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Leonardo Ruiz del Castillo (exdirector de Cáritas): “Realizar un trabajo de cara a otros es una labor que te llena el alma”

Exdirector de Cáritas Diocesana de Tenerife
Leonardo Ruiz del Castillo. Sergio Méndez
Leonardo Ruiz del Castillo. Sergio Méndez

Cuando Leonardo Ruiz del Castillo (Granada 1940) llegó a Cáritas, hace más de 30 años, no se imaginó que esta experiencia de voluntariado marcaría su vida. Aunque ha superado momentos muy duros, sobre todo cuando los efectos de la crisis fueron aún más acuciantes, deja su cometido en la dirección con la satisfacción de haber ayudado a muchos tinerfeños.

-¿Ha visto una gran evolución desde su llegada a Cáritas?
“Entré como administrador, de voluntario, en los ratos libres que tenía en el Ejército. Empecé con una hora al día y luego ya fueron muchas más. Tras mi nombramiento como director provincial la dedicación fue total. Cuando llegué, la única casa de acogida que teníamos era la de Guajara. Todo lo que tenemos lo vi nacer y he querido potenciar esos servicios con una infinidad de proyectos. Llegué a la dirección en 2006 y me siento satisfecho con todos los proyectos que tenemos en marcha y, sobre todo, con los que atendemos a personas sin hogar. Hemos sacado de la calle a muchísimas personas, y hemos logrado también insertarlas en el mercado laboral. He vivido y visto cómo una persona que estaba en Café y Calor, que no quería saber nada de la vida y estaba tirada todos los días por fuera del cine Víctor, está trabajando de pintor. En la casa de acogida de mujeres sin hogar, muchas estaban en la calle con hijos porque las habían abandonado su pareja o se habían peleado con la familia. Es una satisfacción verlas luchando, tras conseguir un empleo, y algunas compartiendo casa para salir adelante”.

-El año pasado atendieron a menos personas que el anterior. ¿Cuál es la semblanza del trabajo realizado por Cáritas?
“Detrás de todos esos números y cifras, hay rostros de hombres, mujeres, niñas y niños que lo están pasando muy mal. Y pese a que hemos mejorado, todavía hay gente que está pasando hambre en Canarias. Familias y personas con incertidumbre, desesperación, que a veces no saben qué hacer. Familias que cuando empezó las crisis nunca pensaron que se verían abocadas a esta situación, pero perdieron el empleo. En Canarias tenemos casi el 40% de pobreza, y casi el 30% está en exclusión social. Eso todavía está latente y esas son las personas que debemos ayudar”.

-¿Se ha quitado un peso de encima tras haber llevado esta responsabilidad tantos años?
“No, esa maleta la he llevado con sumo gusto. No esperaba estar 30 años en Cáritas y mucho menos 13 años como director provincial. No me ha pesado nunca el trabajo. Siempre he dicho que podía estar, como muchos de mis compañeros y amigos, disfrutando de mi jubilación, pero pienso: ¿cómo voy a irme a mi casa o voy a estar paseando por ahí con la cantidad de necesidades que hay que cubrir y la gente que hay que atender? Yo entré voluntario en 1989 como administrador y ahí pude comprobar esos números, pero, como siempre he dicho, tienen un rostro detrás. Cuando uno entra a Cáritas se implica, se pregunta qué tengo que hacer, a quién tengo que defender, y esa ha sido mi lucha constante”.

-Han sido muchas, pero si pudiera quedarse con algunas historias que le hayan marcado estos años, ¿cuáles serían?
“En una Nochebuena fui a Café y Calor y una persona de las que ya había salido, pero que fue a comer, me abrazó y me pidió que no lo dejara en la calle esa noche, ya que no había sitio en el centro, así que lo llevé a mi casa, y pasó esa noche con mi familia. En otra ocasión, durante una visita a una de nuestras casas de acogida, un hombre trató de esconderse. No quería que supiera que estaba allí. Era el propietario de una empresa a la que llevaba la contabilidad en mis ratos libres (se emociona). Tenía casi 50 empleados y lo perdió todo en la crisis. Le ayudamos a conseguir un empleo y ha recuperado a su familia. También recuerdo, en una visita al Pancho Camurria, que un matrimonio que estaba allí me invitó a una taza de café. Tras negarme, ellos insistieron, y me lo tomé… (se detiene) a sabiendas de que quizás me habían dado el café que tenían para desayunar. Esa es la gente que he defendido. He estado con ellos en el Pancho Camurria, en el Barranco de Santos o en el parque Viera y Clavijo, cuando ni la policía entraba. Esa es la única forma de conocer cuál es tu trabajo, ver las necesidades e implicarte en buscar soluciones”.

-¿Se marcha con la sensación del trabajo bien hecho?
“Me voy con la satisfacción de haber dirigido una entidad en la que he trabajado muy bien. No lo he hecho yo, han sido los voluntarios y los trabajadores contratados, que son los que están al pie del cañón luchando para esas personas todos los días. Ellos son los que se merecen todo el reconocimiento. Lo hacen sin mirar el reloj a pesar de tener un horario. Son gente que si estuvieran contratadas en una administración pública cobrarían más y trabajarían menos. Estoy satisfecho por dirigir un grupo en el que confié plenamente. Realizar un trabajo de cara a otros es una labor que te llena el alma. Casi todos los días estaba a las 7.00 en la oficina y volvía de noche a casa”.

-Los grandes sacrificados fueron su mujer, hijas, nietos y bisnietos. ¿Le queda la amargura de no prestarles más atención?
“En este intervalo de tiempo falleció mi esposa y muchas veces tengo la sensación de que la abandoné un poco. Ya estábamos los dos solos y yo llegaba muchas veces tarde, y la encontraba acostada. Muchas veces le comentaba lo que hacía, las preocupaciones que tenía y ella nunca me lo reprochó, porque valoraba la labor que estaba haciendo. Si hubiera sido un trabajo remunerado, posiblemente me hubiera reprochado que trabajara tanto, pero ella siempre fue una persona muy católica, y vivió como yo la pobreza y la dureza de la crisis cuando éramos niños”.

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