Un dolor de hombros inaguantable que le cortaba la respiración llevó a Marta (nombre falso para preservar su intimidad) a su médico de cabecera. Le diagnosticó una contractura. 15 días después, el sufrimiento persistía, el brazo se le dormía y no podía conciliar el sueño. Volvió y el mismo facultativo varió su valoración: “Espasmo muscular”, y le recomendó acudir a un fisioterapeuta. Le hizo caso, pero las manos del profesional desataron de inmediato un calambre de dolor por su cuerpo.
Al calvario de su hombro se añadieron con el paso de los días fuertes molestias en caderas y piernas, un cuadro que le llegó a provocar un mareo en el trabajo. Entonces estalló y rompió a llorar. Ante el avance de los dolores, le aconsejaron que visitara una reumatóloga privada, que, después de someterla a distintas exploraciones, determinó que el mal provenía de las cervicales.
Pero las pastillas no mejoraron su estado de salud: los dolores no dejaban vivir a esta vecina de mediana edad residente en San Isidro (Granadilla de Abona). Una segunda visita y nuevas pruebas llevaron a la facultativa a concluir que la paciente padecía una “enfermedad esclerótica”, lo que obligaba a un cambio en el tratamiento.
Marta optó entonces por ponerse en manos de una reumatóloga de la Seguridad Social. De nuevo pruebas y más pruebas para ratificar el diagnóstico de la especialista privada, además de “algo de artrosis” y un cuadro de fibromialgia, afección crónica que causa dolor muscular intenso en todo el cuerpo. “Donde me tocaban me dolía, tenía problemas para dormir y, paralelamente, la muerte de mi cuñado fue la gota que colmó el vaso: me hundí y caí en depresión”, explicó a DIARIO DE AVISOS.
“EL FIN DEL MUNDO”
En aquel momento, Marta era una gran aficionada a los gimnasios, practicaba senderismo, trabajaba de sol a sol y se preparaba para participar en una media maratón. Llegó entonces otro mazazo, un tumor mamario, por suerte detectado a tiempo. “El mundo se me vino abajo, todo se derrumbó a mi alrededor: mi salud, mi trabajo, mi pareja… era el fin del mundo”, indicó.
En la segunda consulta con la doctora del Servicio Canario de la Salud, Marta llegó muy tocada, “con dolores horribles, incluso cuando estaba en la cama, donde no podía dormir más de una hora seguida”. Es ahí cuando se produce un nuevo cambio de pastillas y una decisión que hoy sigue lamentando esta vecina de San Isidro.
“Me dijo que me iba a mandar unos parches de morfina que se pegan en la piel, pero nunca me nombró la palabra fentanilo”, un analgésico opioide muy potente que suele provocar una adicción similar a la heroína y que se emplea bajo receta médica para los casos de dolor extremo. Fuentes médicas consultadas por este periódico, y así lo reflejan también numerosas publicaciones especializadas, indican que su tratamiento y los efectos adversos que provoca han de ser explicados al paciente.
“Cuando me puse el primer parche en el brazo (luego se los aplicaría en el costado y la espalda, menos visibles) fue horrible, vomitaba, no comía, empecé a adelgazar, no aguantaba los dolores de cabeza, arrastraba los pies… estaba completamente anulada, pero nunca asocié ese malestar con los parches, porque la reumatóloga no me informó cómo me podía sentir con ellos”, manifestó Marta, que sí reconoció un “ligero alivio” con el segundo parche.
DOS INTENTOS DE SUICIDIO
Cada tres días los cambiaba y así hasta casi nueve meses que duró el tratamiento, entre enero y septiembre de 2023. “No podía con mi vida, los dolores seguían, veía un mundo oscuro, negro, se me quitaron las ganas de vivir, estaba aburrida de todo y hasta de mi propio hijo, al que llegué a ver como un enemigo y al que le amargué la vida lo que no está escrito”. Ese cansancio y apatía la colocaron en el alambre: intentó quitarse la vida en dos ocasiones con el consumo de pastillas.
Marta recuerda cómo la reumatóloga privada le expresó su extrañeza por el tratamiento de la fibromialgia con parches transdérmicos de fentanilo. “Los fue eliminando poco a poco y me recetó unos ansiolíticos para llevar mejor la abstinencia, pero pasé un mono que no se lo deseo a nadie, con escalofríos, lloros, sudor frío… iba del sofá a mi cuarto y del cuarto al sofá. Fueron 10 días horrorosos, estaba como loca, el pelo se me caía a mechones y yo gritaba: sal de mí de una vez, quería arrancar lo que tenía dentro de mí”.
Cuatro meses después de finalizar el tratamiento con fentanilo y, aunque todavía no ha recuperado el peso, Marta ha rescatado el brillo en su mirada y se afana en recolocar las piezas del rompecabezas que la situaron al borde del precipicio: “Ahora estoy bien, con mis pastillas de la alegría (sonríe), más alegre, veo la vida de otro color, me río y la relación con mi hijo es muy buena; los dos sabemos lo que ha pasado y que no era yo la persona de aquellos meses”.
LIMPIAR SU ORGANISMO
Hoy se sigue preguntando cuánto tiempo necesita para eliminar por completo de su organismo los restos de fentanilo. “Nadie me ha dicho si ya estoy limpia o todavía queda algo en mi cuerpo”, insiste. Su principal reproche es la “nula información” sobre los efectos del analgésico opioide, porque, de haberlo sabido, “no lo habría aceptado nunca”. “Por esa porquería corrí el riesgo de matarme y de matar a alguien en la carretera, porque cada vez que iba a consulta al hospital me dormía al volante. Frenaba en seco, porque no veía los coches que estaban delante hasta que los tenía encima”, explica.
Confiesa que el amor por su madre y su sobrina fueron decisivos para salir del hoyo, lo que, unido a la reconciliación con su hijo, tras dejar atrás la pesadilla del fentanilo, han impulsado a Marta a encarar su vida con una mirada ilusionante y sin miedos. Desde ahora no quiere seguir poniendo más parches en su vida.

