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La utilidad de un debate depende del realismo de sus actores principales y secundarios. La realidad es la materia prima -debe serlo- con la que afrontar, pongamos, un suponer, el debate de la nacionalidad

La utilidad de un debate depende del realismo de sus actores principales y secundarios. La realidad es la materia prima -debe serlo- con la que afrontar, pongamos, un suponer, el debate de la nacionalidad. Está escrito, y tanto que lo está, que los políticos realistas son aquellos que perciben la realidad social como es y no como quisieran que fuera, los que se mueven en la realidad que es y no en un contexto imaginario que, como los charcos que el calor dibuja sobre el asfalto, no deja de ser un espejismo. Gobierno y oposición, y quienes son ambas cosas y ninguna, han protagonizado esta semana un debate con aciertos, sí, pero también con algunos síntomas de estar malgastando calendario imaginando cómo serían las cosas si el no-Gobierno de España atendiera las demandas -justas- de las Islas. Abusar de la imaginación es tan tentador como melancólico, más aún cuando es lamentablemente probable que esta legislatura autonómica se agote sin que vea la luz la reforma del sistema de financiación. El debate ha sido previsible. El presidente sigue felizmente blindado en su pragmatismo superlativo (lo suyo es un tripartito, y olé), los socialistas continúan eclipsados por el omnipresente buenismo del presidente, el PP en tierra de nadie porque Clavijo ha devorado su espacio, Podemos buscándose y Román Rodríguez demostrando que es uno de los más listos de la clase. Hace falta que unos y otros tengan todo listo para cuando eche a andar el Gobierno de España, pero también que sitúen en el centro del escenario los asuntos que sí dependen de nosotros mismos. Si quieren que esta legislatura sea útil deben gestionar más realidad y menos expectativa.

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