Parece sacado de CSI Miami, aquella tan exitosa como irreal serie policiaca donde, sazonando los avances en Genética con un disparatado derroche de tecnología a disposición de los investigadores policiales de turno, se resolvían crímenes terribles en capítulos de media hora. Pero no, hablamos de al menos dos violaciones y un asesinato cometidos dentro del término municipal de Santa Cruz de Tenerife, y de cómo la Policía Nacional destinada por estos lares supo combinar la ciencia a su alcance con un imprescindible conocimiento histórico del territorio para resolver unos crímenes que se remontan a casi un decenio.
Toma nota, Horatio, del relato que ayer nos ofreció la inspectora Gara Toledo en rueda de prensa celebrada en la Subdelegación de Gobierno y que contó con la presencia tanto del delegado, Anselmo Pestana, como del comisario provincial, Jesús Gómez, porque todo comenzó por estas mismas fechas pero de 2017. Ella, la primera víctima, se despertó bien temprano, de madrugada, para llegar a tiempo a su curro en un centro comercial sin saber que un monstruo la acechaba en su garaje de Añaza, donde la violó y asesinó sin dejar rastro alguno que ayudase a ponerlo a buen recaudo.
No se crean que todos los policías son tan brutos e impresentables como los que justifican el apaleo de maestras jubiladas indefensas en Valencia. Nada más lejos de la realidad. Es más, abundan aquellos que, terminada la jornada laboral, no dejan de darle vueltas a casos como el de Añaza porque les pesa demasiado la intuición de que es cuestión de tiempo que semejante monstruo vuelva a destruir la vida de otra persona y la de sus allegados.
Y lo hizo. Seis meses después, algo muy parecido a lo de Añaza pasó tan cerca de allí como Santa María del Mar, donde -no es poco consuelo- al menos la víctima logró zafarse antes de que también acabaran con su vida después de ser agredida sexualmente.
Pero en la Comisaría Provincial, malvado monstruo, te estaban esperando en la bajadita, porque lo de Añaza seguía siendo una prioridad profesional y de conciencia. Y encontraron un pañuelo, olvidado con la prisa de tu cobardía cuando te percataste de que los gritos de la mujer podía atraer a los vecinos.
Cabe imaginar que, al subidón inicial tras detectar ADN del agresor en dicho pañuelo, le sucedió cierta decepción en la Comisaría tras descubrir posteriormente que dicho ADN solo era parcial y, por ende, insuficiente para una identificación plena, pero que en los capítulos de CSI todo pasa en media hora para que no te aburras no tiene que ver con la realidad.
Por eso, en la Comisaría Provincial tinerfeña no se rindieron y empezaron a escarbar desde lo poco que tenían y acabaron detectando un dato que resultó clave: pese a ser parcial, el ADN encontrado en el pañuelo tenía coincidencias suficientes para relacionarlo directamente por vía familiar paternal con el de otro delincuente detenido por un robo cinco años antes.
¡Ay, Horatio, habría que verte la cara al descubrir cómo eran las cosas en Tenerife hace no tanto! En Santa María del Mar (Añaza como barrio ni existía) se amontonaban muchísimos condenados a la miseria por el caciquismo isleño. Así lo comprobaron la inspectora Toledo y su equipo a la hora de relacionar esa relación familiar del monstruo, porque el desprecio de las autoridades civiles sobre la suerte que pudiera correr tanta gente era tal que ni registraban con eficiencia sus nacimientos en documento oficial.
Marcando la diferencia
A estas alturas es cuando aparece otro factor diferencial en esta historia. Lo del ADN está estupendo, Horatio, pero hay que saber por dónde pisas y conocer su historia. Porque, como pasaba en la Edad Media y en el caciquismo canario de antes de ayer, sí había alguien que al menos se preocupase de registrar a los recién nacidos era la Iglesia, siempre atenta a tener controlados a los feligreses.
Gracias a la impagable colaboración de las parroquias donde los investigadores solicitaron ayuda, y tras revisar con loable paciencia los bautizos en la zona, en Comisaría al fin se gritó ”¡eureka!” cuando ataron los hilos necesarios para desenrollar un ovillo como solo saben hacerlo los buenos de verdad.
En un capítulo de CSI Miami, Horatio, seguro que habría destacado que ayer la inspectora Toledo explicó que “normalmente las identificaciones por ADN se hacen teniendo en cuenta el código completo del ADN, pero en este caso lo novedoso es que se utiliza solo una parte. Solo con el haplotipo del cromosoma Y. Pero esto nos da un dato muy relevante y es que el autor está emparentado por vía paterna con este señor que fue detenido por otro motivo”. Porque es una combinación única de marcadores genéticos que se transmite casi sin cambios de padre a hijos varones, pudieron establecer que existe una relación de sangre entre ambos sujetos, que puede ir desde tatarabuelos a bisabuelos, hermanos, primos o tíos, de ahí la complejidad de la investigación.
No te conformes con eso, Horatio, porque aquí hubo que dejarse alguna que otra dioptría para revisar archivos y libros de registro parroquiales desde principios del siglo XIX hasta la actualidad, lo que supuso la consulta manual de documentos desde 1800 hasta hoy para establecer un árbol genealógico. “La familia está ramificada en varias zonas de la Isla, aunque la más probable, en la que pusimos el foco desde el primer momento, fue en las proximidades del barrio de Añaza. En concreto, en Santa María del Mar, apenas a un kilómetro. A partir de ahí, empezando por la edad, comenzamos a descender, tomando declaraciones y barriendo redes sociales”, detalló ayer la inspectora durante la rueda de prensa, a la espera de que Interior corresponda debidamente, que las facturas del oculista derivadas de semejante labor no se pagan solas, como tampoco tiene precio rebuscar entre la basura tirada alrededor de los escenarios de estos crímenes como se llevó a cabo.
Y como el monstruo andó suelto durante tanto tiempo, no duden en avisar a la Policía Nacional si pueden aportar algún dato sobre nuevos crímenes aún por confirmar, que bien merece ayudar a servidores públicos que tanto trabajan para que los monstruos dejen de vivir entre nosotros.

