran tan importantes como los espacios que se llenaban con letras. Hábitos, caprichos o mañas que todos podemos seguir, si es que no nos inventamos los propios, nada de lo anterior asegura la buena escritura, pues esta no depende tanto de posturas físicas u horarios nocturnos como de genio, talento o entrega.

El gran Juan Villoro, narrador mexicano, aseguraba en una entrevista que “la literatura era un arte visual”, quizás porque todo escritor asiste admirado al manantial de letra negra que fluye sobre el espacio en blanco, que es como decir el vacío. Pero quizás también la literatura se podría concebir como el arte de la escucha, porque cada escritor, en definitiva, lo que hace es escucharse a sí mismo, y quien pesca ese flujo sonoro que es el pensamiento siempre lo puede llevar a la tierra que es toda página en blanco. En definitiva, toda buena escritura es un asedio al alma propia, y quien no la entrega finalmente se reserva lo más preciado.

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