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La Ranilla, pueblo ardiente

El otro día se alzó La Ranilla contra Carlos Alonso, que promete pero no cumple. Carlos se jacta de haberse casado en La Peña de Francia y de que su mujer nació en el Puerto

El otro día se alzó La Ranilla contra Carlos Alonso, que promete pero no cumple. Carlos se jacta de haberse casado en La Peña de Francia y de que su mujer nació en el Puerto. Pero sólo eso, porque el Cabildo no resuelve nada en el Puerto de la Cruz, tiene a la ciudad abandonada. A mí me duele mucho el Puerto, aunque el PP municipal me boicoteara su Medalla de Oro, en los tiempos en que débiles mentales ejercían como ediles de la derecha. Da igual, yo no soy rencoroso y servidor quería unanimidad, no que me votara sólo Coalición Canaria y puede que los socialistas. Pues el otro día las doñas ranilleras, que son como Agustina de Aragón y la Monja Alférez, se abalanzaron contra el coche del presidente del Cabildo y le dijeron de todo; tuvieron que intervenir los municipales y el alcalde para proteger al político que tiene al Puerto en estado de desidia. ¿Para qué sirven los cabildos si no es para suplir las carencias municipales? Carlos Alonso casi le ha dado más dinero a un periódico local, a través de empresas públicas, que al Puerto de la Cruz; o a lo mejor estoy exagerando. Los medios portuenses también están cabreados con él. Promete a la ciudad y no suelta un duro. Les recuerdo que el Puerto tiene una Casa Consistorial en ruinas, en su parte más cercana al mar, un hotel -el Taoro-abandonado, un Consorcio de Turismo que no funciona y un puerto que no se empieza nunca. Y, claro, al presidente lo abuchean las doñas ranilleras con toda justicia y tiene que salir huyendo para que la cosa no vaya a mayores, que no lo quiera Dios… No juegue usted con fuego, presidente: en el Puerto de la Cruz no se le quiere.

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