Pocos saben lo que significa levantarse de la cama y no poder permanecer de pie, sino caerte, cuan largo -y ancho- eres en la propia cama, sin fuerzas. Me ocurrió a mí el martes, durante más de 24 horas, y ya lo puedo contar, porque tampoco podía sentarme a escribir. Dicen que es la consecuencia de un vértigo; al menos en principio, no parece presagio de algo peor. Para alguien acostumbrado a no enfermar nunca, el menor atisbo de dolencia significa un trauma terrible. Hay un ligero espacio entre la salud y la enfermedad. Primero, la gripe, después, el vértigo.
El resultado son unos kilitos menos, que se agradecen; vayan ustedes perdiendo el hábito de llamarme el Gordo porque cada vez lo soy menos. O sea, que permito que me citen como el Flaco, aunque tampoco haya que exagerar. Por el iPad me entero de lo duro que se está poniendo el panorama político nacional, e incluso el insular, porque en el PNC hay un cabreo inmenso con los vaivenes de la Oramas en Madrid y el partido nacionalista más puro va a pedir explicaciones a sus socios de CC próximamente. Me han dicho que Barragán también está hasta las bolas de la niña quícara y que, si hay nuevas elecciones, no será candidata, por mucho que se empeñe su hijo político, Clavijo. Y, en fin, que no se puede estar dando esos espectáculos del cambio de opinión, que son la risa nacional. Mi postración me ha dado ocasión de meditar un poco sobre lo que está ocurriendo y con la supuesta crisis de Podemos me da que el acuerdo es imposible y que vamos a estar sin Gobierno hasta el verano. Vaya gracia, que ni chiquito vértigo.
