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la casa blanca - latitud 38.9

Como San Pedro, tres veces ‘no’

Donald Trump, salpicado por silenciar a amantes pornos, pone distancia entre el abogado Cohen y su presidencia

COHEN Y TRUMP

!Es un mentiroso!

Estas fueron las palabras de un furioso Trump en referencia a su exabogado y a partir del 6 de marzo de 2019 residente de complejo presidiario, Michael Cohen, quien, además, fue condenado a pagar la módica suma de aproximadamente 1.4 millones de dólares.

Pese a que los insultos y rabietas del presidente ya no sorprenden, sus reacciones continúan cautivando la atención de los medios, así como de sus seguidores y detractores, que encuentran difícil separar la actuación del actual mandatario de sus reality shows televisivos.

Michael Cohen fue sentenciado a tres años en la cárcel por “tapar los tratos sucios” de su jefe -según sus propias palabras-, lo que el juez concretó en ocho cargos, de los que se había declarado culpable el exletrado en agosto, así como un cargo por mentir al Congreso en el despacho del temido investigador Robert Mueller. Cohen jugó un papel decisivo e ilegal al tratar de silenciar con billetes dos presuntos escándalos sexuales del “playboy del tupé amarillo”, lo cual constituye una violación a la ley de financiación de campañas electorales. La Casa Blanca ha negado que Trump haya mantenido relaciones con cualquiera de las dos famosas amantes. Los fiscales del caso Cohen dijeron que los pagos abonados a la actriz porno Stormy Daniels y la modelo Karen McDougal, fueron hechos en coordinación y bajo la dirección del magnate-presidente. El mismo Cohen y los fiscales dijeron que las sumas fueron pagadas para influir el resultado de las elecciones de 2016, las que ganó Trump, pero no por voto popular.

Y ¿por qué debería importarle a Trump? Cohen es el primer miembro del círculo más cercano al presidente que recibe una condena significativa de privación de libertad en relación a la investigación que lleva a cabo de forma implacable Mueller. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Cohen sea el único. Recordemos que por el momento, son nada más y nada menos que 36 las personas físicas y entidades que han sido imputadas en la investigación sobre Rusia del Consejo Especial. De estas 36, siete se han declarado culpables. Hablamos de George Papadopoulos, Michael Flynn, Paul Manafort, Rick Gates, Richard Pinedo, Alex van der Zwaan y ahora Cohen. De todos ellos, cuatro han sido condenados a penas privativas.

Durante la audiencia para recibir sentencia de Michael Cohen, la situación se volvió en ciertos momentos casi de telenovela. Cohen mostró arrepentimiento cuando bañado en lágrimas le dijo al juez que había traído dolor y vergüenza a su familia, y sus sollozos podían escucharse al recibir las palabras del magistrado que lo apartarán del mundo por una temporada.

Cohen había dicho también que desde el momento que aceptó trabajar para Trump, había estado en una prisión tanto personal como mental, y que la debilidad de la que le acusa tan alegremente el presidente no se debe a haber llegado a un acuerdo con la investigación, sino a no haberle plantado cara al mandatario cuando debió hacerlo. Al fin y al cabo, Cohen admitió haber errado, y su lealtad ha sido pagada con el desdén y el desprecio por parte de quien se suponía era su benefactor, y por quien habría dado su vida, como dijo en su momento el abogado caído ahora en desgracia.

El presidente Trump, como de costumbre, está furioso, y no por la suerte del que supuestamente fue su amigo, sino porque teme que la cooperación de Cohen con la investigación de Mueller, termine acabando con sus días de golf a costa de los contribuyentes. Ahora mismo Trump no tiene amigos, tiene testigos, como ha señalado más de uno.

Todo esto preocupa al presidente -y mucho- pese a que de dientes para fuera Trump se exonera de todo mal, una visión que comparten solamente son acólitos y nadie más. A puertas cerradas, quienes sufren sus frecuentes ataques de mal humor dicen que está asustado, y cuando Trump se asusta… recurre a Twitter. El Presidente insistió el jueves a través de su medio de comunicación favorito que él “nunca” dio órdenes a Michael Cohen de que quebrantara la ley. En el triplete de furibundos tuits, el Presidente vendió a su amigo como San Pedro, negándolo en tres ocasiones, diciendo que Cohen solamente se declaró culpable de los cargos (que probablemente no le correspondían) para ponerlo a él, a Trump en ridículo y reducir de esa manera su tiempo en grilletes. La cuestión sigue siendo que, diga lo que diga el Presidente, el juez confirmó públicamente, y sin que nadie lo refutara durante la sentencia, que Trump estuvo implicado y ordenó a Cohen cometer el crimen.

Trump respira y vocifera todavía desde su púlpito intocable, porque goza de inmunidad presidencial, pero esta no es eterna. Es más, el debate ha llegado a la cuestión constitucional de si el Presidente está por encima de las leyes.

Aunque es bastante improbable que el señor Trump se convierta en el primer mandatario estadounidense en vestir el mono naranja y llevar pulseras con cerraduras, esto no será porque la Constitución no lo permita según la opinión de importantes juristas. No obstante, cualquier proceso que se iniciara posiblemente se pospondría hasta el final de su mandato para evitar males mayores, a menos que salga a la luz algún delito que por su naturaleza, no pueda esperar. El debate de si el presidente puede ser imputado por los crímenes que de alguna manera apuntan hacia él ahora mismo son solo una distracción que no debe descarrilar un tema más importante y de mayor gravedad: la investigación sobre Rusia que supone una amenaza viva y real al sistema electoral americano. Amenazas que el presidente no se toma en serio, y nadie sabe ni entiende por qué.

Pero que quede claro: Que no se le impute ahora mismo no quiere decir que la investigación criminal sobre Trump no tenga sentido. Por el contrario, el Gran Jurado tiene ahora la posibilidad de investigar las evidencias mientras todavía se mantengan frescas. El Partido Demócrata, a partir de enero con mayoría en la Cámara de Representantes podría decidir someter a voto la moción de censura de Trump, o incluso proponer su imputación.

Por esta razón, Trump necesita obligatoriamente ser reelegido en 2020 para librarse de la posibilidad de ir a la cárcel por los presuntos crímenes que hasta ahora le involucran. De ser reelegido, Trump evitaría enfrentar la ley por los delitos relacionados con la campaña electoral de 2016 ya que estos prescriben en 2021, lo que convierte las próximas elecciones en una carrera no por gobernar otros cuatro años, sino por salir bien librado de un espinoso y peligroso asunto legal. Si no es reelegido, entonces como cualquier ciudadano normal podrá ser imputado por crímenes cometidos antes, durante, o después de su presidencia.

En cualquier caso, los ciudadanos estadounidenses son inocentes hasta que se demuestre lo contrario y no haya duda razonable, un derecho que ampara también a Trump pero que no lo coloca por encima de la ley. Habrá que esperar que la Justicia, aunque sea lenta, sea inexorable, pero, sobre todo, justa. Mientras tanto, estaremos pendientes porque como al Presidente, a nosotros también nos gusta un reality show, y al final veremos “who gets fired” (quién será despedido), o si quien ríe el último, ríe mejor.

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