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Valentina Gallo

En La República, su amiga Francesca publicó una carta abierta a todos los padres y amigos y les recuerda que no deben temer ni lamentar que sus hijos salgan a estudiar a otros países, “(...) que todas las chicas fallecidas (...) fueron completamente felices y que ese logro justifica una existencia”

La barbarie asesina – ante la que no caben análisis objetivos, porque están fuera de toda razón, ni matices, circunloquios ni observadores – que el pasado Martes Santo golpeó Bruselas – la fría, legal, garantista y vulnerable Capital de Europa – opacó una tragedia inesperada causada por el error o fragilidad del infortunado conductor (la justicia lo determinará) que arrebató la vida a trece universitarias europeas, y la hospitalización con lesiones de distinta gravedad a otras veintiocho personas, que, tras la Cremá de las Fallas de Valencia, regresaban a Barcelona. La gozosa excursión en autobús y unas horas entre el bullicio, la alegría y las tracas de San José de los becarios de Erasmus tuvieron un doloroso epílogo y escenario en el tanatario de Tarragona. Mientras los rostros risueños de las muchachas, en su mayoría italiana, se dibujaban en los soportes efímeros del aire y el papel por tan triste azar, los asesinos de Daesh rompían para siempre, por su maldad y corrupción moral, otras sonrisas, en principio anónimas y poco a poco descubiertas; enlutaban a perpetuidad a otras familias; sumaban víctimas inocentes a su abominable y extenso catálogo de crímenes, violaciones, atropellos y aberraciones, a su violencia sin sentido ante la que los medios legales y civilizados poco tienen que hacer. Pese a su coincidencia temporal, no se pueden manchar las vidas limpias, segadas por el sino injusto, los gestos inocentes, las satisfacciones anchas de las muchachas en flor, antes y para siempre, con las existencias torvas de quienes viven del terror, porque no tienen capacidad ni ética ni valor fuera del terror. Por encima de los asesinos, sus proveedores, cómplices económicos, interlocutores y palanganeros, están las bellísimas chicas que, en un mal segundo, pasaron al recuerdo perenne de sus padres y amigos. Valga como ejemplo, la memoria de Valentina Gallo, toscana, estudiante de Economía y Administración de Empresas, enamorada de España y encantada vecina de Barcelona, “amante de la música, del arte y de la amistad”, dispuesta siempre a aprender y andar entre cacharros y cocinar pasta a la carbonara o recetas exóticas de Asia y América que, unas horas antes del fatídico accidente, había confesado su plenitud. En La República, su amiga Francesca publicó una carta abierta a todos los padres y amigos y les recuerda que no deben temer ni lamentar que sus hijos salgan a estudiar a otros países, “que la experiencia es enriquecedora y que todas las chicas fallecidas – a las que conocía en su mayoría – fueron completamente felices y que ese logro justifica una existencia”, aunque haya tenido tan corto recorrido.

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