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tribuna

Delfines rosas rumbo al Amazonas

“Mirar de lejos” y divisar un delfín rosa en la distancia es un acontecimiento memorable. Es una experiencia de esas extraordinarias que permanece toda la vida. Además, quienes la comparten, quedan unidos para siempre en el recuerdo, aunque hasta ese momento fueran absolutos desconocidos.

Y es que hay acontecimientos compartidos en los que, sin saber muy bien cómo ni por qué, personas que hasta entonces no conocías, pasan a ser reconocibles, cercanas, hasta tal punto que podrías distinguirlas entre la multitud, como cuando un sustantivo común se convierte en propio y acaba escrito en mayúscula, destacando en la frase entre todos los demás. Hablo de acontecimientos extremos, como puede ser un accidente, pero también de situaciones más o menos incómodas, como la espera en un aeropuerto, en el médico, en un examen. En esa espera obligada se construye un tiempo sin certezas en el que, en ocasiones, se pierde el anonimato ante la urgencia de compartir los nervios o el enfado, de tal manera que lo que al principio es un monólogo de queja, se transforma en diálogo, en reconocimiento del otro, que pasa a tener nombre y profesión y sed o prisa y qué rico que sabe en compañía este café. Pero si esa situación es un acontecimiento elegido, como por ejemplo, un viaje, se convierte en un hecho insólito, sobre todo, si no se trata solo de un viaje, sino de El Viaje* como sustantivo propio, la aventura, navegar en el océano, América a la vista, selva y ríos, y gente, mucha, tanta que sumamos más de cuatrocientos. Cuando esto ocurre, el acontecimiento se convierte en algo excepcional. Y si, además, es un viaje adolescente, el resultado adquiere dimensiones imposibles que van aun más allá y se sumergen en la vida y en el tiempo de después, que es mucho, tanto como 35 años. Mira si pasó el tiempo.

El 12 de septiembre de 1991 un barco de nombre Guanahani zarpó de Huelva rumbo a República Dominicana. En medio, el océano y tantas vidas como viajes. En este caso, no hubo espera, pero sí nervios y, sobre todo, tiempo compartido, en el que todo lo mágico acabó adquiriendo forma y sentido y amistad. Después, llegó el regreso y todos los años que han pasado. Pero, volvamos a la idea inicial, esa que afirma que cuando vivimos una experiencia extraordinaria, el recuerdo permanece toda la vida, aunque se estire y se encoja como un chicle, aunque “el tiempo pase y nos vayamos haciendo viejos”, el recuerdo sigue ahí, va y viene, nunca se desprende de nosotros. Por eso, el barco aún navega, aún se siente la brisa y los insomnios, el amanecer infinito del océano, porque existe un recuerdo común excepcional que, sin embargo, no tiene nombre propio, no es un solo lugar ni una única persona, es un espacio emocional que pervive en la memoria, y que te lleva allá donde la felicidad no ha cumplido aún los dieciocho y tiene toda la vida por delante.

Entonces, el tiempo pasa. Y el presente brota con las raíces que plantamos cuando aún nos encontrábamos en el prólogo de la historia, eligiendo el narrador, definiendo personajes sin saber cuál sería la trama del relato. El tiempo pasa y, cuando la vida ya va por más de la mitad, se suceden las celebraciones, los reencuentros, las prisas, porque los instantes son únicos, los carpe diem intensos, como cuando jóvenes, como cuando nos fuimos al Viaje en mayúscula, y nos reímos, y entonces esto, y también lo otro, y blablabla y las risas y yo es que de eso no me acuerdo, ¿de verdad bajamos a Los Roques? Rememoramos todo aquello que nos desbordó la emoción y que regresa a nosotros como flashes, como estrellas llenas de fugacidad que, al pasar, despiertan la alegría adolescente, los nervios, la curiosidad, el deseo que después fue real, o no, porque lo que importa es el recuerdo.

Por eso hay acontecimientos compartidos en los que, sin saber muy bien cómo ni por qué, personas que hasta entonces no conocías pasan a ser reconocibles, cercanas, hasta tal punto que se transforman en amigas, en faro imprescindible, como si un sustantivo común se convirtiera en propio y acabara escrito en mayúscula, y se llenara de adjetivos y la frase ya es párrafo y capítulo y germen de una historia vital.

Por eso, si hace 35 años, el delfín rosa nos hubiera visto, seguramente se habría unido a la fiesta, habría abandonado por un rato las turbias aguas amazónicas y se hubiera lanzado a la aventura. Sin embargo, permaneció sumergido en el río y en el deseo de más de cuatrocientos jóvenes, hasta tal punto que algunos pensamos que se trataba de un invento, de un unicornio marino de esos que solo existen en los cuentos. Y ya se sabe que lo que no se ve, no existe, o eso dicen, porque hay cosas que la mirada no alcanza y, sin embargo, permanecen en nosotros en forma de certezas, como si fueran verdad, como si el río estuviera lleno de delfines de todos los colores, incluso rosas. La adolescencia es así. Loca. Ajena. Montaña rusa. Vaivén de vidas en una sola. Memoria futura. Eso dicen. Que lo que ocurre en la adolescencia nos define, nos moldea, nos esculpe cual figuritas de barro que el tiempo azota y destruye y reconstruye y así en espiral. Por eso, “mirar de lejos” y divisar un delfín rosa en la distancia será ahora y siempre un acontecimiento inolvidable.

* “El Viaje” se refiere a Aventura 92 (también denominado Ruta Quetzal Argentaria y Ruta BBVA), un proyecto de educación e intercambio cultural para jóvenes creado en 1979 por el célebre aventurero, navegante, explorador, giróvago errante MIGUEL DE LA QUADRA-SALCEDO, con el objetivo de acercar a los estudiantes “la importancia trascendental e histórica del descubrimiento de América”. En 1991, “Aventura 92: rumbo al Amazonas” emuló los viajes de Vicente Yáñez Pinzón y Francisco Orellana, haciendo escala en República Dominicana (Santo Domingo), Venezuela (La Guayra, Caracas, río Orinoco y Ciudad de Guayana) y Brasil (Belem, Santarem y Manaus, en el río Amazonas).

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