
Haciendo gala de su habitual riqueza de vocabulario, el presidente de Estados Unidos se dirigió a la nación en un mensaje grabado, en el que se refería al Huracán Florence como: “Uno de los más húmedos, desde el punto de vista del agua. No bueno.”
Ciertamente, el paso del huracán ha sido “no bueno”. Florence se ha cobrado hasta ahora al menos 37 víctimas. 27 en Carolina del Norte, 8 en Carolina del Sur y 2 en Virginia, y el panorama no es alentador. Más de 10.000 residentes se han tenido que refugiar en albergues y cerca de 350.000 quedaron sin electricidad. Aún continúan los rescates de personas y mascotas.
Los efectos de la tormenta se dejarán sentir en esta zona de la costa Este de Estados Unidos por un tiempo. Aunque ya el huracán pasó, las crecidas de los ríos seguirán creando nuevas situaciones de peligro.
Las inundaciones no son solo cuestión de daños a viviendas. Las aguas estancadas durante días traen consigo enfermedades, putrefacción, aislamiento, cortes de suministros; contaminación por el vertido de aguas negras; infestaciones que van desde bacterias a auténticas colonias flotantes de hormigas rojas; objetos y vehículos sumergidos que se convierten en trampas mortales para quienes intentan atravesar zonas inundadas sin posibilidad de vislumbrar los horrores que les esperan bajo la superficie.
Y por supuesto, los daños materiales. Se estima que la tormenta ha causado un promedio de 20.000 millones de dólares en daños que incluyen pérdidas de viviendas, vehículos, negocios, cosechas, animales de granja, y objetos personales.
En mis dos décadas viviendo en Estados Unidos, he visto tormentas monstruosas de nieve, tornados…. He visto sus efectos devastadores, y siempre me he preguntado por qué las casas en Estados Unidos se construyen de madera y paneles de yeso, y en zonas proclives a desastres naturales… Yo misma he pasado muchas navidades en Outer Banks, en Carolina del Norte, con su franja de playa y hermosas mansiones construidas de forma precaria, como castillos de arena que ahora se han visto amenazados a consecuencia del embate de la naturaleza.
No puedo evitar recordar entonces, la fábula de Los Tres Cerditos y El Lobo Feroz. Cada vez que el lobo sopla, destruye la casa de los temerosos protagonistas una y otra vez. Pero a la tercera aprenden la lección, y esta vez construyen su casa con ladrillos…
Aparentemente a Estados Unidos no ha llegado el famoso cuento, o no han entendido la moraleja. Solo el 3% de los residentes de la zona no costera del área afectada cuenta con seguro de inundaciones, la mayoría no puede permitirse el pago de las cuotas. El seguro de inundaciones requiere una prima de aproximadamente 700 dólares al año, que hay que sumar a los 1.200 que suele costar la póliza de seguros de hogar.
La situación para estas familias es desesperada
Muchos damnificados podrán solicitar ayuda a la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, pero el arca de FEMA -la cual se ha visto bajo escrutinio debido a su actuación en Puerto Rico durante el huracán María calificada por un delirante Trump como ejemplar- no es un saco sin fondo, aún más considerando que el gobierno actual desvió parte del presupuesto destinado a mitigar los perjuicios económicos de los desastres naturales, a perseguir niños inmigrantes en las fronteras. Esta subvención puede llegar en forma de compensación económica o préstamos a bajo interés; sin embargo, los damnificados por huracanes anteriores han recibido entre 4.300 y 7.000 dólares, cifra muy inferior a la cantidad necesaria para sufragar los gastos de las reparaciones por daños en inundaciones en Estados Unidos. El número de solicitudes denegadas por FEMA en el pasado tampoco son esperanzadoras: 77% en Texas y 74% en Florida.
La devastación que deja atrás un huracán tarda años en subsanarse y muchas veces deja heridas imposibles de curar. El Huracán Harvey, que azotó Luisiana y Texas el 25 de agosto de 2017, todavía está fresco en la memoria y en las mentes de quienes lo vivieron. 88 personas perdieron la vida a causa del fenómeno. En muchos barrios de bajos recursos en los alrededores de Houston, parece que solo hubiese pasado un mes y no un año desde la destructiva tormenta. Las zonas más vulnerables y empobrecidas de la ciudad se mantienen en los primeros pasos en sus esfuerzos de reconstrucción viviendo bajo la sombra del olvido a causa de huracanes más recientes. En las comunidades más pobres, algunos residentes todavía viven con parientes, otros en casas a medio reparar lidiando con problemas de insalubridad derivados del moho. Otros viven en contenedores, una imagen más propia de un país en vías de desarrollo que en la nación más poderosa del mundo. La recuperación ha sido más problemática entre las familias afroamericanas e hispanas resaltando la profunda brecha social y económica en Estados unidos.
El trauma psicológico, el dolor de perderlo todo también dejan una marca indeleble en los afectados.
Y luego, llegó María
El huracán que abatió Puerto Rico el 20 de septiembre de 2017, dejó un estimado de 2.975 muertes según un polémico estudio de la Universidad George Washington. El Gobierno de Puerto Rico inicialmente notificó 16 muertes en septiembre, seguido de 34 en octubre y 64 en diciembre, pero el estudio incluye muertes derivadas de las condiciones deplorables, cortes de suministros y causas indirectas. El presidente Trump dijo recientemente que se trata de una flagrante exageración demócrata y parte de una conspiración para perjudicar su imagen. Una imagen difícil de empeorar en Puerto Rico a raíz de aquel deprimente vídeo en el que se ve al mandatario lanzando rollos de toallas a una multitud desesperada, en lo que la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulin Cruz, calificó de un acto terrible y abominable, y la visita de Trump a la isla, un insulto a los boricuas.
Hoy por hoy, los afectados por el huracán Florence todavía no ven la luz al final del túnel, y esperan como un milagro, que se abran las aguas para continuar con sus vidas.
La temporada de huracanes termina en noviembre, y aunque septiembre empezó de forma intensa y ahora la actividad ha empezado a declinar, no hay razones para confiarse. Los expertos temen que la tendencia en huracanes es que sean más largos, con mayor componente de precipitaciones y, por lo tanto, más dañinos. ¿Somos los humanos los culpables de lo que está pasando con nuestra desmedida producción de gases invernaderos y huella de carbono, o simplemente se trata de ciclos rutinarios del planeta?
Mientras la comunidad científica se decanta por la primera opción y pide a gritos una solución, el presidente Trump defiende que la acción humana no tiene nada que ver, y su papel como líder mundial en la propagación de un sentido de civismo y cuidado del planeta no solo es inexistente, sino que, además, desmiente el cambio climático en su larga lista de fake news.
Por mi parte, me suscribo a lo que dice la NASA que asegura que es una realidad, que la causa somos nosotros, y cita como evidencia irrefutable, el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, el deshielo masivo, y el incremento de fenómenos meteorológicos de gran magnitud.
Señor presidente: “No bueno”.
