Vista desde los cielos, parece un tapiz enteramente verde. No hay pedazo de tierra ganada al mar que no se destine a la siembra de plátanos. Hojas gruesas y racimos pródigos podrían ser su emblema. Me recibe en una tarde de viento fresco, y hacia la noche con lluvia cerrada que lava las piedras. Sus pies los moja en la medianía del Atlántico y sus ojos los eleva hacia los astros, en pose perenne. Esta es la tierra de los míos, de mis ancestros, a quienes visito porque aún se desviven más allá de la vida. Desde La Polvacera viene caminando Maruja Ortega, mi madre, generalmente de madrugada, porque debe recorrer veinte kilómetros para llegar a su escuela de Santa Cruz. Me dice que se ha tomado un huevo bañado en leche, porque ese es el mejor desayuno que se puede ofrecer. Tarde llega a casa después de la larga jornada, casi de noche, y teme que su hermano Frisco la esté esperando detrás de unas piedras para asomarse como un espanto. El miedo siempre tuvo esa cara, que al final sonreía y la abrazaba. Hombre sereno y aplicado, Frisco emigró muy pronto a Caracas. Todavía debe estar, me digo, en el barrio Quinta Crespo, al frente de una arepera. Delio, el mayor de los siete, fue marino mercante, y todavía atraviesa el Atlántico en una balandra con cientos de paisanos que añoran nueva vida. No puede llegar a La Guaira porque viajan sin papeles, pero se las arregla para buscar puerto más allá del cabo Codera. Ahora quiero ver a mi tía Olga en su casa natal de Mazo: fue de las pocas que logró un grado universitario. Su título fue de Filosofía y Letras. De su estirpe vengo, porque amó la lengua como yo la amo. Su especialidad eran los huevos rotos, y yo quisiera reproducir hoy el tono dorado que el aceite de oliva les daba a sus papas fritas. En esta senda costera por donde camino, voy al lado de mi tío Orestes, el intelectual de la familia, brillante y persuasivo. Podía ser tan polémico como una nuez, pero sus emociones envolvían un corazón generoso. Quiero que me recite un verso de Quevedo, ahora que lo veo a los ojos. Se estima que su estancia en Venezuela, porque todos fueron binacionales, fue de unos diez años, en un polvorín llamado El Tigre. Reparó dentaduras y habrá hecho implantes a todos los cachorros de esa provincia salvaje, asiento de la nueva explotación petrolera. Que por un atajo, por favor, no se me escape mi tío Germán, que todo lo fue y ahora es hotelero. Siempre le ha sonreído a la vida, dice, porque la vida todo se lo ha dado. Si dejo para el final a mi tío Arturo es porque con él he estado al principio. Converso con él en esta tarde fresca y me reta. Me dice que mire al horizonte y adivine cuál de esas dos embarcaciones pasará primero en frente de la otra. Y por supuesto yerro, porque aquí la única vista de águila la tiene él. No le perdono que siempre me haya ganado en ajedrez, no me perdono no haber hablado con él más de lo que debía. Los siete hermanos aquí están, aquí caminan, aquí pasean a mi diestra, y cuando no estuvieron fue por haber hecho vida en Venezuela, un país por el que aún preguntan. Esa geografía la llevan en la sangre, y yo los llevo a ellos porque todo me lo han legado. En La Palma están y en La Palma me esperan. Yo podría morir sereno en esta isla. Estas piedras de fuegos antiguos son mi lápida. Todas tienen versos escritos. Mis tíos las usan como páginas para hablarme bajo la lluvia.
Visión de La Palma
Vista desde los cielos, parece un tapiz enteramente verde
