Addoor Sticky
cualquier cosa

La culpa es de Quevedo

La culpa es de Quevedo

La culpa es de Quevedo

Hace unos siglos, seguro, alguien levantaba la voz en una tasca, muy vehemente él, diciendo: “la culpa es de Quevedo”. Se refería al otro, claro. Al escritor. Al genio de los versos afilados y mala leche elegante.

Hoy no.

Hoy la culpa es del cantante canario, del muchacho que canta cosas para las que yo no soy público objetivo, ni target, pero que respeto profundamente. Huelga decir que me alegro muchísimo del éxito ajeno, y en su caso, más especialmente, por compatriota, porque se le ve buena gente y porque cuanta más gente feliz haya, menos infelices hay, por estadística.

Pero estoy mayor, y cuando Spotify me recomienda ciertas cosas mi cuerpo responde buscando una rebequita.

Pero no quiero hablar de gustos musicales, sino de otra cosa.

Esto va de cómo hemos decidido que toda persona que alcanza cierta grandeza pública, determinada notoriedad, deja automáticamente de pertenecerse a sí misma. Como si el éxito conllevara un contrato invisible que obligara al susodicho a opinar como queremos, cuando queremos y sobre aquello que nosotros consideramos correcto e importante.

Y no solo eso, no tiene solo que opinar, tiene que opinar bien, o lo que es lo mismo: lo que yo opino.

Siempre pensé, y puedo estar equivocado, que un artista sentía una pulsión emocional y la plasmaba usando una herramienta artística para generar una obra. Por lo que se podría afirmar, que solo cada artista conoce su proceso interior, su momento, para dar significado específico a su manifestación artística.

Pero hoy no, hoy somos nosotros, el público, los que gritamos lo que tienen que decir los que hablan, como cuando los señores en los bares corregían al seleccionador de España.

No queremos artistas. Queremos altavoces personalizados, que el algoritmo que nos da la razón en redes sociales se transmute a la carne y el hueso. Y si se pronuncia el cantante, se pronunció flojito, si no se pronuncia…sospechoso, y si se pronuncia distinto…traidor.

Qué agotamiento.

Obviamente en estas palabras Quevedo es un ejemplo, es un poner, porque es el que lo peta ahora, pero percíbase la intención de generalizar, por una vez.

Es un poco raro exigirle tu pureza ideológica a gente cuyo trabajo consiste simplemente en hacer canciones, películas o frases para sobres de azúcar que acompañen el rato, una ruptura o una fiesta entre amigos.

No estamos hablando aquí de otros Quevedos.

Y no estoy diciendo que no se pueda, que no haya que implicarse, ojocuidao, claro que puede, claro que “debe”. Faltaría más. Algunos lo hacen y tienen un gran valor. Pero una cosa es usar tu voz para lo que te salga de las cuerdas vocales y otra que los demás digan para qué debes usarla, o si no, no te ajuntan.

Porque entonces no somos fans de artistas, sino de herramientas.

Consumimos humanos como contenido y a lo mejor se nos fue un poco la pinza sintiendo que nos pertenecen. Como si fueran servicio público.

“Con la cantidad de seguidores que tiene, debería decir algo”

Ok, pero…¿de todo?. Porque entonces dejaría paulatinamente de ser artista para convertirse en un periódico de opinión sesgado (que los hay).

Pero puede, y digo “PUEDE”, que precisamente por llegar a tanta gente, a lo mejor debería dedicarse solo a cantar, por una vez, alguien.

Porque no todo espacio público tiene que convertirse obligatoriamente en una asamblea. Que una canción de vez en cuando sea solo para bailarla, tiene algo ya de romanticismo. Hemos demonizado la distracción, como la improductividad, y así estamos todos locos de la cabeza.

Como si entretener fuera poco.

De buena tinta sé que hay gente que sobrevive gracias a eso. A personas que nos distraen un rato del ruido. Del miedo. Del cabreo permanente. Del apocalipsis en bucle en cada notificación.

Antes admirábamos artistas que hacían cosas que nosotros no sabíamos hacer. Ahora además queremos que sean personas imposibles, mesías de lo correcto (que vete a saber qué es). Queremos perfección sin fisuras.

El problema no es Quevedo, (yo no sé cuál es, no soy tan listo), pero a lo mejor es que el ejemplo somos todos, que somos “los seguidores que sabemos cómo tienen que ser las cosas”, y bastaría con hacer lo que uno tiene que hacer e influir, cada uno, a su pequeño universo personal.

Que el chico capaz que solo quería hacer música.

Y eso no está mal.

TE PUEDE INTERESAR