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Los públicos de la cultura

Tomando en cuenta su tamaño y demografía, se diría que una ciudad como Santa Cruz dispone de una buena oferta cultural.

Tomando en cuenta su tamaño y demografía, se diría que una ciudad como Santa Cruz dispone de una buena oferta cultural. En infraestructura, tiene teatros, auditorios, escuelas, conservatorios, bibliotecas; en programación, se trabaja desde el Ayuntamiento, el Cabildo o el Gobierno, sin olvidar el importante aporte de la iniciativa privada; en géneros artísticos, se diría que las actividades patrimoniales llevan las de ganar, seguidas quizás por las formativas, pero las literarias, las plásticas o las escénicas tienen su campo propio. Hasta allí las cuentas salen bien, porque cuando nos viramos hacia los públicos comienzan los problemas. ¿Por qué a la inauguración de una gran exposición sólo van veinte personas? ¿Por qué un ciclo de danza contemporánea transcurre con la mayoría de las butacas vacías? ¿Se trata de una falta de promoción o de la apatía o indiferencia de las audiencias? No sé si los públicos de hoy están cambiando vertiginosamente por los influjos de los nuevos referentes digitales (veo mi película en una tableta y me olvido del mundo), pero lo cierto es que tenemos un desfase cada día mayor entre lo que programamos y las respuestas que recibimos. Para un programador, montar una coreografía de Pina Bausch es una verdad absoluta, incuestionable, pero nada en la formación de ese hipotético espectador nos permite pensar que conoce o ha oído hablar de la obra de Pina. La deriva de los programadores, como buenos conocedores, es ir hacia la especialización, pero el mundo parece ir cada día más hacia la banalización. Rescatar o formar espectadores en el campo de la gran cultura es uno de los imperiosos desafíos de nuestros tiempos.
Se diría que, como mecanismo de iniciación, hay que pensar en los formatos intermedios: espectáculos de calle, acciones en plazas públicas, talleres en los parques, conciertos al aire libre, museos viales, recitales públicos. Esto invierte el dispositivo clásico de público-que-va-al-recinto-cultural por recinto-cultural-que-sale-a-pescar-su-público. Es sólo un comienzo, pero en ese campo se despierta la mirada de un niño, se descubre el talento de un joven, se revela una vocación secreta. La poesía debe de ser el oficio más secreto del mundo, y sin embargo nadie se pregunta dónde se forman los poetas, porque institucionalmente hablando no hay escuelas para ese viejo oficio. No hablamos de masificar, porque sería una quimera, pero sí de rescatar a todos los públicos con sensibilidad cultural. Entendemos la cultura como lo que define o nutre a la condición humana, y bajo esa acepción no debería haber límites de público. El riesgo que corremos es mantenernos haciendo lo mismo sin pensar en el otro –en el público–, que es el que convalida lo que hacemos, porque la acción cultural nunca ha sido un monólogo o un soliloquio, sino la más distinguida y hermosa hija de Hermes, dios de la comunicación.

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