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La odisea de conciliar en el Sur de Tenerife: una madre sola en la isla recorre ocho centros para poder escolarizar a su hijo

Francia Medellín vive a dos calles del CEIP Llano de Las Naciones, pero su hijo no obtuvo plaza hasta octubre y ella se vio obligada a recortar su jornada, arriesgando sueldo e incluso su empleo
La odisea de conciliar en el Sur de Tenerife: una madre sola en la isla recorre ocho centros para poder escolarizar a su hijo

La odisea de conciliar en el Sur de Tenerife: una madre sola en la isla recorre ocho centros para poder escolarizar a su hijo

Francia Medellín vive a dos calles del CEIP Llano de Las Naciones, en el núcleo sanmiguelero de Llano del Camello, pero su hijo de 11 años no consiguió plaza en él hasta octubre, con el curso ya en marcha. Es madre soltera, trabaja de 7.00 a 16.00 horas y no tiene familia en la isla, así que encontrar un colegio cercano se convirtió en una carrera contrarreloj para compaginar el trabajo con el cuidado de su hijo. Mientras el niño acudía a un centro alejado de casa, cuyo horario y distancia chocaban de lleno con su jornada, ella hacía malabares. Le costó dinero, el miedo de perder su trabajo y tuvo que llegar a tener que acudir a la inspección de la Consejería de Educación. Del Ayuntamiento, asegura, no recibió la ayuda que ella solicitaba.

“Este es mi caso, pero hay muchas otras familias como yo, y en peor situación aún”, asegura. Decidió contar su historia a este periódico después de leer la de Paola André Muñoz, la madre que todavía espera plaza para su hija, también de 11 años, en ese mismo colegio. “Me impactó que hubiese casos tan parecidos”, explica.

Todo empezó en julio, cuando Medellín aceptó un traslado de su empresa de Gran Canaria a Tenerife. Encontró vivienda, algo que agradece dada la problemática habitacional. Con el techo resuelto, buscó en Internet el colegio más cercano a su nueva casa y presentó la documentación en la segunda fase de matrícula del CEIP Llano de Las Naciones.

Poco después recibió una llamada de un número desconocido. “Eran del CEIP Juan Bethencourt Alfonso, de Las Zocas. Me dijeron que el otro centro había alcanzado la ratio máxima y que debía matricular a mi hijo allí. Como aún no estaba instalada, decidí esperar a septiembre por mi cuenta y riesgo”, relata. Ya en Tenerife comprobó que Las Zocas “quedaba mucho más lejos”. Con su horario y sin nadie que pudiera llevar y recoger al niño, llegar a tiempo se volvía casi imposible.

Sin solución por parte de ninguna administración, el niño empezó las clases y, con ellas, los problemas. Medellín tuvo que pedir a su empresa permiso para entrar más tarde y salir antes. A los pocos días, desde el colegio la llamaron para que fuera a recogerlo. No figuraba en el listado. Sin forma de cubrir los trayectos, no tuvo otra opción que pedir a su madre, que vivía en Colombia, que viajara a Tenerife y se quedara con ellos los meses que le permitiera su visado. Sin ella, admite, “habría quedado a la deriva sin la ayuda de nadie”, y reconoce que se sintió “muy angustiada y sola”.

“Mi madre estuvo semanas llevándolo y la única alternativa que tuve fue pagarles un taxi diario a ambos hasta el colegio”, cuenta.

Ya sin su madre en la Isla, es entonces cuando la directora le ofreció como alternativa la parada de guagua escolar más próxima a su casa, pero estaba a más de 20 minutos a pie, atravesando el polígono industrial de Llano del Camello. “No me puedo ir tranquila al trabajo sabiendo que mi hijo de once años camina todo ese recorrido tan temprano y solo”, sostiene.

Acudió entonces al Ayuntamiento de San Miguel de Abona en busca de una solución, bien una plaza en Llano de Las Naciones o, al menos, alguna alternativa para que alguien atendiera al niño por las tardes mientras ella trabajaba. Según su relato, para estudiar su caso le pidieron el contrato laboral, las tres últimas nóminas y un documento firmado por la empresa que acreditara su horario. No encontró una respuesta que la ayudara.

situación generalizada

Al no encontrarles una solución completa, acudió de urgencia a la Consejería y a la Inspección, donde, según su versión, le reconocieron que “la situación es generalizada”. Se desestimó su recurso al considerar que “no se le estaba negando la educación a su hijo”: “Es un sinsentido, o voy a mi trabajo, o estoy buscándome la vida para recoger a mi hijo y me expongo a perderlo”.

En paralelo, Francia recorrió siete colegios. El CEIP El Monte, en Guargacho, no tenía guagua escolar, pero le ofreció plaza de comedor, y allí terminó instalándose su hijo.

En octubre les llegó una plaza en Llano de Las Naciones. Para entonces, el niño ya se había adaptado al nuevo centro en Guargacho y ella había pactado con su empresa salir antes, además de pagar actividades extraescolares que cubrieran las tardes, todo ello sumado al gasto que había tenido que correr a cargo de taxis diarios para llevar a su hijo al colegio.

“¿Qué habría sido de mí, de mi trabajo y de mi hijo, que es lo más importante, si no hubiera podido pagar o si mi madre no me hubiese echado una mano?”, se pregunta. Tras apenas unas semanas en Tenerife, su diagnóstico es que “la educación se encuentra colapsada, y no se atienden ni se monitorizan las situaciones de vulnerabilidad como se debería”.

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