
La primera vez que viví algo parecido a un confinamiento estaba en Nepal. Era 2012 y había ido hasta allí como lector de español en plena Gran Recesión en el sur de Europa, necesitado de un trabajo para pagar un préstamo bancario que había pedido para hacer un posgrado y que nunca pensé que me condicionaría tanto la vida.
Nepal era un país difícil: en 2006, la guerrilla maoísta, después de diez años de conflicto civil, firmó la paz con el Gobierno nepalés. Un año después, una asamblea constituyente donde estaban todos los partidos políticos -y que debía elaborar una constitución en unos pocos meses- decidió abolir la monarquía y declarar la república. Cinco años después, cuando mi compañera y yo llegamos, no habían conseguido pactar un texto constitucional y el país era un desastre, asolado por mil huelgas que se hacían unos a otros y que impedían que hubiera una mínima estabilidad institucional. Durante aquellos paros, que allá se llamaban ‘bandhas’ y a veces duraban semanas, la gente nos recomendaba que nos quedáramos en casa, por si había episodios de violencia, así que solo salíamos puntualmente a comprar comida a alguna tienda que tenía la puerta entornada para cerrar rápidamente si venía algún piquete.
Me lo tomaba con una extraña mezcla de espíritu aventurero e intranquilidad, pero en el fondo me di cuenta de que yo no estaba preparado para vivir en cualquier sitio, sin leyes estables, hospitales seguros, policía fiable o protocolos de seguridad más o menos decentes. Sobre todo, cuando la gente, fundamentalmente los extranjeros expatriados, hablaban todo el rato del “gran terremoto” que los sismólogos predecían a muy corto plazo en Nepal y que podía destruir miles de viviendas en Katmandú. Como finalmente ocurrió en 2015. Con nosotros ya fuera.
Me he acordado mucho de Nepal estos días, con esa sensación corporal de monotonía que produce estar todo el día en casa. Pero también porque he pensado mucho en la importancia de tener un Estado robusto, democrático, justo, ágil.
Supongo que habrá tiempo para discutir las cosas que se han hecho mal en esta crisis sanitaria. Aquí y en otros países occidentales. Pero no creo que casi nadie dude ya de la necesidad de tener servicios públicos fuertes que no estén mendigando recursos permanentemente. La realidad nos ha apretado un poquito y ya parece un absurdo esa idea de bajar impuestos a toda costa mientras los recursos sanitarios públicos se quedan en el chasis.
La incertidumbre ha provocado una disciplina inaudita, acompañada de algunas medidas coercitivas, incluidas detenciones y multas que han provocado algunas opiniones críticas, pero yo creo que minoritarias. Hace solo una semana, la gente simplemente guardaba cierta distancia en la cola del supermercado. Nada más. Y ahora, los pocos caminantes que uno ve por La Laguna, llevan en su mayoría mascarilla. Y en las tiendas, los clientes compran con la mirada hacia dentro, como cuerpos solitarios. Porque la calle es territorio hostil, vetado, mejor volver cuanto antes a casa.
Yo ya no salgo sin la mascarilla puesta y el gel hidroalcohólico en el bolsillo en mis contadas incursiones callejeras para poder ver cómo está la cosa, cuando aprovecho para comprar el pan, el periódico y hablar con alguna persona -a metro y medio- para pulsar el ambiente y escribir algo esa tarde. “Esté usted tranquilo, intentemos que todo esto no nos afecte demasiado”, me decía ayer José, el estanquero junto a casa, que vino aquí a hacer la mili hace años y se quedó para siempre. Va camino se convertirse en mi picólogo de guerra. Ayer, la portavoz de Ciudadanos en el parlamento canario, Vidina Espino, decía que los periodistas teníamos que quedarnos todos en casa. Otros piensan que es importante que la información y las historias sigan llegando desde la calle. Sobre todo ahora, que empieza a menguar el entusiasmo humorístico de memes y vídeos de los primeros días.
Y no es de extrañar si uno escuchó ayer a Pedro Sánchez. “Estos siete días han cambiado nuestra mirada”. “Contemplamos a nuestro enemigo con otros ojos, es mucho más dañino de lo que pensábamos”. Dijo que “hay que conseguir tiempo” mientras encontramos un tratamiento y mejoramos el sistema de salud, en lo que parece un momento de resistencia a la espera de que lleguen los aliados, atascados en el frío invierno. Mencionó a las industrias que están destinando su producción a la lucha contra la pandemia -como hace Ron Arehucas, que ahora solo destila alcohol para uso sanitario: pura economía de guerra-. Y habló del pueblo, resistente, obediente, luchador. “Nuestra sociedad está reaccionando con responsabilidad, disciplina y moral de victoria”. Cada uno en la trinchera de su casa, mirándonos con afecto entre aplausos para el frente de combate sanitario al atardecer.
De guerra va mi segundo contacto con el confinamiento. Y fue hace un par de años, cuando colaboré en el guión de ‘El Huido’, un documental escrito y dirigido por el guionista canario Pablo Fajardo, que cuenta la historia de tres socialistas que se escondieron en cuevas, cobertizos y casas de La Dehesa y El Pinar, en El Hierro, después del golpe de Estado fascista de 1936: Manuel Hernández, maestro y alcalde de Firgas, José Padrón Machín, periodista y Manuel Padrón, sindicalista. Hernández, que fue el que más tiempo estuvo escondido, aguantó ocho años, hasta que consiguió la garantía de Francisco García-Escámez, capitán general de Canarias, de que no le pasaría nada más que un tiempo corto de cárcel. Pablo ha decidido ahora ponerlo en abierto en Vimeo. Al lado de ocho años huido, lo nuestro será llevable. Aunque luego, al salir, haya que reconstruirlo todo.
