Circunstancias a las que no se puede ser ajeno obligan a reflexionar de nuevo sobre el concepto de seguridad que entendemos como lógico en las sociedades occidentales. Estarán de acuerdo que esa seguridad no se define de igual manera a un lado de la barrera de los autodenominados países desarrollados, que del resto de naciones sacudidas por la violencia bélica o terrorista. Cuando las zarpas del terror golpean las puertas de la vieja Europa es una cínica obviedad recordar que todos los muertos y todos los heridos no pesan lo mismo en la balanza de la consternación social. 35 fallecidos en un mercado de Irak, 15 vidas arrancadas frente a una comisaría en Kabul o 40 víctimas al salir de una mezquita en Damasco, acaban poblando un territorio de cierta indiferencia y normalidad en nuestra conciencia diaria.
Sin embargo, los ataques terroristas en suelo europeo tienen otra dimensión, quizás injusta pero no injustificada. Tenemos que aprender que la inmunidad ante el terror indiscriminado se ha acabado. Estamos ante un enemigo al que no se le puede poner cara y que maneja con destreza los tiempos, momentos y la liturgia del impacto, de la comunicación y de la extensión generalizada del clima de inseguridad que precisan, un concepto que en sí mismo parece ser su objetivo. Tras los impactos del terror resuenan de nuevo cuestiones que tienen que ver con el incremento de los niveles de seguridad, sin embargo adolecen estos argumentos de una definición clara, porque es imposible hacerla, de hasta dónde hay que establecer controles. ¿Qué se debe proteger? ¿Aeropuertos, estaciones de tren, de metro, de guaguas, sedes de instituciones políticas y judiciales? ¿Con eso bastará? ¿Y si los terroristas deciden entonces poner el foco en mercados, colegios, centros comerciales, recintos deportivos, museos, templos…? Muchas preguntas que desembarcan en una cuestión preocupante ¿hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad individual y de movimiento hoy en día?
El precio de la seguridad puede suponer también una renuncia a nuestra intimidad, al secreto de nuestras comunicaciones, a considerar que no seremos dueños ni de nuestra privacidad. Las llamadas, mensajes, correos electrónicos, nuestras compras, dónde comemos y con quien, todo puede ser susceptible de ser controlado en nombre de la seguridad. No es nada novedoso recordar el control indiscriminado al que estamos sometidos por ciertas agencias o instituciones estatales que, incluso saltándose las fronteras, criban nuestras actividades muchas veces sin amparo legal para ello. Pero quizás, ahora que se clama desde numerosos frentes por anteponer medidas de seguridad, que desgraciadamente han demostrado su ineficacia, a la libertad, sea el instante de decidir dos cosas: ¿hasta dónde dejaremos de ser libres para tratar de evitar esas amenazas? Y segundo, ¿quién controlará a quienes se dediquen a controlarnos? No tengo las respuestas, pero si muchas dudas sobre si ese binomio de cuestiones no nos hará más frágiles como individuos y sociedad.
@felixdiazhdez
